Réquiem por las palabras perdidas

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Consumismo. Ilustración: José Miguel de la Peña
Consumismo. Ilustración: José Miguel de la Peña

Escribo estas líneas rodeado de ruido y luces. Es el nuevo ambiente navideño. Ya apenas se oyen villancicos. A veces, en algún programa de radio se escucha una llamada a la solidaridad: no con los pobres, sino con los sectores económicos afectados por la crisis. Seamos solidarios: debemos consumir. Veo la televisión, navego por internet y me acompaña la publicidad ya diseñada y acomodada a mis gustos: ¡solo a mí se me ocurre buscar un colchón en internet! Ahora no hay lectura ni búsqueda que no venga acompañada por el ofrecimiento de maravillosos colchones. Paseo por las calles y un ambiente lleno de luces que adornan las calles me recuerda que son fechas para consumir y gastar mucho más de lo habitual.

Hemos matado la Navidad. Ahora es la fiesta del consumo; algunos pretenden llamarla fiesta de los afectos o de invierno. 

Ya a comienzo del siglo pasado, un sociólogo, Thortein Veblen, nos advertía del peligro que suponía el contagio de la clase ociosa y el consumo desenfrenado. Basta ver hoy las grandes superficies —nuevos templos de la sociedad—, la renovación incesante de los armarios, la fugacidad de las modas y la caducidad de los aparatos electrónicos para darle la razón. Un virus social nos ha contaminado a todos: «Gastamos el dinero que no tenemos para comprar cosas que no necesitamos, para impresionar a gente que no nos gusta», decía el autor antes mencionado.

Palabras como austeridad, moderación y sobriedad han sido olvidadas. Réquiem por las palabras, los sentimientos y los valores perdidos en una sociedad que pretende ofrecer la felicidad en esta tierra, pero que solo consigue la esclavitud a los placeres efímeros derivados del vertiginoso e insaciable consumismo.

Una segunda causa ha influido en ese olvido y está en nuestro interior. Los humanos no estamos sujetos a los estrechos límites de la biología. Ningún animal sobrepasa los instintos básicos más de los límites de la naturaleza: no muere por excesos ni por vagancia. El hombre sí. Su espíritu, en el que radica la libertad, no anula los instintos, sino que los libera de sus límites y le permite cometer abusos. Paradójicamente, la satisfacción inmoderada de esas tendencias, lejos de saciar las mismas, le genera la dependencia. Se hace esclavo de ellas y pierde así el don más grande que tienen los hombres: su libertad interior.

Es necesario y urgente recuperar el valor de la austeridad que consiste en el uso moderado de los bienes, e inculcarlo así a los jóvenes a pesar de los dos grandes peligros enunciados anteriormente: el ambiente y la debilidad humana.

Austeridad, moderación y sobriedad, en los bienes materiales. No rodear a los jóvenes de bienes excesivos es una forma de garantizarles que sabrán valorar las cosas y ser felices con lo que tienen. Cuando contemplo los contenedores de basura llenos de juguetes o repletos de ropa no puedo menos que exclamar: «¡Pobres niños ricos!», se les está condenando a ser unos caprichosos infelices, esclavos insaciables de deseos sin capacidad para disfrutar.

Austeridad en la comida, aprendiendo a comer de todo, superando las primeras impresiones que le pueden convertir en un ser caprichoso y, por ende, inaguantable en sociedad. Sobriedad en la ropa y otros bienes de consumo: no debe ser la publicidad ni la tiranía de la moda las que marquen el nivel de gasto y consumo.

Austeridad que pasa por cuidar los bienes materiales, propios o ajenos, públicos o privados, evitando así costes innecesarios por su deterioro. La austeridad ayuda a valorar lo que cuestan las cosas y a saber disfrutarlas.

Austeridad en el uso del tiempo dedicando a cada aspecto de la vida lo necesario que permita cultivar otras facetas necesarias y complementarias para la madurez y desarrollo humano. Se puede ser esclavo del trabajo, pero también del ocio y acabar convirtiendo el ocio en un negocio… de los demás.

Austeridad en el trato con las personas que evite la dependencia enfermiza del qué dirán y el individualismo egoísta. Evitar el silencio cobarde y acomplejado para defender las propias opiniones o el radicalismo en la defensa de las propias ideas sin capacidad de escucha.

No es fácil encontrar el punto medio de esa austeridad que se sitúa, como toda virtud, en un punto medio entre dos extremos: el derroche y la mezquindad.  Es lícito tener buen gusto, disfrutar de la vida, de los adelantos técnicos, del ocio, de una buena comida, de un buen trabajo, etc. No se puede establecer una norma igual para todas las personas y edades, pero existe un indicador de cuándo se está perdiendo la virtud: la importancia que una persona da a su deleite personal o a otros fines más elevados que trasciendan su propio interés.

Porque en el fondo tales virtudes no tienen sentido, si no existe un valor superior a los deseos del propio individuo. Si no hay nada por encima de la satisfacción de los apetitos, ¿por qué no gastar todo lo que se quiera?, ¿por qué no disfrutar a tope? Con una visión de la vida tan limitada, es imposible explicar estos valores.

Las ventajas de ese otro modo de vida son múltiples y profundas. En primer lugar, la alegría que produce sentirse libre, no depender del tener para ser feliz. Tal vez sea necesario releer el cuento de la camisa del hombre feliz.  Cuando se liberan las ataduras del consumismo, de la moda o del qué dirán, se comienza a respirar un aire nuevo del que estamos privando a los jóvenes de hoy, a veces más por complejo nuestro que por falta de coraje de ellos.

En segundo lugar, por justicia: no se puede derrochar tanto, aunque sea en los pequeños consumos de la vida privada, cuando a nuestro alrededor existe tanta necesidad. La renovación innecesaria de los armarios, el consumo desbocado, solo es posible si en la cadena de producción y de distribución existen seres humanos que llevan una vida inhumana. Con razón decía el padre T. Morales: «Nada une tanto como la pobreza, y nada distancia tanto como la abundancia de cosas y el deseo de tener más».

En tercer lugar, especialmente para los cristianos, la sobriedad, la pobreza, lejos de ser vergonzantes, son un motivo de gloria. La situación actual es la perversión de la auténtica Navidad. Como escribió Abelardo de Armas: «En el cielo abundaba la riqueza y se desconocía la pobreza. En la tierra abundaba la pobreza, y se desconocía su valor. Dios se hace hombre para que descubramos la pobreza como una bienaventuranza».

Recuperar, si es que se hubieran perdido, estos valores tanto a nivel personal como familiar es un modo ser más libres, más justos, más coherentes. En definitiva, es educar para ser auténticamente feliz.

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