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Fortaleza y humildad

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Montañero en la cima simboliza el esfuerzo espiritual de alcanzar la fortaleza desde la humildad.
La verdadera cima se alcanza bajando: fortaleza cristiana cimentada en la humildad.

Por José Javier Ruiz Serradilla

Es la fortaleza uno de los pilares de nuestro estilo de vida. El P. Morales y su inseparable Abelardo quisieron hacer de nosotros hombres fuertes, inasequibles al desaliento. Hombres, y mujeres, cuya aguja vital siempre apuntara al norte. Saeteros de Cristo. Firmes de carácter en ese equilibrio entre deseos, razón y voluntad. Apasionados, con criterio y realmente comprometidos con la vida buena. Ni estetas sentimentalistas, ni racionalistas sin razón, ni voluntaristas autosuficientes.

Mujeres y hombres que, en medio de la vida cotidiana, insertos en el mundo y sin salir de él, se modelan en continuo ejercicio autoeducativo. Ascetas de Nazaret. Ahí, en el martirio blanco de la irisada vida diaria que tantas veces percibimos gris, debemos consolidar nuestra humanidad en la de Cristo.

¿Estoicos cristianos?

El buen fruto de la continua mejora de sí mismo da lugar a ricas personalidades; no exentas de defectos, pero sí luminosas. Llaman la atención en varios aspectos. Son luminarias en la noche, en rica expresión del padre. Mas el problema es que la antorcha se crea luz, tendencia de nuestra condición caída. Entonces, la fortaleza se desboca y la aguja vital comienza a cerrarse sobre sí misma para apuntar solo al yo caído renunciando al redimido. Comenzamos, así, a convertirnos en agradecidos de nosotros mismos dándonos palmaditas en la espalda y estando encantados de habernos conocido porque cada día somos una mejor versión de nosotros mismos y para nosotros mismos. Es el individualismo atroz que nos transforma en dioses. Nos transformamos en «estoicos cristianos», contradicción donde las haya, donde ser «cristiano» se considera un accidente, cada vez más prescindible, porque lo sustancial es ser estoico.

Ya Abelardo nos prevenía. Líderes sí, no divos. Líderes sí, siempre y cuando apuntemos a la santidad. Pero el peligro acecha pues podemos entender mal, muy mal, nuestra llamada a ser minorías creativas. Y no solo mal entenderlo sino, lo peor, llevarlo a la vida.

De ahí que el padre y Abelardo nos llamaran siempre a la humildad. Bien lo repetía el primero recordándonos el himno cristológico de la carta a los Filipenses en su capítulo 2, versículo 7: Exinanivit —se despojó de sí mismo—. (Lo cito en primer lugar en latín porque es la palabra que el padre reiteraba con machacona insistencia).

La paradoja y sus atajos

¿Qué nos quería decir? Que no hay fortaleza sin humildad. Paradoja donde las haya.

Nos incomodan las paradojas y, por ello, solemos buscar atajos para «solucionarlas» con rapidez. Así, tendemos a consideraciones de qué sea la humildad que nos permitan, sin mucho tardar, conciliarla con la fortaleza.

Es el caso de esa tan extendida que considera a la humildad como lo que exige la cortesía cristiana. Uno puede brillar, pero no puede reconocerlo públicamente. Es poco cristiano. Sin embargo, en el fondo de su corazón musita para sí: «… pero brillo». Y lo hace con arrogancia nada cristiana. ¿Es esto humildad? La evidencia responde sola.

Otras veces, entendemos nuestra virtud como un no mirar. Ser humilde es taparse los ojos a fin de no creerse lo que uno es. No mirar los talentos se propone como el mejor medio y remedio para no caer en la arrogancia, olvidando el certero adagio teresiano que nos indica que el humilde es el que anda en verdad, quien reconoce su propia realidad y no la oculta.

Resulta que la humildad no entiende de falsas cortesías ni de fingidas cegueras.

Que la arrogante soberbia tiende a brotar cuando la fortaleza comienza a brillar es un hecho, y que es el gran peligro nunca debe ser puesto en duda.

Exinanivit

Entonces, ¿qué es humildad?

Tal vez hayamos atendido con brevedad a la palabra paulina que nuestro P. Morales hacía sonar y resonar a fin de que penetrara con largueza en nuestra vida: Exinanivitse despojó de sí mismo—.

Despojo del hombre viejo, en lucha constante, tanto en el fracaso como en el logro.

En el fracaso, no cansándome nunca de estar empezando siempre, pero descubriendo que este me sitúa en mi débil e impotente realidad, en humildad, y que la fortaleza no se consigue solo luchando sino mirando a quien me da su fuerza.

En el logro, sabiendo que todo es regalo y, por tanto, no subiendo la escalera sino bajándola. El podio está abajo, siempre abajo. Hay que bajar a la auténtica realidad que es humilde en su fortaleza, la del amor, siempre donación al otro. Y es que mi auténtica realidad es imagen de Dios: despojo de sí, abajamiento.

Pero esto no es posible mas que para aquel que realmente es tocado por el amor de Dios. Quien se sabe amado comprende que debe vivir amando, en salida de sí, entregándose al tú amado que le llama a despojarse de sentimentalismos, racionalismos y voluntarismos —todos ellos falsas ideologías— y a librarse de hombre viejo, dejándose regalar de hombre nuevo.

Hombre nuevo, nuevo Adán, a lo Cristo cuya definición no es otra que despojo de sí y cuya tarea se define como subir bajando y ganar perdiendo. Tarea continua porque es tarea de amor y este no acaba nunca.

¿No nos insistió en ello Abelardo con su palabra y, sobre todo, con su vida en despojo de sí hasta el final?

Y es que la fortaleza está abajo, siembre abajo, en la humilde tierra fecunda del amor que es salida de sí, donación: Manos vacías.

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