Hipatia de Alejandría, ¿mártir de la razón?

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Hipatia en la Escuela de Atenas
Escuela de Atenas, 1509-1511. Rafael Sanzio. Museos Vaticanos.

El nuevo currículo de la asignatura de Historia de la Filosofía planteado por el Ministerio de Educación español para el Bachillerato recoge un nuevo canon con veintiséis nombres; entre ellos aparecen ocho mujeres, dos de ellas en la Antigüedad: Aspasia de Mileto, compañera sentimental de Pericles y de quien no se conoce ninguna obra o afirmación intelectual, e Hipatia de Alejandría.

La película Ágora, de Alejandro Amenábar, estrenada en 2009, exponía de forma visualmente atractiva, pero de manera sesgada, la historia de Hipatia, en la que los cristianos aparecían como enemigos y perseguidores de la ciencia y la razón, e Hipatia, matemática y astrónoma, como una mártir de las mismas, así como una de las heroínas de la historia del feminismo.

¿Pero quién fue Hipatia? Los datos seguros nos dicen que vivió en Alejandría entre los siglos IV y V de nuestra era, que era hija del científico Teón, matemática y filósofa perteneciente a la escuela platónica y titular de una escuela afamada en sus días. Cubierta con el austero hábito filosófico, recibía la veneración y el respeto de sus discípulos, entre los que había tanto paganos como bautizados. Consta que entre todos ellos y su maestra existían fuertes vínculos de afecto y mutua solicitud. Pero nada nos ha quedado de su obra escrita y su pensamiento.

El obispo Teófilo, al que muchos consideran intransigente y enemigo de la filósofa —y que lo fue ciertamente de san Juan Crisóstomo, a quien se enfrentó de manera hostil—, respetó no obstante el trabajo científico y filosófico de Hipatia y su labor docente, guardándose de molestarla o de interferir en sus labores durante los años en que estuvo a cargo de la sede alejandrina. El año 412 sucedió a Teófilo su sobrino Cirilo de Alejandría, vencedor contra la herejía nestoriana y al cual, sin fundamento sólido, se ha querido responsabilizar de la muerte de Hipatia.

La más importante fuente histórica en este asunto son las cartas de Sinesio de Cirene (ca. 370-413 d.C.), discípulo de Hipatia y que se convertiría más tarde al cristianismo llegando a ser obispo de Ptolemaida. Su profesión cristiana nunca obstó para que añorase con hondo sentimiento los días pasados con ella junto a sus condiscípulos y mantuviera un intenso contacto epistolar con todos ellos. Los elogios y alabanzas que dedica a su mentora son conmovedores, mas no por eso deja de tener también en alta estima al obispo Teófilo, de quien recibió su consagración episcopal, y así se lo manifiesta a Hipatia con toda naturalidad, reiterando a esta su admiración e imperecedera gratitud. La prematura muerte de Sinesio impedirá a este conocer el final de su «madre, hermana, maestra, benefactora mía en todo». Ni el obispo Teófilo ni los discípulos cristianos de Hipatia manifiestan hostilidad alguna hacia ella.

El año 415, contando Hipatia 60 de edad, la ciudad se vio dividida por importantes desavenencias entre los partidarios del gobernador Orestes, discípulo y confidente de la filósofa y también cristiano, y los del obispo Cirilo. Al parecer, un complot de cristianos exaltados quiso identificar en Hipatia el obstáculo que se oponía a la concordia entre las dos personalidades, y decidieron eliminarla. Esta exaltación es la que algunos atribuyen a Cirilo, sin prueba alguna. Aunque hay varias versiones sobre la muerte de la filósofa, todas coinciden en que fue espontánea y muy violenta. Los exaltados, entre los que se encontraba un lector llamado Pedro, la arrastraron, le rasgaron la ropa, la mataron a golpes utilizando trozos de cerámica como armas desgarrantes, y despedazaron y quemaron su cadáver. El prefecto Orestes, sobrepasado por lo ocurrido, abandonó Alejandría.

El acreditado historiador Daniel Rops escribe en su Historia de la Iglesia que a san Cirilo «se le acusaba sin motivo de haber tenido alguna responsabilidad en diversos incidentes que habían agitado a Alejandría: La irrupción en la ciudad de una turba de monjes que había estado a punto de asesinar al prefecto (Orestes), y el odioso asesinato, por unos cristianos fanáticos, de la célebre Hipatia, jefe de la escuela filosófica neoplatónica».

Aunque los datos no son de ningún modo concluyentes, desde Voltaire no han faltado los que han querido presentar a san Cirilo de Alejandría, uno de los Padres de la Iglesia de Oriente, como un fanático instigador y un asesino, arguyendo la hostilidad de la fe cristiana contra la razón y la ciencia. A ello contribuyó el divulgador televisivo Carl Sagan, repitiendo sin más contraste la tesis volteriana. El feminismo militante ha querido ver en la filósofa alejandrina a su protomártir. Amenábar ofrece en su película un portentoso altavoz al servicio de esta vieja leyenda negra contra la Iglesia.

Razón y fe, llamadas a colaborar

El cristianismo, y más en concreto la Iglesia, no solo no se ha opuesto al conocimiento racional, sino que, respetando su autonomía, se ha servido de él para intentar comprender y explicar los datos de la fe. «Fue tarea de los padres de la filosofía mostrar el vínculo entre la razón y la religión. Dirigiendo la mirada hacia los principios universales, no se contentaron con los mitos antiguos, sino que quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad… Sobre esa base los Padres de la Iglesia comenzaron un diálogo fecundo con los filósofos antiguos, abriendo el camino al anuncio y la comprensión del Dios de Jesucristo» (S. Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 36.).

No está de más recordar que el platonismo era intensa y fecundamente utilizado por san Agustín exactamente en aquellos mismos años para profundizar en la fe cristiana y en su comprensión de la realidad. Nada permite afirmar la hostilidad de los cristianos —y menos aún de la Iglesia católica como tal— contra una filosofía tan querida y cultivada —aunque completada y superada en bastantes de sus limitaciones— por algunos de los más notables padres y doctores de la Iglesia durante más de mil años.

Razón y fe son dos formas legítimas, aunque diferentes de conocimiento. La Teología es la ciencia de lo recibido de la divina Revelación a través de la fe, y la Filosofía, el conocimiento de lo que fluye de los principios de la razón natural. Puesto que su fuente común es Dios, autor lo mismo de la razón que de la revelación, es necesario que a fin de cuentas ambas ciencias estén de acuerdo y se beneficien de su mutua colaboración. Como escribe san Juan Pablo II al comienzo de la encíclica Fides et ratio: «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad».

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