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Quinientas cincuenta palabras, una vida

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Imagen del Padre Emiliano Manso, sacerdote
Padre Emiliano Manso, Cruzado de Santa María y fundador de la Sociedad Sacerdotal de Santa María de los Apóstoles.

Por Fernando Antonio Martínez García, Sociedad Sacerdotal de Santa María de los Apóstoles

¿Cómo podrían quinientas cincuenta palabras reflejar la belleza y la densidad de tu vida? ¿Acaso es posible, en quinientas cincuenta palabras, expresar de forma rotunda y serena, con una ternura equilibrada y una delicada reciedumbre, como las tuyas, el agradecimiento que sentimos por haberte tenido como padre?

A los sacerdotes, en cada homilía, se nos pide lo imposible. Se nos pide que, en unos minutos, y con la única herramienta de las palabras, plasmemos, en la sensibilidad y el corazón de los fieles, la luz y la vida divinas que contienen los misterios de la historia de la salvación. Quizás solo por eso, porque estamos acostumbrados a intentar cada día lo imposible, tengan sentido estas líneas. Quizás porque te hemos visto hacerlo, con dedicación y sabiduría durante tantos años, sepamos que es posible, porque el Señor nunca deja solos a los que invita a bregar en su barca.

¿Guardarán las cumbres de Gredos tu recuerdo para siempre? ¿Podría el soplo del viento en las retamas que crecen en sus laderas imitar el timbre de tu voz templada? ¿Querrá la luna llena, alguna noche, formar una sombra entre las rocas que se asemeje a la tuya? ¿Sufren los neveros, las cabras montesas o el musgo porque ya no los contemplas, porque ya no admiras en ellos la mano creadora y providente de tu amado?

Con la misma armonía que se engarzan, unas a otras, las notas de las canciones que amabas, así se engarzaban, en tu corazón de sacerdote, los paisajes de tu vida. ¿No fue en las llanuras de tu tierra castellana natal donde aprendiste el valor del silencio y de la palabra? ¿No fue allí donde aprendiste, abrazado por un cielo infinito y una tierra inabarcable para la mirada, a gozar del diálogo callado con el amor de tu alma? ¿No fue allí donde él —Cristo— te llamó en lo secreto para que fueras sacerdote y padre?

Todos los que te conocimos sabemos bien que, desde niño, Dios te dio un corazón hambriento de él y de todo aquello que reflejara su infinitud. Y así, a los horizontes inagotables de tu Palencia, Dios añadió la inmensidad del mar de Comillas y, al estudio de la teología, que acompañó toda tu vida, se unió tu amor viril y apasionado por la inmensidad del Sagrado Corazón de Jesús.

¿No fue en la Cruzada de Santa María donde encontraste un paisaje espiritual y humano que reflejaba el horizonte infinito al que tu corazón de sacerdote anhelaba entregarse? ¿No fue la suave mano de la Madre quien te invitó a consagrarte a ella, como sacerdote, en su Cruzada?

Padre, no es nada fácil encontrar a alguien tan enamorado de su sacerdocio y de la eucaristía como tú, y no es nada fácil encontrar a alguien tan encariñado con nuestra madre, la santísima Virgen María, como tú. Solo alguien traspasado por esos amores hasta el apasionamiento, podía fundar nuestra querida Sociedad Sacerdotal de Santa María de los Apóstoles.

Padre, contigo, Dios hizo maravillas. Las hizo en cada misa y en cada tiempo de oración, en cada confesión y cada consejo, en cada tanda de ejercicios, en cada canción y en cada viaje que compartimos. Tú ya has partido para el cielo. Espéranos allí y —cuando lleguemos— acógenos, como siempre hacías, con tu sonrisa.

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