Iglesia en el mundo: los institutos seculares

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Flor. Foto: T. Q.
Flor. Foto: T. Q.

La vocación universal a la santidad

Flores alpinas que ocultan su belleza. Casi nadie las admira. Muy pocos las descubren. Se abren entre riscos o sonríen en los pastizales. La soledad en que viven hace más atractivo su encanto. La hermosura de la rosa es que, siendo tan hermosa, no conoce que lo es. Es la belleza de la vida consagrada secular. Escondida en el mundo. Sin salir de él. Pasa inadvertida ocultando sus encantos, irradiando fragancia de cielo y aroma de eternidad.
(P. Tomás Morales, S.J.)

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4). Dios quiere que lleguemos a la plenitud de vida que ha sido revelada en Cristo. Esto es lo que dice la Sagrada Escritura. Esta es una verdad contenida en nuestro depósito de la fe, pero que se ha iluminado en el concilio Vaticano II con el capítulo V de la Lumen gentium que habla de la vocación universal a la santidad. Antes de esta declaración, parecía que en la Iglesia el único camino de salvación era el de aquellos que especialmente se consagraban al Señor en la vida religiosa o en el sacerdocio. La Iglesia del siglo XX, siempre asistida por el Espíritu Santo, ha redescubierto esta verdad de fe.

En esta ampliación del horizonte de santidad a todo cristiano, e incluso a todo hombre de buena voluntad, el Espíritu Santo ha querido suscitar, en el siglo pasado dos iniciativas eclesiales que van íntimamente unidas: el despertar de los laicos comprometidos con su vida cristiana y, en medio de ellos, los consagrados seculares.

En el plan providencial de Dios para salvar a todos los hombres, y precisamente como una ayuda divina para afrontar los retos de una sociedad secularizada, estos eventos deben ser leídos, y se entienden en todo su alcance, asociados a la perspectiva salvífica universal.

Los II. SS. son una vocación para estar en medio de los hombres, como el fermento en la masa, para animar a todos al camino de vuelta a Dios.

Una vocación para la Iglesia y para el mundo

Han pasado 73 años desde aquel 2 de febrero de 1947, cuando Pío XII promulgó la constitución apostólica Provida mater Ecclesia. De este modo daba una configuración teológico-jurídica a una experiencia de años, reconociendo en los institutos seculares uno de los innumerables dones con que el Espíritu Santo siembra el camino de la Iglesia y la renueva en todo tiempo.

El Concilio Vaticano II, el último concilio celebrado en la Iglesia, fue sentido como una llamada especial de Dios a toda la Iglesia para que buscase el encuentro con el mundo. Una llamada a la conversión dejando atrás una Iglesia centrada en sí y a la defensiva; el Espíritu animaba a la Iglesia a salir hacia el mundo, a ser una Iglesia «en salida» como le gusta decir a nuestro papa Francisco.

Esta línea programática del Vaticano II se ha visto encarnada, de modo singular y providencial, en la vocación de los institutos seculares.

Es decir, para entender bien la vocación de los institutos seculares hay que situarla en el diálogo salvador entre la Iglesia y el mundo.

«Vosotros representáis un fenómeno característico y consolador en la Iglesia contemporánea; y por ello os saludamos y os alentamos» (Pablo VI, 26-9-1970). ¿Por qué el papa Pablo VI se atrevió a decir estas palabras audaces sobre esta vocación? ¿Qué había intuido en la vocación de los institutos seculares?

Poco tiempo después explicaba sus palabras cuando se dirigió a los miembros de los institutos seculares en el XXV aniversario de la Provida mater Ecclesia. Lo que el Espíritu suscitó con fuerza en el Concilio se había realizado y continúa realizándose en la vida de los consagrados seculares:

«En este marco, no puede menos de verse la profunda y providencial coincidencia entre el carisma de los institutos seculares y una de las líneas más importantes y más claras del Concilio: la presencia de la Iglesia en el mundo. […] Ella [la Iglesia], por tanto, posee una auténtica dimensión secular, inherente a su naturaleza íntima y a su misión, cuya raíz se afinca en el misterio del Verbo encarnado. […] Si los institutos seculares, ya antes del concilio anticiparon existencialmente, en cierto sentido, este aspecto, con mayor razón deben hoy ser testigos especiales, típicos de la postura y de la misión de la Iglesia en el mundo» (Pablo VI, 2-2-1972).

¿Qué son los institutos seculares?

Quizás nos ayuda la descripción aportada por el papa Benedicto XVI: «La consagración secular es una nueva forma de consagración: la de fieles laicos y presbíteros diocesanos, llamados a vivir, con radicalismo evangélico precisamente, la secularidad en la que están inmersos en virtud de la condición existencial o del ministerio pastoral» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

Un apunte clarificador en esta definición de lo que son los II. SS. lo ha dado el Código de Derecho Canónico publicado bajo el pontificado de Juan Pablo II y que, por primera vez, recogía esta nueva forma de vida en la Iglesia: «Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él» (can. 710).

De esta definición destacan tres elementos: la consagración, la secularidad (vida en el mundo) y la tarea apostólica específica (la santificación del mundo desde dentro).

Son los mismos tres elementos que recogió la exhortación apostólica Vita consecrata: «Mediante la síntesis, propia de ellos, de secularidad y consagración, tratan de introducir en la sociedad las energías nuevas del Reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas» (VC 10).

Dando una pincelada final, que no agota todo lo que se podría decir de la vocación del consagrado secular, podemos hablar del marco cristológico que define esta vocación. Toda vocación en la Iglesia tiene su referente principal en Cristo, en un misterio de la vida de Cristo. En este caso es precisamente el misterio de la Encarnación el que da sentido a nuestra vocación:

«Lo que hace que vuestra inserción en las vicisitudes humanas constituya un lugar teológico es el misterio de la Encarnación: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su hijo único” (Jn 3,16). La obra de la salvación no se llevó a cabo en contraposición con la historia de los hombres, sino dentro y a través de ella» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

Consagración radical

Vamos a analizar con más detalle cada uno de los tres elementos de la consagración secular: la consagración, la secularidad y el apostolado.

En primer lugar, hablamos de una plena consagración configurada según los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Dejemos hablar al magisterio de la Iglesia que ha sabido captar en estos dos textos lo propio de nuestra consagración:

«Todo encuentro con Cristo exige un profundo cambio de mentalidad, pero para algunos, como es vuestro caso, la petición del Señor es particularmente exigente: dejarlo todo, porque Dios es todo y será todo en vuestra vida. No se trata simplemente de un modo diverso de relacionaros con Cristo y de expresar vuestra adhesión a él, sino de una elección de Dios que, de modo estable, exige de vosotros una confianza absolutamente total en él» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

«Ante todo debéis ser verdaderos discípulos de Cristo. Como miembros de un instituto secular, queréis ser tales por el radicalismo de vuestro compromiso a seguir los consejos evangélicos, de tal modo que no solo no cambie vuestra condición —¡sois y os mantenéis laicos!—, sino que la refuerce en el sentido de que vuestro estado secular esté consagrado y sea más exigente, y que el compromiso en el mundo y por el mundo, implicado en este estado secular, sea permanente y fiel» (Juan Pablo II, 28-8-1980).

Secularidad

Al inicio de este artículo partíamos de la cita de 1Tm 2,4 para hablar de la voluntad de salvación universal de Dios. Es uno de los fundamentos bíblicos de nuestra vocación. Otro fundamento, que hace referencia a la secularidad, se encuentra en el Evangelio de san Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

La secularidad es el elemento esencial, sin el cual no existiría esta vocación. Ya lo intuyó Pío XII, en 1948, al perfilar de un modo más preciso lo que era un instituto secular en el Motu proprio Primo feliciter: «Se ha de tener siempre presente lo que en todos debe aparecer como propio y peculiar carácter de los Institutos, esto es, el carácter secular, en el cual consiste toda la razón de su existencia» (Primo feliciter, 12-3-1948).

En el LX aniversario de la Provida mater Ecclesia, el papa Benedicto XVI quiso profundizar en este carisma de la secularidad:

«El carácter secular de vuestra consagración, por un lado, pone de relieve los medios con los que os esforzáis por realizarla, es decir, los medios propios de todo hombre y mujer que viven en condiciones ordinarias en el mundo; y, por otro, la forma de su desarrollo, es decir, la de una relación profunda con los signos de los tiempos que estáis llamados a discernir, personal y comunitariamente, a la luz del Evangelio.

Personas autorizadas han considerado muchas veces que precisamente este discernimiento es vuestro carisma, para que podáis ser laboratorio de diálogo con el mundo, el “laboratorio experimental” en el que la Iglesia verifique las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo (Pablo VI, Discurso a los responsables generales de los institutos seculares, 25-8- 1976: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5-9-1976, p. 1).

De aquí deriva, precisamente, la continua actualidad de vuestro carisma, porque este discernimiento no debe realizarse desde fuera de la realidad, sino desde dentro, mediante una plena implicación. Eso se lleva a cabo por medio de las relaciones ordinarias que podéis entablar en el ámbito familiar y social, así como en la actividad profesional, en el entramado de las comunidades civil y eclesial» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

Lo mismo había hecho el papa Pablo VI quizás, entre los pontífices contemporáneos, el que mejor ha conocido esta vocación:

«Si nos preguntamos cuál ha sido el alma de cada instituto secular que ha inspirado su nacimiento y su desarrollo, debemos responder: el anhelo profundo de una síntesis; el deseo ardiente de la afirmación simultánea de dos características: 1) la total consagración de la vida según los consejos evangélicos, y 2) la plena responsabilidad de una presencia y de una acción transformadora desde dentro del mundo para plasmarlo, perfeccionarlo y santificarlo. […] Vuestra secularidad os impulsa a acentuar de modo especial —a diferencia de los religiosos— la relación con el mundo. No solo representa una condición sociológica, un hecho externo, sino también una actitud: estar en el mundo, saberse responsables para servirlo, para configurarlo según el designio divino en un orden más justo y más humano con el fin de santificarlo desde dentro» (Pablo VI, 2-2-1972).

Unos meses después volvía a retomar este tema, tan importante para él:

«“Secularidad” indica vuestra inserción en el mundo. Significa no sólo una posición, una función que coincide con el vivir en el mundo ejerciendo un oficio, una profesión “secular”. Debe significar, ante todo, toma de conciencia de estar en el mundo como “lugar propio vuestro de responsabilidad cristiana”. Estar en el mundo, es decir, comprometidos con los valores seculares, es vuestro modo de ser Iglesia y de hacerla presente, de salvaros y de anunciar la salvación. Vuestra condición existencial y sociológica deviene vuestra realidad teológica y vuestro camino para realizar y atestiguar la salvación. De esta manera sois un ala avanzada de la Iglesia “en el mundo”; expresáis la voluntad de la Iglesia de estar en el mundo para plasmarlo y santificarlo “como desde el interior, a guisa de fermento” (Lumen gentium 31)» (Pablo VI, 20-9-1972).

Por «condición existencial y sociológica», se entiende el modo propio de vivir común a todo ser humano, y en ese sentido es una dimensión constitutiva de la existencia humana y una dimensión que nos sitúa en relación con los demás. Destacar esto es expresar que el consagrado secular está llamado a vivir en medio de los hombres y como ellos, diferenciándose así de ese otro modo de consagración que es la religiosa, que existencial y sociológicamente se separa del mundo, según la propia vocación. Simplemente habría que subrayar que son vocaciones distintas. Por tanto, la secularidad significa ser del mundo y estar en el mundo, con todo lo que implica.

Como realidad teológica la secularidad implica asumir el mundo como el lugar propio en el que Dios ha querido situarnos para transformarlo según su voluntad original. Esto se ha expresado de muchos modos: es la Consecratio mundi, o lo que definió el Vaticano II como la tarea propia de los laicos, y que Pablo VI aplicó también a los miembros de los institutos seculares: «Buscar el reino de Dios tratando y ordenando según Dios las cosas temporales» (Lumen gentium 31).

Sin olvidar nunca la sabia advertencia de Pablo VI: «A pesar de ser “secular”, vuestra posición difiere en cierto modo de la posición de los simples laicos en cuanto estáis empeñados en la zona de los valores del mundo, pero como consagrados […]; por otra parte, no sois religiosos […] porque la consagración que habéis hecho os sitúa en el mundo» (Pablo VI, 20-9-1972).

El consagrado secular siente en su interior esta llamada permanente que es una responsabilidad ante el mundo para llevarlo a Dios. Lo característico, lo específico de nuestra vocación es ese vivir en el mundo para reconducirlo hacia Dios.

El apostolado secular

Llegamos por fin al tercer elemento de esta vocación. La consagración secular se desborda necesariamente en el apostolado. «Pertenecer a Cristo no significa renegar del mundo. El precio que paga el cristiano por seguir a Cristo no es la negación o el desprecio del mundo, sino una particular responsabilidad para con el mundo, la disponibilidad a darse y entregarse al mundo» (Metz, 1970).

Esta responsabilidad con el mundo, con la creación entera y especialmente con la humanidad, es la que siente el consagrado secular y se convierte en impulso apostólico.

«Por tanto, el lugar de vuestro apostolado es todo lo humano, no solo dentro de la comunidad cristiana […], sino también dentro de la comunidad civil, donde la relación se realiza en la búsqueda del bien común, en diálogo con todos, llamados a testimoniar la antropología cristiana que constituye una propuesta de sentido en una sociedad desorientada y confundida por el clima multicultural y multireligioso que la caracteriza» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

Los institutos seculares deben escuchar, como dirigido sobre todo a ellos, la llamada de la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: «Su tarea primera… es el poner en practica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas» (n. 70, Pablo VI, 25-8-1976).

El apostolado esencial de un consagrado secular es su misma vida en el mundo —sin necesidad de emprender actividades explícitamente catalogadas como «apostólicas»—, su inserción en el tejido social a través de las relaciones de amistad y especialmente su misma actividad profesional. «La profesión se convierte en un elemento positivo, en vez de negativo o neutro: se convierte en el estímulo continuo para poner en práctica la famosa «consecratio mundi» que debería, por el favor divino, cambiar un poco la faz de las cosas profanas y temporales, y hacerlas —respetando su naturaleza y las leyes con que se desarrollan y afirman— dignas del reino de Dios» (Pablo VI, 2-2-1972).

La teología de la encarnación, que es el referente del consagrado secular, sustenta esta valoración esencial del trabajo profesional. La profesión no es solamente un medio para vivir, sino que se convierte en tarea primordial asumida por el consagrado secular para poder ordenar, según el plan creador de Dios, las realidades temporales.

Y el modo específico del apostolado secular es el del fermento en la masa, sin necesidad de obras especiales de apostolado:

«A vosotros no se os pide instituir formas particulares de vida, de compromiso apostólico, de intervenciones sociales, salvo las que pueden surgir en las relaciones personales, fuentes de riqueza profética. Ojalá que, como la levadura que hace fermentar toda la harina (cf. Mt 13,33), así sea vuestra vida, a veces silenciosa y oculta, pero siempre positiva y estimulante, capaz de generar esperanza» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

Conclusión

Toda vocación es una respuesta de amor a un amor primero, el amor de Dios. Así es en la vocación del consagrado en el mundo. Amor a Dios y amor al mundo.

Por esta razón, no somos solamente una vocación de síntesis original entre consagración y secularidad, sino que especialmente somos una vocación de comunión, un signo de la unión entre Dios y los hombres en medio del mundo. Estamos llamados a unir la riqueza de la vida consagrada con la presencia en el mundo, con el objetivo de que el mundo, la humanidad, llegue a la plenitud querida por Dios. Llamados quizás a abrir los brazos en cruz para unir dos amores: el amor radical a Dios en Cristo, con el amor entrañable a los hombres. Como hemos dicho, la vocación del consagrado secular es una vocación de comunión.

Es así como somos y nos sentimos plenamente Iglesia. Es así como acogemos las palabras del magisterio de la Iglesia: «La Iglesia os necesita también a vosotros para cumplir plenamente su misión. Sed semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia» (Benedicto XVI, 3-2-2007).

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