Iglesia, nombre de mujer

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Alexander Ivanov «La aparición de Cristo a María Magdalena» (1835)
Alexander Ivanov «La aparición de Cristo a María Magdalena» (1835)

Por Mercedes Lucas, doctora en Teología

Vivimos tiempos difíciles en los que la maraña de la confusión se instala en cualquier ámbito de nuestras vidas. Las relaciones se tornan complicadas y la ideología feminista extrema acaba por confundir términos como igualdad, y destierra al olvido del vocabulario otros como complementariedad.

La Iglesia ha exaltado siempre la figura de la mujer. Es una mujer la que posibilitó la salvación al mundo y es una mujer, la primera que lo anuncia y así lo ha transmitido en cualquier época.

Pero somos «la iglesia militante» y, por tanto, no hemos llegado a nuestro destino final. El Espíritu nos guiará hacia los cambios oportunos que necesitamos, pero mientras, hemos de permanecer fieles y perseverar en la fe que nos une.

Recordemos brevemente lo esencial en el trato de Jesús con las mujeres, así como la visión que los documentos eclesiales ofrecen del papel de la mujer en la misma.

1. Jesús y las mujeres

Hemos de situarnos en el contexto histórico de Jesús para entender que la relación y el comportamiento que mantenía con las mujeres se aparta de las costumbres y las normas de entonces. Los relatos históricos reflejan la presencia de las mujeres en la vida de Jesús con total normalidad, es decir, Jesús incorpora en la cotidianeidad de su vida, la presencia y el contacto con el sexo femenino (hecho nada ordinario en su época y cultura).

Teniendo en cuenta el sometimiento que las mismas mantenían respecto a los varones (ya que eran quienes realmente gobernaban sus vidas), y de la nula presencia social de éstas en la vida pública, es primordial la novedad evangélica respecto al hecho de la coherencia del testimonio de Jesús con el anuncio universal de la salvación sin discriminación alguna de personas y de sexos. Sus hechos y palabras acompañan esta universalidad no discriminatoria en su relación con las mujeres.

Aunque en los evangelios no aparezca la palabra discípulo aplicada a las mujeres (mathetria = discípula femenina en griego), no se puede negar su función y presencia dentro del grupo, a pesar de que no tengan, necesariamente, las mismas funciones que los varones de una forma continua.

La raíz de todo ello está en la amplia e intensa experiencia de Jesús con Dios como padre y madre; en la feminidad, integrada en Dios, como origen de la vida que hace posible esa forma de ser, también integradora, de Jesús en sus relaciones con ellas.

Jesús no podía elegir mujeres para una misión pública, ya que su testimonio, en el contexto cultural del que hablamos, era totalmente rechazado (recordemos que María Magdalena fue tachada de «enajenada» cuando anuncia a los apóstoles la resurrección de Cristo); sin embargo, y a pesar de ello, es una mujer la primera «apóstol» anunciadora del hecho crucial que marca nuestra fe: la resurrección del Señor.

Los evangelios dicen de ellas que servían y asistían a Jesús con sus bienes. Numerosas veces se ha interpretado este servicio, reduciéndolo a una función doméstica, diferente de la de los discípulos varones. Pero es Jesús mismo quien intenta modificar esta concepción. Sirva como ejemplo el episodio de Marta y María (Lc 10,38-42).

El servicio es una obligación para todo discípulo, independientemente de su sexo o situación social, y, aunque los evangelios no ofrecen precisión sobre la labor de las mujeres, el mismo Jesús no las enclaustraba en su situación maternal (incluso la de su madre María, Lc 11,27-28).

Es un hecho que las mujeres que seguían a Jesús recibieron en Pentecostés el Espíritu, al mismo tiempo que los discípulos varones y con el mismo título que ellos. Quizás, porque las mujeres que estaban excluidas de los círculos de poder pudieron entrever, mejor que los varones, el sentido profundo del mensaje: su amor desinteresado por Jesús las capacitaba para asimilarlo.

Jesús, con su vida y obra, manifiesta un deseo efectivo de liberar a las mujeres de cualquier tipo de inferioridad y de toda exclusión, proclamando la igualdad de hombre y mujer en el matrimonio.

En otro orden, las mujeres forman parte del movimiento de Jesús (Iglesia primitiva) desde el comienzo; algunas actuaron como patronas de las comunidades cristianas; otras, participaron como misioneras (samaritana) y líderes comunitarias; las hay que contribuyeron al crecimiento interno de las comunidades (profecía, caridad, diaconía, acogida hospitalaria…) ya fuese en sus casas o mediante la influencia de su familia.

Por tanto, la mujer sirve y asume las tareas de los discípulos de Jesús, a pesar de los condicionantes de la época, ejerciendo un papel fundamental en la adhesión a la figura de Jesús y a la Iglesia primitiva. Son transmisoras de su mensaje y activas colaboradoras de la vida en comunidad y del anuncio del Evangelio.

2. Visión de la Iglesia

La familia está en el centro de la atención del magisterio y la pastoral de la Iglesia, tanto desde la perspectiva del «objeto» como desde la del «sujeto» de la actuación, que como «familia» corresponde realizar a esa institución en la sociedad y en la Iglesia.

El magisterio ha hablado frecuentemente de ella, ya sea dirigiéndose a la familia misma como a profesionales vinculados con la «vida de la familia» (médicos, juristas, biólogos, educadores…), o a la totalidad de los hombres. Así, se ha ido formando un patrimonio sobre la familia que, desde el principio, constituye un tesoro de la Iglesia sobre la institución doméstica.

Los cambios operados en la sociedad y en la condición femenina han sido acogidos por el magisterio con actitud de discernimiento pastoral. León XIII denunció la explotación laboral sufrida por las mujeres trabajadoras; Pío XII asumió la validez de las reivindicaciones que presuponen la participación de la mujer en el trabajo asalariado y abogó por la igual remuneración del trabajo para hombres y mujeres; Juan XXIII reclamó el derecho de la mujer a trabajar en las condiciones adecuadas a las exigencias que comporta la maternidad; Pablo VI insistió en que las legislaciones deben proteger la vocación propia de la mujer y, a la vez, reconocer sus derechos sociales y su independencia en cuanto persona; Juan Pablo II señaló, más explícitamente, la necesidad de un nuevo ordenamiento de las relaciones laborales que permita a la mujer el acceso al trabajo, a la vez que le posibilite el desarrollo de todos sus derechos personales y familiares, y el papa Francisco habla de la necesidad del genio femenino en los lugares donde se toman importantes decisiones en la Iglesia.

Respecto a los documentos eclesiales: la constitución Gaudium et spes, menciona específicamente la labor de la mujer en la familia indicando que comporta el hecho de no realizar trabajos fuera de casa; en la carta apostólica Mulieris dignitatem, Juan Pablo II reflexiona sobre el fundamento que es la mujer teniendo en cuenta la figura de María, la representante y arquetipo de todo género humano, ya sean hombres o mujeres. La fuerza moral de la mujer está unida a la conciencia de que es el mismo Dios quien le confía, con la maternidad, al hombre de un modo especial, es decir, al ser humano, y ello decide, principalmente, su vocación. En la carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, la Congregación para la Doctrina de la Fe subraya el carácter personal del ser humano, que es persona. La igual dignidad de las personas se realiza en la complementariedad física, psicológica y ontológica. Son las «estructuras de pecado» inscritas en la cultura las que hacen que las relaciones entre hombre y mujer se tornen potencialmente competitivas y conflictivas.

Refiriéndonos a la emancipación de la mujer, será la encíclica Casti connubii la que asegure que no es verdadera emancipación cuando se exalta la falsa libertad y la antinatural igualdad con el marido, sino más bien es corrupción de la feminidad y de la dignidad de madre, pues termina cayendo en la vieja esclavitud de convertirse en un mero instrumento del hombre.

Es la exhortación Familiaris consortio la que pone de relieve su ineludible servicio a la vida, en la transmisión de la vida misma a la sociedad y la Iglesia. Nuestro papa actual defiende la dignidad de la mujer acentuando que sufre cuando ve en la Iglesia y en las organizaciones eclesiales cómo el papel de las mujeres se reduce solo «a la servidumbre», que no es lo mismo que servicio. Él aboga por la importancia del papel de la mujer y por la necesaria reflexión, dentro de toda la Iglesia, para dar mayor valor a la presencia de las mujeres.

3. Concluyendo

El protagonismo que Jesús concede a las mujeres queda patente en su comportamiento respecto a ellas. Podríamos tachar de novedoso y revolucionario este comportamiento, si lo situamos en el contexto histórico de la nula presencia social de las mujeres que, sin embargo, lo siguieron y sirvieron con total desprendimiento y aceptación, aunque siempre en un segundo plano.

La Iglesia, a través de su magisterio, ha exaltado y acentuado el papel de las mujeres tanto en la vida eclesial como social, priorizando la responsabilidad que le compete de responder del género humano debido a su maternidad, aun no siendo ésta la única función que ejerce en la vida eclesial. Función que puede seguir transformándose a lo largo de la historia ejerciendo un mayor protagonismo en los puestos de decisión e influencia.

En la práctica, la tensión en la confrontación que la realidad actual ofrece respecto a la emancipación de la mujer y de la vida familiar, requiere de un gran discernimiento entre las prioridades individuales y las del matrimonio y los hijos.

María, madre, discípula y, sobre todo, principal apóstol de su hijo Jesús, ilumina los momentos actuales favoreciendo una total adhesión al Hijo de Dios, priorizando el amor en la entrega y el olvido de sí misma en favor de su Hijo; conduciéndonos a todos, hombres y mujeres, al conocimiento de la sabiduría de Dios oculta en la cruz.

A modo de ejemplo

Concretar la fe en la realidad actual es fácil si sabemos mirar. Me fijo en una pareja de recién casados, ambos treintañeros. Ella, mi sobrina, ha conocido a Cristo hace cuatro años. Desde entonces he tenido el privilegio de ser testigo y presenciar el giro de 180 grados que él ha ocasionado en su vida.

No estaba en sus planes, pero tras el encuentro con la misericordia de Dios hecho hombre, se casó por la Iglesia. No estaba en sus planes, pero abandonó sus prioridades profesionales para tener una niña. No estaba en sus planes, pero ha postergado todas sus ambiciones individuales a las necesidades de su familia. Dios no estaba en sus planes, pero ahora es él quien dirige sus vidas, la de ella y la de su marido.

No siempre está segura y serena, pero se siente más libre que nunca. Es ella quien decide que sea Cristo quien le vaya descubriendo el camino a seguir.

Sus planes son los que Cristo tenga para ella, su marido y su hija. Está agradecida y ha confiado a este AMOR todo su presente y futuro.

¡Una mujer de este siglo! Sin conflictos, sin competitividad, sin enfrentamiento, que ama y se deja amar y que, sobre todo, confía en aquél que la amó primero.

Ninguna de estas decisiones ha estado libre de incertidumbres, dudas y sufrimientos, pero es que tanto la verdad como la auténtica libertad constituyen un camino marcado por la cruz y por la gloria.

Cuando dejamos que Cristo escriba en nuestras vidas, estas se convierten en toda una aventura; para la mujer, para el hombre y para el mundo. Así ha sido y así será.

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