La compañía

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Panda y dragón. Ilustración: Juan Francisco Miral.
Panda y dragón. Ilustración: Juan Francisco Miral.

No frecuentes las malas compañías, no sea que aumente su número.

George Herbert

Leí esta pequeña narración cargada de sentido común:

—¿Qué es más importante —preguntó el gran panda— el viaje o el destino?

—La compañía —dijo el pequeño dragón.

¿Qué nos pasa —puede que nos suceda— que estamos dando importancia al equipaje de nuestro viaje y no prestamos atención a quien hace camino con nosotros? Si es triste viajar solo, más doloroso es aún viajar sin darnos cuenta de que vamos acompañados.

Es cada día más frecuente ver en los transportes públicos el aislamiento egoísta propiciado por los medios audiovisuales: radio, mp4, iPad, etc. El mundo de la comunicación, la compañía, engendrando aislamiento egoísta.

Hay que valorar la compañía, la amistad, como uno de los valores más humanos; así se ha hecho desde siempre. Baste recordar a Cicerón (106 a. C. – 43 a. C.) que dice en su Ética a Nicómaco: «Fuera de la sabiduría, nada mejor le ha sido dado al hombre por los dioses; sin amistad no hay vida digna de un hombre libre».

Y por pasar a un ejemplo más cercano, el del cardenal san John Henry Newman (1801-1890), ese gran humanista inglés, con una gran talla intelectual y humana que, aunque era de natural un tanto reservado, tenía un amplísimo espectro de amigos a los que atendía, principalmente, por sus cartas, de las que llegó a escribir más de diez mil.

Si empezamos por el principio, observamos que no llegamos solos a este mundo, sino en buena compañía; de ahí que nuestro nivel de felicidad, a lo largo de la vida, va a venir influenciado por las personas que tengamos a nuestro lado a lo largo de los años: familia, amigos, pareja, equipos de trabajo y hasta colegas de los centros de mayores: desde el principio al final de la vida.

Entiendo por buenas compañías a aquellas que se preocupan por nosotros, por nuestro bienestar; que desean tenernos a su lado porque están convencidas de que gracias a nosotros todo será un poco mejor; que nos ayudan a crecer, que nos dan autonomía y nos estimulan continuamente para que nuestra felicidad se mantenga viva en el día a día.

Pero cuidado con la superficialidad, porque a la hora de buscar una buena compañía, como en todo, no conviene quedarse solo en las apariencias.

Concluyo: ¿No habría que recuperar la sabiduría de poner ante nuestros ojos, como una de nuestras prioridades vitales, la compañía? Porque como dice la poetisa estadounidense Emily Dickinson (1830-1886): «Triste puedo estar solo; para estar alegre necesito compañía».

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