Un problema que llevo muy en el corazón: el de la enseñanza

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Retrato de D. Alberto Martín Artajo
Retrato de D. Alberto Martín Artajo

Carta inédita[1] del P. Tomás Morales a Alberto Martín Artajo

El 3 de junio de 1943 Tomás Morales escribe una carta desde su nuevo destino, el colegio de San José de Villafranca de los Barros (Badajoz), adonde acaba de llegar y donde pasará dos años como profesor de Alemán, Italiano y Religión. El destinatario no es uno más, Alberto Martín Artajo, un viejo amigo, tres años mayor que él, también antiguo alumno de los jesuitas de Chamartín y de la facultad de Derecho, y compañero de los Estudiantes Católicos.

Tampoco la carta es una de tantas, presenta la mirada profética del humanista y del hombre a quien preocupa la renovación de la educación en España, a quien le duele la España de postguerra. En esos momentos Alberto era letrado del Consejo de Estado. En julio de 1945 sería nombrado ministro de Asuntos Exteriores por Franco, quien le había solicitado a Carrero Blanco: «Necesito un católico». Fue quien logró desbloquear a España del panorama internacional, el concordato con la Santa Sede y la entrada en la ONU en 1955, entre otras muchas cosas.

El contenido nos pone ante un jesuita de 34 años, recién ordenado, con los pies en la tierra y con una mirada centrada en la enseñanza, vocación que será sacrificada poco después para dedicarse durante los primeros años de su ministerio a los empleados.


3 junio 1943
Sr. D. Alberto Martín Artajo
Madrid

Mi querido Alberto: Mi paso rápido por Madrid hace 15 días no me permitió hablar despacio contigo, continuando, como hubiese deseado, aquella charla tan sabrosa —la primera después de tantos años— de la Secretaría del Consejo de Estado, cuando, recién ordenado[2], estuve en esa en julio del pasado. Allí hablamos, aunque solo de refilón, de un problema que llevo muy en el corazón desde nuestros días inolvidables de Confederación[3]: el de la enseñanza. Mis años de vida religiosa, lejos de enfriar el ideal concebido entonces, lo han encendido más, y, sobre todo, lo han hecho más consciente y reflexivo al crisol de largas horas de oración y estudio sereno, que tanto contribuyen a madurar las ideas que brotan un día; espontáneas en apariencia, pero secretamente inspiradas por el Espíritu Santo; al contacto con aquel ambiente universitario en el que se incubaba la tragedia de los años anteriores[4].

Y, ahora, querido Alberto, veo con dolor —quiero serte sincero— el triste panorama de nuestra enseñanza. En la Secundaria se combate enteramente el actual Bachillerato, que a mi pobre juicio es el esfuerzo más considerable que ha hecho el nuevo Estado por entroncar con la España grande del pasado[5]. En la universitaria, aunque han entrado en estos años muchos y buenos amigos, tengo mis dudas. No conozco el proyecto nuevo, que leo ha ido a las Cortes (de paso —y permíteme esta libertad que me tomo—, ¿podrías enviarme el número correspondiente del Boletín de las Cortes en que viene, si no te es gravoso?)[6]; pero si no está inspirado en un régimen de amplia libertad cristiana y española, de gran autonomía para la Universidad, me atrevo a sospechar que, a pesar de los buenísimos deseos de nuestros catedráticos católicos, el virus institucionista[7] y antiespañol seguirá corroyéndola, no de una manera descarada como antes, pero sí sutil y secretamente, con esa táctica anfibia de adaptación al medio tan característica de la Institución.

Y la causa de mi dolor es el confusionismo espantoso de ideas que veo en los que intervienen en el problema. Faltan ideas claras, falta conocimiento elemental de los derechos de la familia y de la Iglesia, falta conocimiento de lo que fue nuestra España imperial, hay ignorancia total de lo que se hace en los países más cultos, y, lo grave, es que todo ello se hace y se dice diciéndonos que volvemos a la España tradicional, que se respetan los documentos de la Iglesia. Y, más grave aún, que muchísimos católicos, incluso de los que ocupan altos cargos, se lo creen a pies juntillas; que los padres de familia no se dan cuenta que se están ventilando los intereses más sagrados para ellos; que creemos la inmensa mayoría de los españoles que la cuestión de la enseñanza es un problema de importancia análoga a una ley de ordenación ferroviaria o forestal y que no nos damos cuenta que su solución cristiana y española es cuestión de vida o muerte para el catolicismo y para nuestra Patria.

En fin, querido Alberto, no quiero hacerme interminable. Ya hablaremos despacio de esto y de otros problemas (entre ellos del económico-social, cuya solución cristiana es cada vez más necesaria. Aquí también, ¡qué falta de mentalidad cristiana! Es nuestro gran pecado: la carencia de mentalidad y conciencia cristiana en el 99 % de los españoles. Y carecemos, porque no se ha dado a la Iglesia plena libertad para formarla consagrando la libertad de enseñanza como principio básico de todo régimen docente. Por eso creo que el problema de la enseñanza es el primario y básico, el que transciende todos: social, político, económico…). Ahí te envío unas notas sobre el Bachillerato[8] que quizá, te puedan ayudar. Te invito a reflexionar sobre ellas ante el Señor. Por tus cualidades, por tu cargo gozas de gran influjo, y quizá, muy pronto se dilate mucho más, —con gran alegría de tus buenos amigos que tanto esperamos de ti para gloria de la Iglesia y de España—, el radio de tu influencia. Mide tu responsabilidad, y que Dios Nuestro Señor te comunique luz para penetrar la transcendencia de las cuestiones docentes y para excogitar los medios necesarios para comunicarla a los demás, iluminando las tenebrosidades que hay en tantas inteligencias: vos estis lux mundi[9].

Te envío también el Programa de un acto que han tenido los seminaristas de Granada. Son las tesis cristianas y españolas.

Un saludo para Javier[10]. Otro para Alfredo[11] y demás amigos confederales. En mi Misa de todos los días tenéis un recuerdo especialísimo y evocador de aquellos años… Pide por mí: que me una cada vez más al Señor, para poder unir a Él a todos los que ponga en mis manos.

Te quiere, Tomás Morales


Debajo de su firma y con otra letra, muy temblorosa, alguien escribió: «Tomás Morales ingresó en la Compañía de Jesús. Vive santamente».


[1] La carta original, escrita a mano en dos cuartillas apaisadas con membrete del Colegio de San José de Villafranca (Badajoz), se encuentra depositada en el Archivo General de la Universidad de Navarra con el nº 002/001/158.

[2] Tomás Morales se ordenó el 13 de mayo de 1942 en Granada.

[3] Confederación de Estudiantes Católicos, a la que ambos pertenecieron. Tomás fue presidente de la Federación de Derecho de Madrid de 1928 a 1930.

[4] ‘Anteriores’ respecto a la carta, pero en el contexto parece que debería haber escrito ‘posteriores’.

[5] El 20 de septiembre de 1938 se había puesto en marcha el nuevo plan de estudios, de Pedro Sainz Rodríguez, ministro de Educación en esos momentos, que pretendía depurar el plan de la II República. Pedro Sainz fue sustituido en agosto de 1939 por J. Ibáñez Martín, que se mantuvo hasta 1951. Era un plan que daba prevalencia a las Humanidades con «Latín en todos los cursos, griego obligatorio en cuatro cursos, religión dos horas los siete cursos, idioma tres horas los siete cursos». ¿Por qué se empieza por la segunda enseñanza? El propio legislador nos da la respuesta: «una modificación profunda de este grado de enseñanza es el instrumento más eficaz para, rápidamente, influir en la transformación de una sociedad y en la formación intelectual y moral de sus futuras clases directoras».

[6] Se trata de la ley de Ordenación de la Universidad Española, llamada oficialmente «ley de 29 de julio de 1943 sobre ordenación de la Universidad española» (BOE núm. 212, de 31 de julio de 1943, pp. 7406-7431). El proyecto de ley se había publicado en el Boletín Oficial de las Cortes el 29 de mayo de 1943.

[7] De la Institución Libre de Enseñanza. Tomás admiró y elogió algunos de sus métodos.

[8] Lástima que no haya ni rastro de esas notas, que sin duda serían muy clarificadoras sobre lo que pensaba y pretendía Tomás de la educación en España. Quizás fueron escritas al hilo de su nuevo puesto de misión dando clase en el bachillerato de Villafranca.

[9] «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14).

[10] Javier Martín Artajo (1906-1991), hermano de Alberto, fue diputado de la CEDA por Madrid en las elecciones de 1933, y Procurador de las Cortes Españolas en 1961 y 1964. Secretario del Instituto Nacional de la Vivienda desde 1939 hasta 1954, ayudó mucho al P. Tomás Morales en su plan de la Constructora de Viviendas. Tomás fue además compañero de otro hermano, José Ignacio Martín Artajo (1904-1984), ingeniero y jesuita, que estuvo como profesor de ICAI muchos años.

[11] Alfredo López, que fue secretario de Ángel Herrera Oria y buen amigo de T. Morales en sus años universitarios.

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