La comunicación hoy, a examen de conciencia

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El rey desnudo
El rey desnudo

La muerte de nuestro maestro y admirado, y entrañable amigo Abilio de Gregorio, me sirve de inicio o motor de arranque de este Saber mirar para aprender a vivir. Nadie como él ha sido dique contracorriente en el tiempo de su vida madura, que viene a coincidir con el triunfo de la democracia como sistema de gobierno para España, su consolidación con el bipartidismo y su disolución cuando el conjunto de fuerzas llamadas anticonstitucionalistas no sólo ponen en entredicho la Constitución del 78, sino la unidad de España, la configuración del Estado, el regreso a modelos totalitaristas fracasados como los regímenes comunistas, o el partidismo de la segunda república.

Abilio lo tenía muy claro. Propongo recuperar su pensamiento en forma de lemas del tipo: «La persona es una realidad sagrada». «No bienestar, sino bien ser». «No me contraponga Progreso, modernidad, estar al día para paralizar mi pensamiento». «¿Acaso no prefieres estar del lado de la verdad?» Abilio en trescientos sesenta y cinco lemas, uno para cada día. Y vuelta a empezar.

Examen de conciencia: ¿No seremos, sin darnos cuenta, miembros activos en la construcción de la torre de Babel? A Babel se pertenece cuando pronuncias una palabra y cada cual la entiende en consonancia con el significado que le ha asignado. Aunque todo en apariencia parece funcionar, el buen observador comprueba que en ella impera el caos. Si no estalla, es porque todo el mundo va a lo suyo. Por ejemplo, cuando el presidente asevera: «cuando digo sí, digo sí y cuando digo no, digo no». No miente, dice verdades de Perogrullo. Lo de las hemerotecas es cuestión de tiempo. Ya se sabe que lo de verdades socráticas es de tiempos anteriores a la modernidad. Verdad es utilidad y conveniencia, por eso él sí dice sí y él no dice no y todos tan contentos, que los manifestantes agreden a los policías, está claro. La culpa la tienen los que se asoman a los balcones. Calma, que aquí no pasa nada. Tú calla y a lo tuyo.

Pero ¿no deberíamos intentar salir de Babel? Pues se me ocurren dos opciones. La primera unirte a los fugitivos de la ciudad moderna y empadronarte en San Ireneo de Arnois, donde acaba de regresar con aires de conversa y enamorada la señorita Prim, como nos cuenta Natalia Sanmartín Fenollera en su novela El despertar de la señorita Prim.

El otro remedio es más arriesgado, pero de resultados más eficaces. Lee como el que se pone delante de un espejo El vestido del Emperador, el clásico de Andersen. Ya saben, el emperador tiene la peligrosa pasión de vestidos que asombren a vasallos y visitantes, aunque ello le aparte del cumplimiento de los deberes del cargo. De momento nadie le convence entre los que se han presentado al concurso. Al fin dos pícaros atraen la atención del emperador y consiguen que acepte el proyecto. Condiciones: la tela es invisible. Solo podrán verla quienes tengan cargos en el imperio indebidamente asignados o tengan muy limitado el coeficiente de inteligencia. Lógicamente nadie confiesa lo que ve, ni el emperador. Llega el comienzo de la ceremonia. Pero un niño grita sorprendido: «El emperador está desfilando en ropa interior». Quien quiera saber el final que lo lea. Y quien quiera aprender a mirar para aprender a vivir que se haga como un niño. Al buen entendedor…

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