La cultura de la alegría

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Visitación. Imagen: Fano
Visitación. Imagen: Fano

Contemplemos el camino de María en la Visitación, al encuentro de Isabel. Todo el relato vibra de alegría.

La Virgen va meditando en su interior las palabras recibidas del ángel en la Anunciación: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… Ante un mensaje tal, jamás escuchado en la tierra, Ella se turbó grandemente y se preguntaba qué saludo era aquel. María ahora, de camino, sigue preguntándose qué saludo era aquél. Sabe por la fe que el Niño que se entreteje en sus entrañas es el Señor: aunque no pueda moverse ni hablar, es Él quien impulsa los pies, el corazón y los labios de María. Ella es ahora el primer sagrario viviente, la nueva arca de la alianza y la primera procesión con el Santísimo. Se sabe llena de gracia, con el Señor en su seno, y desborda de gozo con el Señor.

La alegría colma su corazón, todo su interior. Así lo proclama en el Magníficat: se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Ese gozo se transmite del espíritu a los pies, y como consecuencia se puso en camino de prisa a la montaña. Y es que la alegría pone alas en los pies: cuando estamos alborozados caminamos ligeros; más aún, corremos, volamos…

La alegría del alma se comunica también a la boca. María en el Magníficat cantó de alegría la grandeza del Señor. Y es que cuando el gozo nos inunda gritamos, cantamos de alegría.

Pero la alegría no se queda en el interior: se comunica, se difunde a los demás, es contagiosa. Por ello, en cuanto María saludó a Isabel, Juan saltó de alegría en sus entrañas.

Cuando la alegría es plena nos lleva a donarnos, a hacer el bien. Es la alegría de las manos. Por eso María se quedó con Isabel unos tres meses, ayudando, materializando la alegría en obras.


Desde aquel momento, hace dos mil años, la alegría de la Virgen montañera se ha ido desbordando a través de la historia hasta inundarnos hoy. María nos impulsa a unirnos a Ella para propagar la cultura de la alegría, y lo hacemos asumiendo y promoviendo la Campaña de la Visitación: ¿Cómo?

Llenándonos de alegría en el corazón porque sabemos, como María, que el Señor está con nosotros. ¿Quién o qué nos podrá robar la alegría? ¡Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios!, nos dice san Pablo.

• Dejando que la alegría mueva nuestros pies. ¡Saltemos de alegría!, como Juan, por la presencia del Señor. Y pongámonos en camino, en salida como María, para llevarle a todos.

• Permitiendo que la alegría rebose por nuestros ojos y labios. Comuniquemos —como María— la alegría a este mundo que se muere de tristeza, atrapado en sucedáneos efímeros incapaces de colmar el corazón.

• Y dejando que la alegría mueva nuestras manos. Transmitamos el bien a los demás, y facilitemos que muchos se entreguen por sus prójimos, porque hacer el bien llena de alegría, y si es por Cristo, con Él y en Él, la alegría alcanza su plenitud.

Que Santa María de la Montaña acompase los latidos de nuestro corazón y los pasos de nuestro caminar con los suyos, de modo que nuestro espíritu —y también nuestros pies, manos y labios— queden transformados y transfiguren el mundo por la cultura de la alegría.