La mariposa no vuela

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La mariposa no vuela. Ilustración: José Miguel de la Peña.
La mariposa no vuela. Ilustración: José Miguel de la Peña.

La niña observaba cómo una mariposa, dentro del capullo, forzaba la salida intentado rasgarlo con sus patas. Impaciente y para ayudarle en ese trance vital, le facilitó la salida. La nueva mariposa con las alas plegadas andaba torpe sobre la mesa. Horas después, la niña decidió de nuevo ayudarla posándola sobre el alfeizar de la ventana desde donde la empujó a volar. Extrañamente fue incapaz de levantar el vuelo y cayó al suelo como cualquier objeto. La niña, llorosa, acudió a su abuelo, quejándose de que su mariposa estaba enferma. Tras escucharla, el anciano le explicó lo que había pasado: para salir del capullo, la mariposa debe frotar enérgicamente sus patas. Este esfuerzo bombea la sangre de su corazón y la presión de la misma alcanza hasta las alas que logran así desplegarse para realizar su misión natural, volar. Al no haber recibido esta presión sanguínea por la ausencia de esfuerzo, evitado con la mejor de las intenciones por la niña, a la mariposa se le habían atrofiado los instrumentos necesarios para poder volar.

Me da la impresión de que esta anécdota refleja en gran medida el drama de la educación actual. Los educadores, empezando por las familias —madres, padres, abuelos, etc.— y siguiendo por la escuela —profesores y administración— estamos, con la mejor de las intenciones, atrofiando a los niños y jóvenes de hoy; dando, así, pie a una generación blandita.

Apenas hace unas décadas, el éxito de la educación consistía en conseguir formar jóvenes con carácter. Hoy esta palabra, simplemente asusta. Tener carácter no significa, ni ahora ni entonces, ser terco y egoísta, sino tener principios e ideas claras, voluntad firme de alcanzar la metas propuestas, alegría contagiosa y capacidad de liderazgo siempre al servicio de los demás. En esta tarea se podía fracasar por distintas causas, pero en muchos casos ninguna de ellas frenaba una voluntad decidida para conseguir las metas propuestas. Muchísimos de los científicos, deportistas o líderes morales no serían tales sin ese esfuerzo superador.

Sirva como ejemplo el campeón mundial de tenis Rafa Nadal. Su tío y entrenador personal, Toni Nadal, ha escrito un libro muy recomendable: «Todo se puede entrenar». En él afirma sin complejo que, más allá de la preparación técnica, lo indispensable es la formación del carácter.

La vida no es más que una competición en la que los educadores debemos entrenar, pero competir solo puede hacerlo el alumno, contra las dificultades y limitaciones internas y externas. Para ello, más que los conocimientos y habilidades instrumentales, —nuevas tecnologías, idiomas, títulos, destrezas, etc.— lo que importa es tener los principios claros, la fortaleza emocional necesaria para superar las dificultades y ser capaz de revertir las derrotas.

Por contraste, me viene a la mente el diálogo oído en el patio de un colegio de primaria, en el que una madre cuenta cómo a su hija, de apenas ocho años, la profesora la ha castigado mandándole escribir veinte veces la frase «no hablaré en clase». La madre animaba a su hija —que se resistía al castigo— con la promesa de que ella le ayudaría escribiendo alternativamente —madre e hija— la susodicha frase. No es de extrañar que algunas madres se encarguen también de hacer los deberes de los hijos, y otros actos que suponen anular la capacidad de superación, aprendizaje y maduración de sus propios hijos. Si hasta la corteza del pan de molde es demasiado dura para los adolescentes, según descubrieron los americanos, a los cuales hemos imitado, ¿qué podrán hacer frente a las durezas inevitables de la vida?

El propio sistema educativo se encarga, de forma obsesiva, de suprimir la disciplina y de atraer la cada vez más escasa capacidad de atención de los jóvenes con metodologías lúdicas, divertidas. Cualquier fracaso es atribuido a agentes o factores externos: las condiciones sociales, la metodología, la exigencia de los deberes, etc., cuando no a algunas «modernas enfermedades», con carácter casi epidémico que no son más que problemas conductuales elevados a patológicos, tal como están denunciando las autoridades médicas. Jamás se plantea si la causa se debe a la falta de colaboración por parte del alumno, lo que toda la vida se ha llamado esfuerzo, trabajo, capacidad de sufrir clavando los codos, etc. No busquen estas palabras en los programas de los partidos políticos ni en la programación de la enseñanza actual. La culpa es siempre externa, la responsabilidad personal no existe de acuerdo con estos parámetros. No es de extrañar que, en la sociedad actual, con los adultos cada vez más infantilizados, ocurra lo mismo.

La consecuencia es que estamos criando una generación blandita que no tiene tolerancia a la frustración y, por lo tanto, propensos a una patología generacional por no haber aprendido a sufrir, asignatura pendiente —prohibida diría—. Pero la ausencia de esa asignatura no evita el sufrimiento sino que lo incrementa de modo alarmante como lo demuestran los siguientes datos: las consultas psiquiátricas están llenas de adolescentes por problemas neuróticos, en buena medida de origen conductual; aumenta el número de suicidios entre los jóvenes, así como el consumo de ansiolíticos para paliar las consecuencias —no las causas— de una ansiedad generacional, y un largo etcétera. Aunque, siendo prudentes, no podemos achacar todo a una falta de tolerancia a la frustración, pero sin duda tiene mucho que ver.

Educar en la vida es decir muchas veces no a los deseos incesantes del niño o joven. Es mostrarle que no es el mejor ni tiene derecho a todo. Pero también es enseñarle que hay muchos aspectos en que él es único y que puede ser mejor, si logra superarse renunciando a placeres inmediatos para conseguir logros duraderos.

Los beneficios de saber decir no y de saber superarse son muchos: aprender a valorar lo que se tiene, ser agradecido con lo que se recibe, saber esperar el momento oportuno, no temer al fracaso, ser más tolerante con los demás, superar las dificultades y sobre todo, la felicidad que ello conlleva.

Me lo explicó de forma sintética un maestro y amigo al comienzo de mi carreta profesional: «Hay dos tipos de maestros: los que suspenden a sus alumnos, si es necesario, para que aprueben la vida, y los que los aprueban para no tener problemas y que sea la vida quien los suspenda. El maestro que ama a los alumnos es el primero que sabe dar disgustos y llevárselos».

Dejemos volar a los jóvenes, no se lo impidamos quitándoles la oportunidad de superarse.