Servir es algo noble, dignifica a quien sirve y a quien es servido.
Por Jesús Jaraíz Maldonado
España, 2023
112 minutos
Director: Pablo Moreno
Afirmaba Ramiro de Maeztu que «un pueblo no puede vivir con sus glorias desconocidas y sus vergüenzas al desnudo». Por eso, en la defensa de los derechos y la dignidad de la mujer, hay dos que deben brillar con luz propia. Ya conocimos a Francisca Javiera Cabrini en Una mujer italiana (Estar 351). Es de justicia conocer y reconocer ahora a Vicenta María López de Vicuña en La sirvienta.
Los tiempos en los que vivió Vicenta (1847-1890) no fueron mejores que los nuestros: inestabilidad política, pronunciamientos militares y guerra civil marcaron su época. Dos leyes «progresistas» despojaron de sus propiedades a las congregaciones religiosas y pusieron a la venta bienes comunales de los municipios. Las clases pudientes aprobaron leyes a medida (la suya) para apropiarse de dichos bienes. En cambio, los habitantes más humildes de campos y pueblos perdieron sus medios de subsistencia, así como la atención benéfica, educativa y espiritual que prestaban las órdenes religiosas. Para sobrevivir, debieron emigrar a Madrid y a otras ciudades, donde servirían como mano de obra barata en la naciente industria o en el servicio doméstico.
Perteneciente a una familia de Cascante (Navarra), Vicenta María fue enviada por sus padres a Madrid para recibir la más completa educación en el domicilio de sus tíos. La joven se sorprendería al ver a pueblerinas jóvenes, pobres y analfabetas caminando hacia la capital. Allí serían presa fácil del abuso y la explotación.
La influencia de sus tíos fue determinante en Vicentita. Acompañaba al tío Manuel en sus visitas a los pobres y se implicaba en la labor de la tía Eulalia, quien, con una Junta de mujeres, acogía y educaba a esas jóvenes venidas a Madrid, unas engañadas y otras que habían seguido el camino equivocado, pero que «no son malas, son víctimas de una sociedad malpensada». Para la tía Eulalia, «servir es algo noble: dignifica a quien sirve y a quien es servido». La intensa formación recibida por las jóvenes (lectura, escritura, plancha, cocina…) les permitiría trabajar con eficiencia en el servicio doméstico.
Vicenta María descubre que tiene vocación religiosa, pero ¿contemplativa o activa? Conociendo el drama de esas chicas, ve claro su camino: «Si no salimos a la calle, ¿cómo pretende que las podamos encontrar y ayudar?». En La sirvienta, una joven inmigrante ucraniana, Lera, nos confirma la actualidad de la misión de santa Vicenta María, fundadora de las Religiosas de María Inmaculada.
Nuevos tiempos, viejos problemas. Un siglo después, tras la guerra civil, una nueva oleada migratoria lleva a Madrid y a otras ciudades a multitud de jóvenes en busca de trabajo o de formación como estudiantes. Un jesuita, el padre Morales, entiende que en esos difíciles momentos es preciso cristianizar ese ambiente, proporcionando una exigente preparación humana y espiritual a trabajadores y estudiantes. Y así nació El Hogar del Empleado… y residencias de estudiantes que se fueron abriendo en diversas ciudades… y un nuevo instituto secular.
¿Habrá llegado el momento de mostrar, a través del cine, la obra del padre Morales y de Abelardo? Muchos de quienes los conocieron de cerca aún viven y pueden aportar su testimonio para que se conozca a estas dos glorias desconocidas para tantos.







