Las ideologías en el escenario cultural de hoy

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Foto: Vlad Tchompalov
Foto: Vlad Tchompalov

Se cuenta que, hallándose a punto de entrar en agonía el filósofo alemán G. W. F. Hegel (1770-1831), acudió junto a su lecho uno de sus jóvenes discípulos quien, tras pensarlo un poco, le confió: «Maestro, he estado reflexionando mucho sobre nuestra doctrina y encuentro que hay hechos que no terminan de encajar en ella». Y Hegel, clavando su penetrante mirada en el muchacho, contestó con energía: «¡Pues peor para los hechos!».

Es bueno acudir a esta anécdota para situarse ante un fenómeno actual de extraordinaria magnitud: la generalizada persistencia de las ideologías, interpretaciones del mundo y de la vida que sirven a una voluntad de poder que busca su instauración efectiva en la práctica y en la vida social.

Hablamos de una voluntad de poder y no de una pretensión de comprender la realidad, por lo cual el diálogo no es la forma más adecuada de confrontación con las ideologías, ya que «juegan a otra cosa», no pretenden una búsqueda compartida de la verdad, sino imponer la suya. La alternativa habrá de venir de propuestas vitales que sean más atractivas y convincentes.

Es importante no pasar esto por alto. Las ideologías no buscan la verdad: la hacen. Como en su día ya dijo Karl Marx, el más importante de todos los ideólogos: «Es en la praxis donde tiene que demostrar el hombre la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la validez terrena de su pensamiento… Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo». La eficacia es más importante que la verdad porque «hace» la verdad: ¿qué importa que una afirmación sea falsa o aberrante, si ha conseguido imponerse?

Las ideologías han venido a configurar la mentalidad dominante e inspiran modos de pensar, de sentir y de vivir al uso. Si queremos comprender el mundo en que vivimos, es de la mayor importancia pararse a considerar lo que son y lo que pretenden.

Visión panorámica

El origen histórico y cultural de las ideologías se halla en la Ilustración (siglo XVIII) y en su hija primogénita, la Revolución francesa, que para bien y para mal cambió el curso de la historia. Triunfó con ellas la idea de que «el saber es poder». En consonancia, la preeminencia del «ser» fue sustituida por la del «hacer», tanto el «hacer» individual (liberalismo, individualismo), como el colectivo (socialismo, colectivismo).

De autores como Voltaire, Rousseau y los enciclopedistas en general, surgió la convicción de que el hombre, gracias a una razón libre de autoridades y llamada a dominar y controlar la naturaleza y la vida humana, es un ser autosuficiente, que se hace a sí mismo y no depende de nadie —de autoridades humanas o de un orden moral superior, singularmente de Dios—, que no es de nadie ni es para nadie más que para sí mismo.

Se quería acabar con el absolutismo —con «la alianza del trono y el altar», se decía—, pero sorprendentemente se inventó la guillotina, se provocó la guerra civil y la persecución religiosa, el primer genocidio (en la región de la Vendée); se desataron las guerras napoleónicas a las que siguieron las contiendas nacionalistas de unificación, el imperialismo de las grandes potencias y el sometimiento colonialista, dos guerras mundiales, los totalitarismos, los campos de exterminio…

El surgimiento y expansión de las ideologías es fruto de un proceso de secularización radical —el «humanismo ateo»— que afirma la autonomía absoluta de lo humano, proceso que, a su vez, aquellas han contribuido a desarrollar, incluyendo sus excesos; todos sus excesos.

¿Cuáles son las ideologías más influyentes? En el siglo XIX hicieron eclosión el liberalismo, los socialismos, los nacionalismos, el cientificismo, el evolucionismo radical y el maltusianismo —doctrina antinatalista que bebe en parte del liberalismo y del cientificismo—.

En el siglo XX, a la vez que avanzaban las anteriores, aparecerían también «nuevas ideologías»: psicoanálisis, feminismo radical e ideología de género, ambientalismo y ecologismo radical (Deep ecology), animalismo, globalismo, queer-transhumanismo…, que se difunden de manera exponencial a partir de los años sesenta.

Todas plantean un cambio social y cultural radical y drástico, por lo cual aspiran a conquistar el poder político, cultural o económico, y configurar la realidad según sus esquemas preconcebidos. Lo que las mueve es, lisa y llanamente, la eficacia, el poder que da y quita valor a las cosas, a los acontecimientos y a las personas. Para ellas el fin siempre justifica los medios.

A pesar de su diversidad, son reconocibles en ellas, con más o menos matices, varios rasgos comunes:

  • La promesa de un mundo feliz (utopía).
  • La revolución social y política, desde una concepción conflictiva de la sociedad, que incluye también lo cultural.
  • Una cosmovisión materialista e inmanentista, reduccionista siempre. La esperanza, antaño religiosa, se pone ahora en el progreso y en el bienestar material.
  • Sustitución de la realidad por «las ideas», por esquemas previos, más decisivos que «los hechos».
  • Relativismo: no hay una verdad objetiva. Lo que configura el mundo son las estructuras de poder en beligerancia.

Las ideologías se presentan como movimientos liberadores surgidos contra un adversario que se intenta abatir (revolucionariamente): una clase social, una institución, una concepción moral, un modelo cultural, etc. Consideran que los demás planteamientos son también estructuras de poder contra las que es precisa la lucha y aniquilación, por ello incorporan un vigoroso componente emocional que justifica su beligerancia, la agitación social y cultural, la propaganda masiva y la manipulación del lenguaje, el control de la opinión pública y de la educación. En el caso de ideologías de carácter totalitario es esencial el recurso a la violencia.

De las «viejas» a las «nuevas» ideologías

Empecemos señalando las ideologías surgidas de la Ilustración y de la Revolución francesa.

El liberalismo reivindicaba la libertad individual frente al control del Estado —la Corona— y los privilegios de la nobleza. Afirma que todo individuo busca de manera egoísta su provecho, sobre todo el económico; egoísmo que es el motor de la libre iniciativa y de la promoción de la riqueza. Por ello, privilegia la competencia sobre la solidaridad y convierte en absolutos el libre albedrío y la riqueza. De ello se ha seguido la paulatina conversión de los deseos en derechos subjetivos y el rechazo del orden moral objetivo y de la intervención del Estado en lo económico. Ha sufrido diferentes modificaciones, pero sigue impregnando la ética, la política y el derecho.

El cientificismo o positivismo es hijo también de la Ilustración y está muy presente en la mentalidad contemporánea. Propugna el poder de la razón y del método científico experimental como única verdad. De manera explícita se niega valor a la fe religiosa, la metafísica y la moral como ámbitos susceptibles de verdad. Sostiene que lo que no se pueda demostrar con el método científico experimental es ficción, superstición —se oculta que, a su vez, esta afirmación no cumple tal requisito—. La ciencia aparece como la llave del progreso, del poder y la felicidad futura. Ya no se necesita a Dios. El verdadero cielo y la felicidad son resultado de la ciencia, de la capacidad humana de forjar el futuro con sus propias fuerzas.

A este planteamiento se suma el evolucionismo radical —no la teoría de la evolución, sino su versión materialista, que excede el ámbito científico—. Esta visión impregna el materialismo que subyace a todas las ideologías.

Otra temprana modalidad de la autosuficiencia humana es el nacionalismo, radicalización del orgullo nacional, vinculada a la superioridad de la raza (blanca) que llevará al fortalecimiento de identidades raciales y culturales y a una carrera hacia la hegemonía mundial a finales del siglo XIX. La convicción de que las «naciones y razas superiores» están destinadas a guiar a toda la humanidad desencadenará los imperialismos, el colonialismo y las dos guerras mundiales.

El maltusianismo es una propuesta antinatalista creada por el economista liberal Thomas Malthus (1766-1834), basándose en principios supuestamente científicos —la población crece geométricamente mientras que la riqueza del planeta solo lo hace aritméticamente—, legitima la eugenesia y el «control» demográfico de los pobres y de las razas inferiores porque consumen y no producen. Sus planteamientos influyen en el evolucionismo, los nacionalismos (racismo), el ecologismo y el globalismo posteriores. Avanzado el siglo XX, el antinatalismo, la anticoncepción y la legalización del aborto y la eutanasia serán impulsados por ideólogos liberales y socialistas de países desarrollados a través de organizaciones políticas y económicas internacionales.

Aunque tras la I Guerra Mundial comienza a derrumbarse la idea de una «razón autónoma» como medida de todas las cosas, paradójicamente se invocan nuevos «absolutos». De Nietzsche se toma la «voluntad de poder», unida al racismo y el nacionalismo; de Marx la lucha de clases, en la que la «praxis» se vincula al colectivo humano, y la clase trabajadora (más bien quienes la instrumentalizan, las élites comunistas erigidas en clase dirigente del Estado) se convierte tras la revolución final en la llave de la futura sociedad.

Asistimos así al nacimiento de las ideologías totalitarias. Con su advenimiento, la futura «sociedad perfecta» será el nuevo absoluto. Tanto Lenin, Stalin o Mao, como Hitler o Mussolini, son los líderes de la nueva humanidad («somos constructores de almas» decía Stalin), llámese sociedad comunista, fascista o el Reich, y no importa cómo se llegue a ella —la democracia es solo una herramienta circunstancialmente útil—. Las personas de carne y hueso son consideradas solo un «medio» al servicio de la nueva humanidad.

Tras la II Guerra Mundial…

El marxismo, sobre todo en Europa y EE. UU. fue derivando hacia versiones más estratégicas: en lugar de esperar al cumplimiento del determinismo económico, había que «hacer» la revolución; y el frente de batalla más adecuado era la cultura: Gramsci, la Escuela de Frankfurt y los neomarxistas de los años 60, optan por «colonizar» movimientos sociales emergentes en los que se podía agudizar el aspecto conflictivo: feminismo, ecologismo, indigenismo, anticolonialismo, homosexualismo… Para ello se va produciendo una ofensiva a través de centros universitarios, la educación, el arte, la literatura y los medios de comunicación, que apuesta por el utilitarismo, el hedonismo, el relativismo cultural y el rechazo de la religión cristiana —en especial de la jerarquía y la moral católicas—.

La ONU, fundada en 1945, buscaba en su origen el entendimiento pacífico entre los países y la defensa de los derechos inalienables basados en la común dignidad de las personas. A partir de los años 60 se produce un giro a favor de otra concepción del derecho y del orden internacional, basada en el positivismo jurídico: las leyes no responden al reconocimiento de la dignidad personal, sino que son consensuadas por los Estados más influyentes, con la ayuda y supervisión de entidades internacionales colaboradoras. La ideología dominante desde entonces en la ONU y en sus agencias internacionales (Fondo Mundial para la Población, OMS, UNESCO, ONU-Mujeres, etc.), dinamizadas por las «redes y grupos de influencia», marca como línea directriz la globalización y el nuevo orden ético mundial.

Así, a partir de los años 80, en las reuniones de la ONU referentes a temas como salud, población, medio ambiente, economía mundial, información o educación, entre otros, aparece una clara comunidad de inspiración —una poderosa ofensiva ideológica— y una reconocible convergencia de objetivos: control de los mercados, control de la natalidad, control de la información, ideología de género, homologación de los sistemas educativos, ambientalismo…

La herramienta es la instauración de «nuevos derechos humanos» (entre ellos los «derechos sociales y reproductivos», pero se plantean también los «derechos humanos de los animales», los derechos del planeta…) que pretenden dejar sin contenido la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). La dignidad de la persona y el valor normativo de la naturaleza humana se niegan en favor del progreso científico, del planeta como sujeto moral, de la dignidad de los animales, del mero deseo individual, de la planificación de las élites…

Cuando se habla de globalización o globalismo, se concitan los dos grandes modelos, el liberal y el socialista, en términos de hegemonía mundial de un grupo de países poderosos, o incluso de una élite de expertos agrupados en torno a la ONU y a otras instancias como la UE o el FMI, repartiéndose los ámbitos de influencia entre la Internacional Socialista y determinadas entidades (masonería, Foro de Davos, Club Bilderberg, Fundación Gates, IPPF, etc.).

Es muy claro que, a pesar de las diferencias y hostilidad entre algunas de estas ideologías, todas se alinean en un mismo frente —el «humanismo ateo»— ante el enemigo común: la ley moral natural, el realismo filosófico, la política del bien común, la familia y la Iglesia Católica.

¿Qué podemos hacer?

Puede dar la impresión de que no se puede hacer nada ante el enorme influjo de las ideologías. Ciertamente, no podemos hacerlo todo, pero eso no significa que no se pueda hacer nada. Algo se puede hacer, contando además con la ayuda de Dios:

1º.- Parece elemental, pero lo primero es… «hacer algo». No es tiempo de lamentaciones sino de actuar. Escribió Burke que «el mal avanza porque los buenos no hacen nada».

2º.- Clarificar las ideas y formarse. Es necesario para juzgar con principios y criterios sólidos en función de la verdad y el bien. Por ejemplo, conocer y ahondar en la doctrina social de la Iglesia.

3º.- Ahondar en la vida de fe, lo cual nos dará estabilidad, consistencia, esperanza. Las ideologías han surgido en el seno de una corriente de secularización radical donde la fe, la esperanza y la caridad han sido sustituidas por la ciencia, el progreso técnico, el bienestar económico y la acción política. Sabemos de quién viene la verdadera salvación y la esperanza y que hemos nacido para vivir y difundir el amor de Dios, pero «quien no vive como piensa, acaba pensando como vive».

Dicho sea de paso, el cristianismo no es una ideología, ni en el sentido de un sistema de ideas —es una relación de encuentro personal con la persona de Cristo—, ni en el de una estrategia para transformar el mundo mediante el poder. Es una religión y una doctrina que busca conocer a Dios y desde Dios al ser humano, insiste en la libertad radical de las personas y en el reconocimiento de lo real como criterio de verdad.

4º.- Apoyar iniciativas sanas a favor del orden moral natural y la dignidad de la persona humana: culturales, educativas, políticas, religiosas, medios de información… No todos valemos para todo, pero entre todos sí podemos ayudar a que se difundan la verdad, el bien, la belleza y la justicia.

5º.- No quedarse solo. Asociarse, unirse a personas, grupos o instituciones que defienden los mismos valores: la búsqueda de la verdad y el bien, la defensa de la vida y la dignidad de la persona, el orden moral establecido por el Creador.

Los católicos, presentes en el mundo, tenemos que ser creativos y no solo limitarnos a defendernos; debemos alumbrar modelos tangibles de vida y propuestas atrayentes que aporten sentido a las personas concretas hastiadas por el nihilismo que extienden las ideologías.

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