Medio y mensaje

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Medio y mensaje
Medio y mensaje

Seguramente la historia del cristianismo en nuestra cultura occidental, no pueda comprenderse sin el hábil encuentro que, en sus primeros tiempos, hace con el pensamiento vigente del helenismo. Los primeros cristianos, con san Pablo a la cabeza, no confrontan con los mitos religiosos imperantes en su momento, sino que dialogan con la filosofía que está en circulación, asumiendo su lenguaje y categorías de pensamiento.

Ello explica su sólido enraizamiento y su rápida implantación, hasta convertirse en hecho cultural predominante durante largo tiempo en el área occidental. Es más: podemos pensar que, en la medida en que ha descarrilado ese diálogo en la historia de la Iglesia, el cristianismo ha ido perdiendo presencia cultural y sufriendo defecciones.

Hoy, creo que vamos siendo conscientes de que estamos instalados ya en un cambio cultural provocado, en gran medida, por los nuevos medios de comunicación. Estos medios no sólo están produciendo nuevos vínculos interpersonales, sino que están creando nuevas rutas de pensamiento, quizás nuevas estructuras mentales, así como nuevas formas de aprendizaje. No es, pues, de extrañar que la Iglesia inste a poner la nueva cultura de los medios en diálogo con la fe: La fe es el encuentro entre Dios y el hombre […] No se deben excluir los medios. Pueden convertirse en maravillosos para la difusión del Evangelio […] Los que trabajan en los medios contribuyen a crear —con espíritu cristiano, claro está— un tejido cultural en el que el hombre, consciente de su relación con Dios, llega a ser más hombre (Juan Pablo II, 1984).

Es oportuno recordar: aquellos evangelizadores medievales hacían uso de la palabra oral rimada, y de la imaginería de los templos para facilitar la transmisión de su fe. Supieron hacer un uso óptimo de los medios a su alcance, y aún nos quedan hoy abundancia de testimonios de su acierto y eficacia.

La aparición de la imprenta en el siglo XV desestabilizó su didáctica y paulatinamente fueron dando paso —y protagonismo— a la letra impresa como nuevo vehículo de los saberes, y de los mensajes de su fe. Por ello empiezan a entender que, enseñar a leer forma parte también de la evangelización. Hoy, la mayor parte de nuestras informaciones y de nuestros saberes nos llegan con los nuevos soportes tecnológicos, y con nuevos códigos que el evangelizador comprometido debiera saber usar, y debiera enseñar a «leer» a aquéllos a quienes destina su mensaje.

No, no es cuestión de practicar la modernidad y convertirse en consumidores de novedades. Es, más bien, exigencia de ese compromiso con el mundo y con la creación que se nos entregó a los hombres, para completarla y para situarla en la ruta de la redención.

Conviene, sin embargo, tener muy en cuenta aquella advertencia capital de M. McLuhan, al analizar el sistema ecológico de los medios, de que «el medio es el mensaje». Ciertamente, hay medios tecnológicos de comunicación que, por su propia naturaleza, tienden a centrifugar la interioridad, potencian la superficialidad de las relaciones, priman la emotividad sobre la reflexión, cultivan la fascinación y el encantamiento de las imágenes y las palabras, haciendo prevalecer el fuego artificial del eslogan sobre la luz de la verdad. Se convierte así, con frecuencia, el medio en el mensaje subyacente y se diluye en él el mensaje objeto primario de la comunicación. Podría así convertirse la transmisión del mensaje evangélico en un proceso de fascinación por encima de la llamada a la conversión.

Por eso, creo que la primera condición para el uso de los medios tecnológicos de comunicación en la propuesta pública de la fe que se profesa, es una sólida formación en los contenidos del mensaje que se pretende proponer. Es la calidad que se pide al buen traductor: no sólo dominar las lenguas correspondientes, sino la materia puesta a comunicación y traducción. El propositor de la fe no es dueño arbitrario de su depósito, y, conociendo los riesgos del medio, ha de asegurar la integridad y la autenticidad del mismo. Para ello precisa una sólida formación y una ascética renuncia a convertir su oficio en espectáculo.

Además, el propositor de la fe debiera ser consciente de que la visión del mundo que tiene desde su creencia, ya no es visión predominante en su sociedad. Es una más en competencia en el «mercado» de ideologías y cosmovisiones. Si quiere entrar en ese «mercado» a través de los medios, precisa de un buen conocimiento de las mismas, y fortaleza para vencer el miedo a las molestias por su disposición profética.

Por otra parte, el cambio cultural supone básicamente un cambio de lenguajes. Los medios de comunicación se caracterizan por su accesibilidad indiscriminada. Ello exige lenguajes apropiados (aunque sin concesiones a la frivolidad o la chabacanería) a la hora de expresar la fe. Más que a las verdades teológicas y a los significados rituales, por ejemplo, prestan hoy más atención a los testigos personales o colectivos. El dominio de estos lenguajes específicos y coyunturales es producto de un aprendizaje técnico para el que, sin lugar a dudas, están muy predispuestas las nuevas generaciones, pero que no debieran obviar quienes, a cualquier edad, se sienten comprometidos con la proclamación de su fe.

Una última reflexión. Es ésta una cuestión que enlaza esas dos realidades frecuentemente mal maridadas en la vida eclesial: secularidad y fe. Sería, por lo tanto, un espacio de atención estimulante para quienes han hecho profesión de una secularidad trascendida. De ellos, especialmente, podríamos esperar una contribución creativa en este campo.