
Así me gustaba llamarte en esta última etapa de tu vida.
Me piden que escriba algo sobre ti, y son tan poderosos los recuerdos como el desgaste que el tiempo va haciendo en mi memoria.
La primera vez que te vi, allá por los años 1967 o 1968, acompañabas a Abelardo en una de las tandas de ejercicios espirituales que daba a los jóvenes cacereños. Residías ya en Madrid donde realizabas estudios de catequética.
Años después, en 1971, comenzamos los cruzados más jóvenes las convivencias de verano en el seminario de Carrión de los Condes (Palencia) donde eras director espiritual y profesor. Allí fuimos ahondando en nuestra amistad.
Recuerdos simpáticos de los campamentos en Gredos: nunca olvidaré en nuestro campamento de Navarredonda cuando te morías de risa ante mis comentarios entre irónicos y divertidos al intentar arrastrar, sin éxito, hacia la tienda de campaña que compartíamos aquellas horribles colchonetas, rellenas de paja, pesadísimas, con las que apenas podíamos. O la imitación que te hacía —echándole teatro a la cosa— de la aventura trágica con los mosquitos que me acribillaban a picotazos, y los puntos negativos que ponía el subjefe de campamento por «falta de virilidad» al no resistir estoicamente las picaduras de esas bestezuelas.
Conservo las respuestas a las cartas que nos cruzamos en mis años de formación: los ánimos que me dabas en los días previos a mis oposiciones de cátedra de Instituto, allá por junio de 1977. O los consejos que me dabas en mis dificultades como profesor novato por el País Vasco, donde algunas mamás de mis alumnas de Preu, deseaban ser mis suegras y así me lo manifestaban. O en el interminable año del servicio militar. Todas tus cartas rezuman afecto por mi persona, junto a la invitación permanente a la confianza en Cristo, siguiéndole por el camino pedregoso a veces de nuestra vocación de laicos consagrados a Dios en el mundo.
Me impresionó mucho el tándem que establecisteis Abelardo y tú en el acompañamiento de los jóvenes desde que te instalaste en Madrid. Me parecía ejemplar. Dedicasteis cada uno cientos de horas a la atención personalizada de los chicos. Fruto de ello fue el plantel de vocaciones que surgieron al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio. Dan fe de ello los testimonios recibidos y la despedida que te dimos en la eucaristía que celebramos en el tanatorio los más de veinte sacerdotes celebrantes y el resto de amigos que abarrotamos la capilla.
En los últimos cuatro años de tu vida Dios te fue preparando para el encuentro desde la enfermedad que has aceptado con paz y conformidad. Para mí han sido muchos momentos de acompañarte a los médicos en tu peregrinación, dando gracias a Dios por tu vida. No sé si he estado a la altura de lo que te merecías.
Querido pater: Como nos decía el P. Llorente SJ a los cruzados, «un día de estos» nos encontraremos, sin noches de insomnio ni mosquitos impertinentes, en la casa del Padre con Jesús, la Virgen María y san José.






