Un mundo descreído. Religiosidad popular

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Religiosidad popular. Foto: Luisfpizarro
Religiosidad popular. Foto: Luisfpizarro

Por Francisco Javier Leoz Ventura
Delegado para la Religiosidad Popular del Arzobispado de Navarra

En noviembre de 2013, el papa Francisco a través de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, afirmaba: Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo. No podemos, sin embargo, desconocer que siempre hay un llamado al crecimiento. Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración (69).

No cabe duda de que cuando el papa habla de «inculturar el evangelio» —como más adelante él mismo señala— la religiosidad popular tiene mucho que decir y, por qué no, también mucho en lo que purificarse y madurar. Y cuando afirma que se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura es porque, el papa, es consciente, y así lo ha vivido él mismo en América del Sur, de que ciertas manifestaciones de la fe pueden responder a tiempos pasados, pero ya no sirven, o no responden en sensibilidad, a las coordenadas pastorales de un futuro.

1. ¿Podemos evangelizar con la religiosidad popular (RP)?

Sinceramente: sí y no. Tuve la oportunidad de participar no hace mucho tiempo en un congreso sobre RP en Lucena (Córdoba). Y entre las conclusiones a las que llegamos, al finalizar dicha convención, salió una muy llamativa: el sincretismo religioso es uno de los peores enemigos de la RP.

  • Sincretismo litúrgico: Cuando el aspecto devocional se impone sobre lo litúrgico y se da un divorcio efectivo y afectivo entre devoción expresada y fe celebrada. Se llega puntualmente, por ejemplo, a lo folclórico, penitencial en sus múltiples expresividades o exhibición piadosa, pero no interesa descender a lo medular: la fe vivida en la belleza litúrgica.
  • Sincretismo moral: Cuando las líneas magistrales de la Iglesia Católica (en cuanto a comportamientos personales o colectivos) son separadas del ámbito religioso y presentadas como algo carente de sentido —o amenazante— para la supervivencia de cierta RP acomodada. Entonces, la RP, deja de ser tutelada por un afán de perfección (que diría Santa Teresa de Jesús) o por una falta de reflexión del humus evangélico.
  • Sincretismo cristiano: Cuando aspectos como la conversión personal no son puntos que preocupen en la expresión de la piedad popular y de sus dirigentes o responsables. Entonces, por ejemplo, desaparecen términos como caridad (se sustituye por solidaridad), fraternidad (toma el nombre de civismo), perdón (suena mejor respeto), etc.
  • Sincretismo sacramental: Cuando en la práctica, como en el primer punto señalado, se establece un paralelismo (cuando no indiferencia) entre la RP y la vivencia expresa del culmen de la Iglesia en sus sacramentos. Es ahí donde la RP se ve debilitada y despojada de su formación, espiritualidad, fundamento, eclesialidad, orientación, exigencia y hasta profecía. Las alarmas se disparan cuando la RP no lleva a un gusto por las cosas de Dios presentadas en la mesa de los sacramentos por la Iglesia.

No cabe duda de que solo la comunión con la Iglesia y el compromiso de esta con todos los entes que abanderan la RP, podrán servir para ser sal y luz de estas realidades populares y, sobre todo, para que sean transmisoras de valores cristianos y no solo de identidad coyuntural o de plástico. No olvidemos que la Iglesia no está para mantener o potenciar la RP como un mero patrimonio material, inmaterial o cultural. O sirve para la causa de la nueva evangelización o, en muchos casos, se puede convertir en un elemento extraño —cuando no contrario— al deseo de descubrir y celebrar la presencia de Cristo muerto y resucitado. Celebramos por fuera lo que, en tiempos pretéritos, significó un mucho por dentro.

2. ¿Religiosidad o piedad popular?

En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Pablo VI recomendaba: Hay que reorientar la religiosidad popular mediante una pedagogía de evangelización (48).

No toda RP tiene que ver con el catolicismo y, desgraciadamente, con un compromiso serio con el cristianismo y el seguimiento a Jesús. En algunos casos, incluso, puede ser un velo que oculte o distraiga la verdad del Evangelio.

Ya Pablo VI, a la RP, la llamaba gustosamente piedad popular. Distinguiéndolas en el sentido de que, la segunda, viene tamizada por las diversas manifestaciones culturales, de carácter privado o comunitario, que en el ámbito de la fe cristiana se expresan, principalmente, no con los modos de la sagrada liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo, o de una etnia y de su cultura. Y, por el contrario, la RP no tiene relación necesariamente con la revelación cristiana. Por ello mismo, una RP de altura vendrá definida por la vida espiritual y el encuentro personal con Cristo, y el afán de conversión que se da en aquellos que dicen practicarla.

Vuelvo a repetir que, el sincretismo, es la vena sin sangre de ciertas manifestaciones que tuvieron origen en una vivencia cristiana, pero que se han quedado con el vestido, pero sin el cuerpo. Es el auténtico drama de muchas de ellas. Solo un seguimiento, acompañamiento y corrección delicada de ciertas desviaciones, nos pueden ayudar a recuperar el brillo pastoral y el alma de muchas de ellas. No olvidemos que los medios de comunicación cuando informan sobre estos eventos nunca lo hacen desde un vértice eclesial o como una expresión de la fe del pueblo. Procuran, en todo caso, que sea acogido como un elemento cultural. Lo venden como si, esa riqueza cultural y de gran belleza, hubiera surgido espontáneamente, pero sin referencia a un sustrato o vivencia espiritual o cristiana.

La distinción entre piedad popular y RP es clara en el orden conceptual, pero el discernimiento de la vivencia de ambas realidades no carece de dificultades y, sin embargo, resulta fundamental para poder ofrecer criterios y orientaciones pastorales útiles para la evangelización.

Hay diversas opiniones al respecto:

  • Aquellos que quieren conceptuar todo en el término RP.
  • Otros que la sueñan delimitando y ciñéndola a aspectos más folclóricos, culturales o sociales.

No cabe duda de que el existente movimiento «light» (cerrado a la revelación o intervención de la Iglesia) lucha por una RP, pero sin alma (aunque con pueblo y sin memoria histórica de su ser Iglesia). Por el contrario, otra corriente «ortodoxa», trabaja por una recuperación, purificación y clarificación que dé paso a una piedad en el amplio sentido de la palabra: interés por Dios, compromiso con los pobres y con identidad cristiana. O somos o no somos. Así nos alerta el papa Francisco: Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe (70).

3. Una piedad popular al servicio de la fe

La nueva evangelización nos exige diferenciar los dos aspectos. Es más; una piedad popular (privada o pública) puede llevar a una RP. Históricamente así ha sido. La vivencia interna de los sacramentos, de Cristo, de María, de los santos, etc., ha dado lugar luego a multitud de expresiones frutos de la experiencia divina. ¿Pero puede potenciar la Iglesia una RP sin referencia a la liturgia o, incluso, en paralelo a ella? Creo que no. O por lo menos no a cualquier precio.

Por otro lado, la cultura laicista o secularista empuja a tejer una vida social, familiar, educativa o política exenta de Dios. Es entonces cuando, la RP, sí que puede servir como cauce y camino para impregnar y no olvidar ciertos valores constitutivos de nuestra tierra o de nuestro continente.

  • Ante la nueva evangelización, habrá que reconocer —como condición— la revitalización o formulación de la fe, el ejercicio de la caridad cristiana como algo innegable, y la santidad de la vida por la acción litúrgica y sacramental.
  • Es necesario valorar la práctica de tantos fieles que asisten a las grandes fiestas y peregrinaciones, y procurar que la misa ocupe en ellas un lugar central, así como aprovechar dichas ocasiones para fomentar una mayor y más viva participación en las misas dominicales.
  • Es urgente, para llevar a ese fin, que el compromiso de los agentes consagrados (sacerdotes o religiosos) se tomen más en serio su presencia en aquellos órganos de decisión o consultivos que se encuentran al frente de ese elenco de cofradías, archicofradías, patronatos, etc. La presencia del sacerdote posibilita el discernimiento y garantiza la comunión con la Iglesia.

El Directorio sobre Piedad Popular (2001) establece claramente que la liturgia y la piedad popular no deben sustituirse entre sí, ni mezclarse. La liturgia no se puede banalizar cuando, la piedad popular, invade o desvirtúa lo sagrado. La liturgia no puede asumir al cien por cien todos los aspectos sincretistas que, a veces, la piedad popular trae consigo, y con dardos envenenados. No es una función de circo o de entretenimiento. El misterio o está presente o, por el contrario, podemos caer en la celebración y exaltación de un simple fenómeno cultural o identitario.

La práctica de la piedad popular, visualmente por lo menos, nos puede llevar a intuir que es un signo de pertenencia al catolicismo. Sin embargo, tenemos un gran reto: que los fieles, los cofrades, los peregrinos o devotos pasen de la piedad vivida o celebrada (en asentimiento y sentimiento) a una unión más comprometida y firme con la Iglesia. ¿Cómo? Amándola, ayudándola y aceptando sin reservas la verdad que nos transmite de parte del Señor. Aquí está el termómetro de una sincera o débil RP.

Uno de los principales desafíos que se impone a los pastores de la Iglesia en la nueva evangelización es recuperar para la plena y activa vida eclesial a una multitud de bautizados que por la gracia de la iniciación cristiana están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo.

4. Dificultades

¿Qué dificultades encontramos? En muchos momentos, fruto de la mentalidad individualista, se pretende acallar o incluso evitar la voz de la Iglesia, su opinión sobre temas de especial trascendencia en esas convocatorias que, en su origen, están precisamente ligadas a una experiencia comunitaria de fe y de vivencia eclesial. Una piedad popular deberá siempre contar con un elemento imprescindible: ha de ser receptiva y portadora del mensaje del evangelio y de la Iglesia. Esta, por el contrario, no deberá hablar mucho de sí misma pero sí insistir en que, la Iglesia, es la que ha dado ese color y esa tradición a sus hijos.

En su reunión con la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontificia para América Latina, Benedicto XVI puso de relieve la enorme riqueza que aporta la RP a la nueva evangelización, y advirtió sobre las formas desviadas de religiosidad popular que, lejos de fomentar una participación en la Iglesia, crean confusión y descafeinada fe. Para el papa, la RP no puede ser olvidada, pero existen ciertas formas desviadas de religiosidad popular que, lejos de fomentar una participación activa en la Iglesia, crean confusión y pueden favorecer una práctica religiosa meramente exterior y desvinculada de una fe bien arraigada, formada, contrastada e interiormente viva. Así, advirtió que la piedad popular puede derivar hacia lo irracional y, quizás también, quedarse en lo externo, y, por eso, estas prácticas «tienen siempre que purificarse y apuntar al centro» de la fe.

La RP (impregnada de piedad) nos puede llevar a mantener vivas esas raíces cristianas que, soplando un poco, pueden avivarse de nuevo. Para ello habrá que estar siempre atentos a que, fuerzas extrañas, no nos invadan esas expresiones de una pretensión mercantilista, sociocultural o laicista. Es importante, precisamente por eso, que todo lo que queda bajo el amparo de la Iglesia sea educado, potenciado espiritualmente, formado y sin olvidar la faceta asistencial. Una religiosidad a cualquier precio y sin resonancias evangélicas no es conveniente ni para una nueva evangelización ni para despertar la conciencia de nuestro ser Iglesia.