“No nos imaginemos huecas en lo interior” Camino de perfección (28,10)

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Por Santiago Arellano
Con el
gracejo que caracteriza a nuestra Santa, pone Teresa al descubierto la gran
tentación que nos acecha hoy desde los rincones más inesperados. No tenemos
alma. Solo somos materia. Lo que llamamos espíritu tiene su ubicación en alguno
de los lóbulos del poderoso circuito neuronal de nuestro cerebro. Ni Dios, ni
conciencia, ni cielo. Todo está aquí. Todo termina aquí.
Nuestros
científicos materialistas ignoran la configuración metafísica del ser humano.
Santa Teresa con el vigor de su pluma nos lo advierte: no
nos imaginemos huecas. Pues vacíos quedaríamos si nuestro espíritu, en
vez de ser creación de Dios, nos quedásemos en emanaciones del prodigioso
cerebro humano, o sea muerte, o sea nada.
Le Pelerin, de René Magritte (1966)
Encerrados
en nuestra desesperanza. ¡Amor!, ¿qué amor?; cielo, ¿qué cielo?; ¿libertad? La
que nos brinde nuestro determinismo; ¿dignidad? La de un gato despanzurrado. La
brújula del engreído hombre moderno ha perdido el norte. Magritte ya nos lo
advirtió en los años cuarenta del siglo pasado. O sea, máscara, apariencia,
nada.
Yo me quedo
con la Samaritana y con el agua que salta hasta la vida eterna. Sé que soy un
ser fronterizo, hecho de materia y espíritu con tan prodigiosa sutura que el
alma se manifiesta por medio de nuestra realidad carnal. Todo lo nuestro pasa
por el cerebro y pone en marcha a nuestro cuerpo. ¿Pero todo nace en nuestro
cerebro? ¿Es cauce o fuente, transmisor o generador? La conciencia de nuestro
yo sobrevuela nuestra masa corporal. Nuestra identidad contempla como en espejo
su figura cambiante y efímera. Estoy en ti pero no soy sólo tú. Esta es la
contienda. Cruzados, esta es la cruzada en situación bélica de asedio. En juego
está el ser lobo o ser hombre. ¿Nos quedamos a la espera con los brazos
cruzados? Yo no. Voy a abrir un portillo secreto para que penetren las aladas
huestes de la monja de Ávila. Escuchad en silencio recogido su vibrante arenga:
Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que
adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es
el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la
gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que
le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma
derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su
Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a
voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas
para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no
extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre,
pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos,
entendiendo que no es digna de ser su hija. Camino de perfección (28, 2).

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salida.