El papa Juan Pablo II encargó la redacción de los textos para el Vía Crucis del Coliseo de 1988 a un laico francés, Olivier Clément. Petición extraña, dado que tradicionalmente esta tarea solía encomendarse a religiosos y consagrados.
¿Quién era este personaje? Fueron apareciendo facetas diversas de su vida. Casado, padre de familia numerosa, teólogo, profesor en el Instituto de Teología Saint Serge de París, laico invitado al Concilio Vaticano II. Pero lo más llamativo, su conversión desde el más estricto agnosticismo.
Conocemos su camino hacia la fe gracias a su autobiografía, titulada El otro sol, editada en español por Narcea, en 1983. De ella entresacaremos confidencias de Olivier para el presente artículo.
Nacido en 1921, en Aniane (Languedoc francés), no fue bautizado, y creció en un ambiente marcado por el paganismo y el ateísmo militante socialista. Nunca oyó hablar de Dios, a excepción de algún comentario irónico seguido de risas contenidas. Su padre, socialista convencido, con palabras del mismo O. Clément, era un parroquiano sin parroquia, un contemplativo al que nadie había hablado del Dios vivo… pero que, curiosamente, gozaba leyendo el libro del Apocalipsis, porque, decía, ¡era tan bella la visión de la Jerusalén celeste!…
Estudió historia y un día se despertó angustiado con solo pensar que todos los personajes conocidos yacían hoy en la nada. Y con veinte años inició un camino de búsqueda apasionada. Profundizó en la historia de las religiones. El protestantismo no le satisfizo por su sequedad.
Se trasladó a París, y allí algo decisivo le salió al encuentro. Visitando el local de un anticuario, se halló ante un icono que le cautivó por su belleza. Tiene la seguridad de que en aquel momento Dios vino a buscarme y yo le seguí, confiesa evocando aquel comienzo inolvidable. Al tiempo que sostiene que como humanos estamos en búsqueda de otra luz, de otro sol, y más que nada somos buscados.
Atraído, pues, por su belleza, compró, por una considerable cantidad de dinero, aquel icono, que mostraba las imágenes de Cristo y Juan Bautista. Lo colgó en una pared de su cuarto. Y en un momento dado, frente al icono se sintió mirado. Así lo describe: Todo era silencio, palabras de silencio… en una profundidad en la que ya no estaba yo solo. Me dijo que yo existía, que él quería que yo existiera y, por tanto, que no era ya nada. Me dijo que yo no era todo, pero sí responsable. Me dijo que yo necesitaba ser perdonado, curado, creado de nuevo… «He aquí que estoy a la puerta llamando». Y abrí.
Fue esa mirada la que rompió el espejismo del absurdo, un rostro, el de Cristo Salvador en aquel icono. Todo se hizo nuevo, amable y bello. Fue como una nueva creación y una nueva vida brotando de la gracia y del perdón. Tenía entonces veintisiete años y una mirada, la del Dios Encarnado, por la que vivir y caminar, seguir caminando.
Dirá: Quedé fascinado por un Dios infinitamente cercano, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, de tal manera que, por más profunda que sea nuestra desesperación, él se pone entre nosotros y la nada.
Aquel icono fue clave a lo largo de su vida, pues le hizo profundizar en el cristianismo ortodoxo, identificándose con dicha tradición. Tras una preparación adecuada, Olivier Clément se bautizó como cristiano ortodoxo el 1 de noviembre de 1952 (con 30 años de edad). Aquella tarde llovía intensamente, hecho que identificó como el Canto de las lágrimas (Desclée de Brouwer, 1991), obra que él mismo escribió más tarde comentando el poema sobre el arrepentimiento del Gran Canon de San Andrés de Creta. Era el signo de la bendición, del nacimiento en Jesucristo.
Las lágrimas del Gran Canon de San Andrés de Creta son aquellas que transforman el corazón de piedra en uno de carne, como diría Ezequiel (cf. Ez 36,26). Son las lágrimas medicinales y nutricias, semejantes al agua bautismal, que brota de la roca en pleno camino por el desierto (cf. Éx 17,6).
Asentado en la capital, como profesor en el Liceo Louis le Grand y desde el Instituto Saint Serge, auténtico centro de formación y vida de la ortodoxia en occidente, Olivier Clément sirve a los ortodoxos dispersos con una fe de veras encarnada en la vida familiar y social. Como escritor y conferenciante, la suya fue una larga diaconía que le llevó a abrirse al ecumenismo, y a enfrentar situaciones inéditas.
A raíz del sobresalto de mayo de 1968, como joven teólogo ortodoxo, viaja a Estambul para un encuentro con el patriarca que contaba con gran autoridad en las iglesias de oriente: Atenágoras. El patriarca era un hombre extraordinario que había conocido la descomposición del imperio musulmán y el surgir de los nacionalismos, que conocía como pocos la tradición y espiritualidad de los Padres antiguos y que ahora tenía que enfrentarse a los retos de la modernidad secularizante. Viniendo de otro mundo —el de la diáspora ortodoxa en occidente— y con unos cuantos años menos, Clément descubrió en el anciano la profundidad de la vida y misión de una tradición secular. Un aprendizaje que plasmó en un libro que fue muy bien acogido desde la primera edición en 1969: Diálogos con el Patriarca Atenágoras.
Trabó amistad con católicos y protestantes, de manera que se cuenta entre los adelantados del ecumenismo que estaba llamado a extenderse desde los tiempos conciliares. Paladín eminente del ecumenismo, en su obra Roma, de otra manera, Clement, movido por su sincero espíritu ecuménico, afronta el estudio del Primado de Pedro y de su pervivencia en la sede romana.
Los últimos años de su vida, postrado en una cama, enfermo e inmóvil, Clément contemplaba en su habitación el misterio de esta belleza, verdaderamente divina y verdaderamente humana. Un icono del Salvador y de la Virgen María frente a su lecho. En él contemplaba la belleza del Espíritu, la tercera belleza como él solía decir, la que transfigura al hombre y lo hace pneumatophoro, portador del Espíritu.
Falleció en París el 15 de enero de 2009 con 87 años.







