Razones de mi amor a España

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Alegoría de la conquista
Alegoría de la conquista

Gracias, España, gracias por tu historia, gracias por tu fidelidad al Evangelio (San Juan Pablo II. Aeropuerto de Lavacoia, Santiago de Compostela).


Soy español. Amo con entusiasmo a España. Soy heredero de la patria que me legaron mis antepasados y que tengo el deber de transmitir a mis hijos para dotarlos de un espacio de libertad y una orientación para saber vivir.

La patria, desde el suelo a su espíritu, te ancla en una tierra tuya, donde puedes crecer, amar, crear, vivir con dignidad y hasta morir. Sin patria es como no tener ni casa ni hogar. Ser un apátrida es una maldición bíblica. Carecer de un rincón en el mundo donde tu corazón siempre esté anclado y al que siempre puedas retornar.

Soy español porque me siento hijo de la España fecunda, aquella que cantó Rubén Darío: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda», y que en un arrebato profético llega a proclamar:

¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo, […]
tiene su coro de vástagos altos, robustos y fuertes.
Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.

Salgamos de nuestra abúlica pereza. Conozcamos a España y volverá el entusiasmo. Fuera la leyenda negra que ha paralizado nuestras energías propias. Ya está bien. ¿Hasta cuándo hemos de ver con amargura e impotencia nuestro desmoronamiento? Que nadie se engañe: defender nuestra patria y su historia no es convocar ni a la violencia ni a las guerras. Queremos que nos dejen en paz para ser nosotros mismos y poner al servicio de los demás nuestros empeños y nuestra propia identidad.

Soy español porque soy navarro y porque la unidad está construida sobre la diversidad, amo con locura cada rincón de España; y soy español porque soy católico que, además de mi filiación a la Iglesia como fuente de salvación, es la argamasa de su unidad y de su grandeza histórica.

Como muestra os ofrezco un grabado de fray Diego Valdés (Tlaxcala, 1533-1582) titulado Alegoría de la conquista. Fijaos en los datos de su biografía: hijo del conquistador Diego de Valdés —oriundo de Extremadura, España— y de una indígena tlaxcalteca. Educado en la Ciudad de México, fue discípulo y secretario de Pedro de Gante, de quien aprendió el arte del grabado y del dibujo. Habló castellano, latín, náhuatl, otomí y tarasco. Fue misionero franciscano, historiador y lingüista en Nueva España, buen dibujante y grabador. Su obra más importante es Rhetorica christiana, publicada en 1579, primer nacido en suelo mexicano en publicar un libro en Europa.

Contraponed la descripción de Alejo Carpentier al comienzo de su novela El siglo de las luces, en la que aparece la guillotina colocada como adelantada en la proa que lleva en sus bodegas toda la literatura de la Ilustración. La cruz frente a la guillotina. Esta es la cuestión.