Reproducción prohibida

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Reproducción prohibida
Reproducción prohibida. (Retrato de Edward James, 1937). René Magritte. Óleo sobre tela (81,3 x 65 cm), Museo Boijmans Van Beuningen de Róterdam.

Por Equipo pedagógico Ágora

El retrato presenta a un hombre de juvenil figura y cabello elegantemente rizado que nos da doblemente la espalda mientras contempla su reflejo en un gran espejo de pared, al pie del cual aparece el libro Las aventuras de Arthur Gordon Pym, la novela fantástica con la cual Edgar Allan Poe sacude a los lectores con los avatares más inesperados e incómodos. Al contrario de lo que sucede con el personaje, el libro sí se refleja con total fidelidad en el espejo, resultando la composición aún más inquietante.

A menudo hallamos imágenes absurdas y paradójicas, que podrían hacernos creer que son sueños. Si me miro en un espejo puedo ver mis rasgos faciales y hasta mi mirada mirándome. Por otro lado, el retrato, en principio, debe reflejar a su modelo. Aquí la cuestión es si lo hace realmente. Y si se piensa un poco, nos atreveríamos a decir que sí, o que, simplemente, el pintor ha querido hacer al personaje doblemente interesante…, por misterioso y, por lo tanto, irrepetible. «Reproducción prohibida», dice su título. Tal vez es que el personaje no se reconoce a sí mismo, lo cual no deja de ser también un retrato, no ya pictórico sino psicológico.

Ortega y Gasset, refiriéndose a una España en crisis, escribió aquello de que «lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa». El actual clima de crispación, en el que las ideologías distorsionan la mirada y el juicio acerca de la realidad, y en el que cada cual piensa normalmente de acuerdo con los medios de comunicación a los que se asoma —la voz de su amo, por lo general—, hacen que nos sintamos inseguros, confusos, recelosos.

La propia España se reconoce muy difícilmente a sí misma, entre otras cosas porque no existe la adecuada y fiable perspectiva histórica ni una base firme de creencias y valores —la fe católica en nuestro caso— que le den la unidad y la consistencia propia con las que, siempre con luces y sombras pues humanos somos, vino en su día a identificarse.

Propongo, por ejemplo, releer el «brindis del Retiro» de Menéndez y Pelayo y el contexto en el que el joven catedrático lo pronunció, tan similar al nuestro. ¿Volver al Siglo de Oro? Como dijo Gustav Mahler: No se trata de adorar las cenizas, sino de transmitir el fuego. «Lo que pasa» es que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, como también afirmaba el polígrafo santanderino.

La actual crisis de identidad de nuestra España, a la que Ortega ya se refería, me trae al recuerdo la anécdota ocurrida precisamente también en un restaurante del Retiro, donde Valle Inclán homenajeó a un joven Juan Belmonte con entusiastas pero tremendas palabras: «Juanito, solo te falta morir en la plaza». A lo que el diestro, sumiso y agradecido respondió: «Se hará lo que se pueda, don Ramón».

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