Tú eres Pedro, la Roca

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El primado de
Pedro, y con él el de sus sucesores, es la respuesta de Cristo a la necesidad de
un centro de unidad para la Iglesia que peregrina en la historia, de una voz clara
en medio del confuso fragor de las ideologías y las codicias mundanas, de una roca
firme que resiste al oleaje de la incredulidad y a su fuerza destructora de lo
humano. Pedro es la roca. A él se le ha conferido el poder de las llaves del
reino, de atar y desatar, de perdonar los pecados. Es esta gracia del perdón la
que constituye a la Iglesia. La Iglesia misma está fundada en el perdón (y Pedro
lo sabe bien por experiencia): La iglesia, en su esencia más profunda y
verdadera, es “el lugar del perdón” (J. Ratzinger).
Pedro mismo es
una demostración tangible. La Iglesia no es la comunidad de los perfectos y los
poderosos al estilo del mundo, sino la comunidad de los pecadores ante la
mirada de un Dios misericordioso, una comunidad de pecadores que tienen
necesidad del perdón, lo buscan y se dejan ganar por él. El Poder supremo de
Dios se expresa del modo más asombroso, precisamente, como misericordia.
Asombra al
visitante del Museo Nacional de Valladolid la escultura de San Pedro en la
Cátedra, obra del genial Gregorio Fernández. El hombre que contemplamos es un
viejo, no muy agraciado físicamente, un hombre curtido, se diría que un aldeano…
y lo era, en efecto. Sobre él, precisamente, se había posado la mirada de
Cristo para decirle: “tú eres la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia… Te daré
las llaves del Reino y el poder del infierno no prevalecerá sobre ti. Lo que
ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará
desatado en el cielo”.
Pero ese rostro
tallado con aspereza por el duro bregar de las redes y del Evangelio se muestra
elevado en majestad por las vestiduras del pontificado. No es por su mérito, es
la elección de Dios que toma protagonismo en la vida de este hombre y de la
Iglesia. Ese es el hombre más poderoso de la tierra y de la historia. A él se
le hadado el poder que ningún otro ha merecido. El de perdonar los pecados. Ningún
rey, ningún presidente, ningún multimillonario… ningún poderoso de este mundo
dispone de un poder tal. Y sin embargo, pocos hubieran considerado “papabile” a
Simón, el pescador de Cafarnaúm…
LAS PARADOJAS DE DIOS
Escribe Joseph
Ratzinger en su libro La Iglesia. Una
comunidad siempre en camino: “Si el conferir una tal plenitud de autoridad a
los hombres ha podido hacer que en el curso de la historia surgiera -y no sin razón-
el temor a un poder humano arbitrario, sin embargo la historia nos muestra que nuestra
incapacidad es tan estridente, tan evidente, que justamente en la atribución a
un hombre de la función de roca se pone de manifiesto que no somos los hombres
los que sostenemos la Iglesia, sino Ese que lo hace a pesar de nosotros, más
que a través de nosotros… Dios manifiesta el poder de su amor justamente en la
paradoja de la impotencia humana. Con el mismo realismo con que hoy reconocemos
los pecados de los papas y su inadecuación a la grandeza de su ministerio,
hemos de reconocer también que Pedro ha sido siempre la roca contra las
ideologías, contra la reducción de la Palabra a lo que en un época determinada
está en boga contra la sumisión a los poderosos de este mundo.”
Cuando Benedicto
XVI, consciente de su papel y del papel del propio Dios al frente de la
Iglesia, afirmaba en el momento de su renuncia que «en el mundo de hoy, sujeto
a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la
vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es
necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu», no hacía sino
mostrar la evidencia de su incapacidad y dejarse caer en tierra como el grano
de trigo… para dar fruto merced a la Gracia de Dios que vela por su Iglesia.
EL ESPÍRITU SANTO ACTÚA
En este agitado
mundo, Dios ha regalado a la Iglesia un abanico de personalidades diversas y
extraordinarias en los últimos pontífices. Conviene que no cedamos a la
tentación de compararlos. Cada uno de ellos es único, como el mismo Pedro. Y de
todos ellos se ha servido la Providencia de forma admirable. Ahora nos ha hecho
ver también que en realidad la roca lo es porque Dios la ha constituido.
¿Cuánto más nos quedará por ver, ante la poderosa y providencial imaginación del
Espíritu?
En ninguna de las
desdichadas quinielas aparecía el arzobispo de Buenos Aires. Pasadas las 7 de
la tarde en Roma, el Cardenal Protodiácono sorprendía a todos anunciando que el
nuevo Papa se llamaba Jorge Mario, Cardenal Bergoglio, quien había adoptado,
por primera vez en la historia, el nombre de Francisco… He aquí que la imagen
del pobre de Asís se nos ha hecho signo de los tiempos de manera sorprendente
en la persona de un jesuita.
Vestido de blanco
y con una sencilla cruz sobre el pecho, el Papa Francisco impartía su primera
oración Urbi et Orbi, pidiendo a todos a rezar -primero por el pontífice
emérito, en sutil invitación a la unidad de la Iglesia- e inclinándose después
ante al pueblo para pedir su oración por él.
“Hermanos y
hermanas, buenas tardes. Sabéis que el deber de un cónclave es dar un obispo a
Roma y parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo,
pero ya estamos aquí…”, fueron las primeras palabras que pronunció, en medio
de los aplausos de los presentes y el ondear de las banderas, algunas
argentinas. Al concluir su primer saludo como obispo de Roma, anunciaba que
empezaría por ir a rezar a la Virgen para que cuide a toda Roma, a la
cristiandad y al mundo entero.
El nuevo sucesor
de Pedro, en quien se reconoce el temple ignaciano en que se formó, en que ha
vivido y vive, es un pastor nato, que ha hecho de la modestia evangélica su
forma de vivir y de ejercer su servicio y su autoridad pastoral.
LA ELOCUENCIA DE LOS GESTOS
La elección del
nombre de Francisco no es ajena al estilo que seguramente imprimirá a su
pontificado. Será el Papa de los gestos, antes que de las palabras. Todo indica
que habrá que volver a descubrir la sabiduría que se esconde en el lenguaje
sencillo, el mismo que utilizó el Señor hace dos mil años. No habrá que esperar
discursos estridentes o eruditos: se dirigirá a todos con un estilo llano y
comprensible para el hombre común. Se intuye que su magisterio apunta directo
al corazón de cada persona, como ocurre, por cierto, con los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio de Loyola. Es así, también, como suele hablar Aquel
que sabe lo que hay en el corazón del hombre.
Horacio Morel
señala que, como arzobispo de Buenos Aires, se recuerda a Bergoglio por su
cercanía a la gente y por su posicionamiento en defensa de las causas justas en
la vida de los argentinos. Celebró la Misa en la estación de trenes de Buenos
Aires para denunciar la explotación sexual a la que son sometidas las mujeres
que ejercen la prostitución en ese lugar, y se enfrentó en defensa de sus
sacerdotes al narcotráfico que domina las “villas miseria” de la gran ciudad.
Un pastor cercano a los pobres, a los postergados, a los enfermos, visitador cárceles
y hospitales (especialmente cada Jueves Santo para celebrar el lavatorio de los
pies, en esto no ha cambiado, y parece que en lo demás tampoco piensa hacerlo),
que no usó vehículos oficiales para desplazarse sino que prefería caminar o
usar el transporte público. Es “un cura de la calle”, como acaba de definirlo
en la TV un sacerdote rockero, a quien Bergoglio le pidió que compusiera una
canción para las prostitutas “desde la mirada de Cristo, llena de
misericordia”.
EL PODER DEL SERVICIO
Es posible que en
un mundo tan convulsionado y en crisis, muchos esperaran la elección de un
estadista, que limpiara por dentro la Iglesia y que ejerciera un liderazgo
internacional capaz de dar un giro espectacular y llamativo a las crecientes
tensiones, alguien de un perfil más alto, en vez de un obispo humilde, ya renunciado
por haber cumplido los setenta y cinco años y que aguardaba su retiro.
Parece que el
Espíritu Santo nos ha regalado un Papa que muestre al mundo el poder del no
poder y del servicio, que testimonie que la certeza de la vida está en nuestra
relación con Dios, y sólo en ello. En suma, un hombre de coraje, cuya fuerza es
el Señor. Como le presentó el Secretario de los obispos españoles: “tiene el
perfil de un santo”.
Lo mismo que en
el pescador de Galilea, todos intuyen que en su debilidad Francisco atesora
toda la fuerza del Dios que le ha llamado y le ha dicho: “Tú eres Pedro, la roca”.