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Una historia de esperanza

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Una historia de esperanza
Una historia de esperanza
El Corazón de Jesús está comprometido conmigo, con todos nosotros. Eso lo cambia todo.

Por P. Santiago Arellano Librada, sacerdote


La realidad se impone. No es ni mejor ni peor. Siempre estamos tentados de compararla con otros momentos históricos, pero la realidad es la que es. En este siglo XXI, «cambalache», parece que la cultura de la muerte y de lo feo ha ganado la batalla. Me atrevo a asegurar que no es cierto.

La pequeña esperanza, «esa que todos los días nos da los buenos días, la que saluda al pobre y al huérfano, la que se acuesta todas las noches, se levanta todas las mañanas y duerme tranquila, esa pequeña promesa de brote que se anuncia justo a principio de abril» (Charles Peguy, Poemas), sigue transformando la muerte en vida, lo feo en bello y la tristeza en la alegría del Evangelio. Y estas no son bellas palabras que salen de un pensamiento abstracto e idealizado, yo lo experimento cada día. Me recuerdan al buen ladrón.


Era párroco en la parroquia de San Fermín (Pamplona) y recuerdo el sonido de la cajetilla de las limosnas. Alguien la había abierto. Vi salir a un hombre con melenas y barba corriendo. Le dije adiós. Entré en la capilla y comprobé que aquel hombre había robado. Se llevó quince euros y dejó las monedillas por las prisas. Al día siguiente volví a escuchar el ¡clang! de la caja de las limosnas: aquel hombre había vuelto a por las monedillas. Salí detrás de él, lo paré con la bici. No sabía que decirle, más bien no sabía cómo decírselo y le dije

—¡Pero hombre! ¿Qué haces? ¿No ves que esto es una parroquia pobre que atendemos a más de sesenta familias para darles de comer? ¿Y vienes a robarnos?

Él me miraba con ojos que expresaban sorpresa, estupor y algo de arrepentimiento. Aquel hombre solo repetía:

—¡Es que la vida es muy dura…!

—¿Por qué no pides perdón y devuelves el dinero?

Yo le argumentaba intentando hacerle ver que podía ser sanado, pero él, casi sin mirarme seguía repitiendo:

—Sí, pero es muy duro… Es muy duro.

Con sus palabras intentaba justificar su acto y se marchó.

Celebré la misa y en la homilía hablé de ello a los feligreses y a los que estaban de paso por la parroquia, incidiendo en una idea. Les dije: «Me ha parecido conocer al buen ladrón».

Terminada la misa, el Señor me sorprendería con alguna caricia de amor hacia mí: un padre de familia de la parroquia entró en la sacristía y me dijo:

—Oye Santi, ese hombre del que nos has hablado en la homilía, se habrá gastado el dinero y no lo podrá devolver, he pensado que te voy a dar treinta euros; quince euros para que devuelva la deuda y otros quince para él, seguro que está necesitado y le vendrá bien el dinero.

Me quedé bloqueado. No sabía qué decir, pero acepté. A partir de ese momento empecé a buscar «al buen ladrón» con todos mis sentidos. Y ahí el Señor empezó a trabajar en mi corazón: a lo largo de la semana estuve contemplando a Jesús. Era Jesús el que estaba buscando a aquel hombre, al «buen ladrón», por las calles de Pamplona. El corazón se me fue transformando y experimentaba con toda claridad que quien estaba buscando al ladrón era el Corazón del Buen Pastor. Fui perfectamente consciente que era yo quien estaba en deuda con él, no aquel pobre hombre conmigo: «Yo estoy en deuda con el pecador».

Así fueron transcurriendo los días y por fin, siete días después lo encontré en una esquinita, pequeño, encogido y le dije:

—Dios me ha regalado mucho más de lo que tú le has ofendido y tengo que dártelo.

Aquel hombre no entendía nada. Me miraba como si hubiera perdido el juicio. Incluso me pareció percibir que se quería marchar, quizá con algo de miedo. Pero por algún motivo se quedó a escucharme, dándome así, la oportunidad de explicarle lo que sucedió después de su hurto en la parroquia. Así fue como empecé a narrarle que un padre de familia me había regalado treinta euros para que se los entregase a él; quince para devolver a la caja de la limosna de los pobres y quince para que se los quedara. «El buen ladrón» no entendía absolutamente nada. No daba crédito a lo que yo le decía y me preguntaba:

—¿Hay gente tan buena? Pero ¿hay gente tan buena?

—¡Claro que hay gente tan buena! Lo estás viviendo, no es un sueño.

Después de un rato hablando, le di el dinero en dos billetes, tal y como yo lo había recibido del padre de familia, en un billete de veinte y otro de diez. Aquel «buen ladrón» no tenía cambio. Me dio diez y me dijo:

—Mañana te devuelvo los cinco euros que faltan.

Al día siguiente volvió con los cinco euros y se confesó. Confesó toda su vida. Él llorando y yo llorando. Los dos sentados en la primera fila de los bancos de la iglesia. Aquel hombre se convirtió, se sintió amado quizá por primera vez en mucho tiempo. Dejó de robar y empezó a venir por la parroquia. Ahí empezó su historia de vida.

Hablar de esperanza, por tanto, es hablar de la vida, de nuestra vida, la de cada uno de nosotros. En mi caso, siendo sacerdote, experimento cada día mi nada, mi miseria, mi debilidad, a veces, mi desolación, pero el Señor me muestra muy palpablemente su misericordia y me la muestra así, como acabo de contar.

Me hace ir conociendo los personajes del evangelio en mi vida, en mi realidad y es maravilloso. ¿Cómo no tener esperanza? Como dice Charles Peguy, «La pequeña esperanza, una niña pequeña no es nada más que esa pequeña promesa de brote que se anuncia justo al principio de abril». La pequeña esperanza, siempre hacia adelante, sin miedo, parte desde nuestro principio hacía nuestro fundamento como cristianos, nos da la mano y no nos abandona.

Termino este artículo como lo comencé: El Corazón de Jesús está comprometido conmigo, con todos nosotros; eso lo cambia todo.

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