…y la rana murió de gozo. El reto de reaccionar.

...y la rana murió de gozo
...y la rana murió de gozo

Metamos una rana en un recipiente con agua templada. Calentemos lentamente el agua hasta que hierva. Lo más probable es que muera cocida en su propio confort. Si por el contrario metemos la rana directamente en agua caliente, la reacción será tal que saltará con todas sus fuerzas para evitar la muerte. Algo así ha pasado con la educación. No nos damos cuenta de que con esta temperatura en la que estamos inmersos, con este clima educativo, es imposible educar. Así se expresaba la ponente, educadora sabia, sufrida y valiente.

—¿Cuál es el secreto de una buena educación? —le preguntaron.

—Muy fácil: unos buenos padres, un buen maestro y un buen bachillerato. —respondió.

Con una sentencia así de simple, pero llena de sabiduría, se concluía la exposición. En efecto, lo más importante e insustituible en educación es tener buenos padres. Del maestro y del bachillerato hablaremos en otra ocasión.

Ha calado en el sentir popular el dicho de que para educar a un niño se necesita toda la tribu, y es cierto. Ya he defendido en algún artículo anterior que educadores somos todos, y que los medios de comunicación, las redes sociales y el ambiente social en general educan —o deseducan— mucho más de lo que imaginamos y quisiéramos. Pero una cosa es eso y otra muy distinta es que todos eduquen de la misma forma o tengan los mismos derechos y deberes.

Sin olvidar la libertad y responsabilidad que tienen los propios niños y jóvenes —mayor cuanta más edad tienen—, los primeros y últimos responsables de la educación son los padres. Algo evidente pero que hay que recordar —y «malos tiempos son aquellos en que hay que recordar lo evidente» decía Chesterton—.

Unas veces son agentes externos los que se empeñan en quitar esa responsabilidad y decidir por los padres. Cada vez es más frecuente oír que el niño, como ciudadano que es, debe ser educado por el Estado, y por lo tanto las administraciones educativas son las que deben encargarse no solo de dar la plaza escolar que consideren apropiada, sino también los valores que deben inculcarse al niño desde pequeño, aunque estos valores estén teñidos de ideologías de dudosa objetividad y en muchos casos de consecuencias nefastas. Hay que recordar lo que es de sentido común —y el principio de subsidiariedad de la doctrina social de la Iglesia aclaraba—, el Estado solo debe ayudar cuando el ciudadano o las instituciones son insuficientes para ayudarse a sí mismas. Lo contrario es una sibilina forma de dictadura por parte del Estado.

Pero otras veces son los propios padres los que hacen dejación de sus funciones y responsabilidades, como si su único cometido fuera el respaldo económico de las necesidades del hijo, —muchas de ellas artificiales e innecesarias—. Hay que reconocer que educar hoy se ha convertido en una tarea agotadora, además de la incertidumbre continua de saber si estamos acertando o por el contrario «somos los raritos» del grupo de padres. Por ello es explicable que muchos padres tiren la toalla y hagan dejación de sus funciones con la excusa de que les han dado todo cuanto han podido, y reclamen soluciones a «papá Estado» en general, y a la administración o los profesores en particular. Cada vez hay más absentismo educativo por parte de los padres.

Si educar nunca fue fácil, educar hoy día es más difícil que nunca, sencillamente porque los educadores son muchos y muy potentes, como decíamos al principio, y porque no siempre van en la misma dirección. Lo que construyen unos, lo destruyen otros, como puede comprobarse con algunas series juveniles o con la cantidad de bazofia que circula por las redes sociales o por internet.

Es cierto que hoy el desarrollo tecnológico ha cambiado los contenidos y el modo de acceder a ellos. Los profesionales de la educación están pasando por una situación de tránsito nada fácil. No deben los padres preocuparse por la supuesta superioridad tecnológica de sus hijos, los llamados «nativos digitales», porque lo importante, para educar a una persona, no es eso.

Si los saberes técnicos, la instrucción, no van acompañados de unas normas de comportamiento asimiladas desde niño, se convierten en un arma de doble filo. Transmitir estos valores es la tarea más importante e insustituible que tenemos los padres. Valores que se enseñan con el ejemplo más que con el razonamiento. El respeto a uno mismo, a los demás  —especialmente a los débiles y a los mayores—, la solidaridad, la austeridad, la capacidad de sacrificio, la fuerza de voluntad, la reflexión, el sentido del deber, la palabra dada, la humildad, etc., son los valores que permitieron construir una sociedad más justa.

Hoy día no hay héroes, santos, ni vidas ejemplares. Solo cotiza en el mercado la fama efímera en los medios de comunicación y así nos va. No es fácil convencer a nuestros hijos de los valores antes citados si a quien se aplaude socialmente es a la «choni» de turno que sin pudor vende su intimidad en televisión, o el enriquecimiento rápido y fácil. En medio de esta situación tormentosa, hay que recordar el principio ignaciano: «En tiempos de desolación, no hacer mudanza»; es decir, ante la duda, no ceder.

Buenos padres son aquellos que quieren lo mejor para sus hijos y les transmiten los valores que permiten ser una buena persona. Y ello sigue siendo válido aunque no esté de moda. Tal vez como la rana del inicio del relato estemos tan adormecidos que ya ni veamos la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. La temperatura del relativismo imperante ha subido tanto que podemos morir asfixiados si los padres no reaccionamos con el vigor necesario para salir de esta situación. La esperanza está en nuestras manos, depende del coraje, la generosidad y la valentía con que asumamos nuestra insustituible tarea de educadores.