
Coincide mi primera colaboración en esta sección con la llegada a España del papa León XIV, en una visita guiada por el lema «Alzad la mirada». Ciertamente esta frase evoca uno de los motivos principales de su viaje a nuestro país, la bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia de Barcelona. Pues, no en vano, dicha torre marca el récord mundial de altura de edificaciones religiosas con sus casi 172,5 m.
La belleza pétrea y simbólica del genial arquitecto Gaudí, obviamente, dirige la mirada del espectador hacia el cielo mediterráneo que la envuelve y anima al espíritu humano a la superación personal y colectiva. Esta ascensión la propone Gaudí con la referencia indiscutible a Jesucristo, salvador del mundo. Sin él, los afanes humanos más nobles y las empresas mejor intencionadas difícilmente levantan el vuelo de los intereses inmediatos, de los logros que apenas rozan los ideales altruistas. Hay que reconocer, humildemente, que la fuerza de gravedad del egoísmo y el amor propio no puede ser vencido más que por la gracia que nos concede Jesucristo resucitado.
Por eso el papa León XIV viene a España. Para animarnos a nosotros, los laicos españoles, a mirar y confiar en Jesucristo y su gracia poderosa. Para indicarnos que no podemos rehuir los retos que hoy tiene nuestra Iglesia española, pero también a decirnos que no podemos enfrentarnos a ellos como si fueran «gigantes» imaginarios.
«Alzad la mirada» nos evoca el estilo campamental de nuestro carisma al servicio de la Iglesia y el mundo.
Con los ojos y el corazón fijos en el horizonte de cumbres de santidad en el mundo, avanzamos paso a paso, con paciencia y en cordada, sabiendo que la cumbre es la humildad y que Dios, nuestro Señor, quiere transformarnos en sus testigos pobres y sencillos que le reparten a manos llenas desde su experiencia personal.
Una experiencia de fe y esperanza, incluso contra toda esperanza; un recorrido de confianza, sobre la base inconmovible del Amor de Dios; un camino exigente y esforzado de superación y lucha contra el egoísmo y el desaliento; una ascensión, que a menudo más parece un descenso inacabable, pero endulzado por la presencia materna de santa María, que nos muestra, como la madre a su niño pequeño, la huella de sus pisadas de fe, humildad y compromiso valiente, para que prosigamos sin cansarnos hasta llegar a la meta.
Cielo azul mediterráneo, envoltorio traslúcido y divino que envuelve la obra humana, la de Gaudí en Barcelona, como símbolo de la refulgencia con la que Dios Padre envuelve y embellece la acción sencilla y cotidiana, a menudo invisible, que constituye el empeño por la santificación personal de cada fiel cristiano.
Granítico tesón, el ascender imposible y fatigoso de decenas de toneladas de hierro y hormigón de la torre de Jesucristo, qué bello símil de lo que nuestro Señor es capaz de hacer con nuestro barro, pecado y miseria para convertirlo en un faro elevado de misericordia y ofrenda al Padre, que arrastre muchas almas a Dios.
Viene León XIV a España. Bienvenido, santo padre, ¡estamos a la escucha!






