¡Estamos en sínodo!

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Estamos de sínodo
Estamos de sínodo

Pasado

Por Fernando Toribio Viñuela

La palabra «sínodo» procede del griego y significa «caminar juntos». Desde el llamado «concilio de Jerusalén» que nos narran los Hechos de los Apóstoles, la Iglesia se ha reunido en sínodos o concilios de forma habitual: ha habido sínodos universales (los concilios), sínodos provinciales o locales.

Aunque en Oriente se ha mantenido viva esa práctica, en Occidente había caído un poco en desuso. Después del concilio Vaticano II Pablo VI recuperó la figura del sínodo de forma estable convocando a una representación de obispos de todo el mundo cada tres o cuatro años para abordar en él temas de importancia para el conjunto de la Iglesia.

El papa Francisco ha querido hacer una experiencia en los sínodos que él ha convocado y planteó un cuestionario a toda la comunidad eclesial sobre la familia antes de los dos sínodos sobre ese tema y, posteriormente, otro sobre los jóvenes previo al sínodo correspondiente. Lo trabajado en esos cuestionarios se tuvo en cuenta para elaborar el documento de trabajo inicial del sínodo.

Ahora, después de esas experiencias, damos un paso más. Francisco ha cambiado la estructura propia de los sínodos para que la convocatoria sea a todo el Pueblo de Dios. Somos todos los bautizados los que hemos sido llamados a un proceso (camino) sinodal con tres etapas:

  • Primera etapa: etapa diocesana. Se trata de que todo el Pueblo de Dios pueda tener una experiencia de participación. Desde las parroquias, desde las cofradías, desde las comunidades de vida consagrada, desde los movimientos y asociaciones, desde cualquier grupo o individualmente, somos invitados a ofrecer nuestra aportación a esta reflexión de toda la Iglesia. Las aportaciones que surjan de las diferentes diócesis se recogerán en las conferencias episcopales nacionales y con ellas se pasará a la segunda etapa.
  • Segunda etapa: etapa continental. Los diferentes documentos de trabajo nacionales servirán de punto de partida para elaborar una reflexión continental, en un entorno cultural similar. Y después de ese momento se concluirá con la tercera etapa.
  • Tercera etapa: sínodo de los obispos en Roma de carácter universal. La confluencia de los diferentes documentos continentales servirá para la elaboración del instrumentum laboris del trabajo sinodal de esta última etapa.

Presente

El tema propuesto para este sínodo es «la sinodalidad». Se podría decir que es un sínodo sobre el sínodo. Al pedir a todo el Pueblo de Dios que se ponga en marcha, que participe en un proceso de discernimiento sobre lo que la misma Iglesia es o debe ser, se nos está invitando, de alguna manera, a despertar. Es como si se nos estuviera diciendo: hace tiempo que oímos decir que la Iglesia está formada por todos los bautizados, que hay diferentes carismas y todos son importantes, que todos tenemos nuestra propia vocación y desde ella somos constructores de la casa común…, es tiempo de que esto se ponga en acción, es tiempo de que abramos caminos para que esa realidad constitutiva de la Iglesia se ponga en marcha y nosotros mismos descubramos su potencialidad. Al reflexionar sobre la sinodalidad, se nos invita a tomar conciencia, de forma operativa, de que todos aportamos, todos importamos y, entre todos, vamos haciendo el camino.

Para que el tema quede suficientemente comprendido en toda su profundidad se explicita en tres dimensiones que aparecen enunciadas en el mismo título del sínodo: Sinodalidad. Comunión, participación, misión.

Caminar juntos es, en primer lugar, vivir en comunión. La comunión es el alma de la vida de la Iglesia. Estar en comunión es compartir la misma fe, es acoger y ser acogido, apreciar y ser apreciado, reconocer al hermano como hermano y vivir en fraternidad.

Caminar juntos significa también participar en la vida de la comunidad. La participación básica es el bautismo y compartir la fe. Pero hay muchas formas de participar en la vida de la comunidad cristiana, de construir la Iglesia: construyendo la iglesia doméstica que es la familia, construyendo el Reino de Dios al trabajar en la sociedad de la que formamos parte desde los valores del Evangelio, aportando a la vida de la Iglesia en cualquiera de las múltiples formas de participar de la vida interna de la comunidad.

Caminar juntos, por último, quiere decir no perder de vista el sentido de todo lo que hacemos. La Iglesia existe para evangelizar, es su razón de ser. La comunión es para la misión y toda forma de participación ha de estar siempre encaminada a la misión evangelizadora que es la que explica la existencia misma de la Iglesia.

Reflexionar sobre la sinodalidad significa, pues, redescubrir nuestra propia vocación cristiana como un regalo maravilloso que nos hace formar parte activa de la gran familia que es la Iglesia. Eso nos lleva a vivir en comunión con tantos millones de hermanos nuestros, diferentes, complementarios, en una diversidad inmensa que refleja la riqueza interna del mismo Dios. Nos anima a participar de la vida de esa comunidad en orden a la misión que Dios nos ha confiado: anunciar el Reino para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad.

Futuro

La participación en el sínodo, en su fase diocesana, se hace a través de un pequeño cuestionario que se ofrece a toda la Iglesia para guiar la reflexión: ¿Cómo se realiza hoy este «caminar juntos» en los distintos niveles (desde el local hasta el universal), permitiendo a la Iglesia anunciar el Evangelio? Y ¿qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer como Iglesia sinodal?

La primera parte de la pregunta nos invita a reconocer que no partimos de cero. La vida de la Iglesia es rica y multiforme. Hay que partir del reconocimiento de esta vida, hay que valorarla, agradecerla. Cualquier paso que se dé se hará partiendo de las raíces que ya están dando vida.

La segunda parte de la pregunta nos empuja a levantar la mirada, a abrir la mente y el corazón a la inspiración del Espíritu para que él pueda suscitar nuevos caminos, nuevas pistas. Fortalecer lo que da vida y abrirse a nuevas fuentes que brotan del mismo manantial, la vida del Espíritu en nosotros.

No se trata de añorar tiempos pasados, ni de perdernos en análisis que subrayen nuestras deficiencias, nuestro pecado. Lógicamente, en la reflexión saldrán a la luz aspectos de este tipo, tanto de recordar momentos de vitalidad pasada como de reconocer obstáculos y dificultades en el presente. Pero no es ese el centro de la reflexión. Se nos invita a ir más allá, a no quedarnos en lamentos y añoranzas sino a mirar y agradecer la vida presente para abrirnos a la esperanza en el futuro, porque ambas dimensiones serán las que nos ayuden a superar las limitaciones presentes y a seguir caminando en la escucha y obediencia de lo que el Espíritu sugiere a su Iglesia.

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