Los Magos: un camino de fe como el nuestro

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Los tres Magos
Basílica de San Apolinar el Nuevo en Rávena (Italia). Mosaico del siglo VI que representa a los Magos y sus presentes.

Las semanas que van de la Navidad a la Cuaresma son una ocasión propicia para fijar los ojos en el desarrollo de Jesús: «El niño iba creciendo», señalará dos veces san Lucas (2,40.52). Todos cuantos contemplaron al niño (sus padres, los pastores, los magos, Simeón y Ana), cada cual a su modo, tuvieron que emprender un camino de fe. También nosotros hoy, para conocer, reconocer y seguir a Jesucristo, hemos de recorrer un camino semejante

Acerquémonos al camino de fe que emprendieron los magos (Mt 2,1-12) porque siguieron un itinerario semejante al nuestro hace dos mil años. ¿Cómo fue ese camino? Lo sintetizaremos en cinco rasgos:

  1. De la observación al descubrimiento. Los magos vieron salir una estrella. Muchos otros también la observarían. Pero ellos supieron reconocer en ese astro la estrella del Rey de los judíos que ha nacido. Supieron mirar con otros ojos, con los ojos de la fe, para descubrir en el cielo la señal de Dios. También nosotros necesitamos tener los ojos de la fe bien abiertos, y rasgar «las apariencias de cosas, personas y acontecimientos, para descubrir en todos, en todo y siempre, la realidad de un Dios Padre providente que gobierna el mundo sirviéndose de sus criaturas».
  2. Del signo a la realidad. Cuando los magos vieron al niño ya no volvieron a contemplar la estrella. La señal había cedido a la presencia. Como ocurre en el arte taurino: cuando el subalterno coloca el toro y lo orienta hacia el diestro, desaparece de la escena… Ese mismo recorrido de fe lo hacemos nosotros al recibir los sacramentos: pasamos del signo visible sacramental a la realidad invisible de la presencia de Dios.
  3. De la lejanía a la cercanía. Como ha comentado el papa Francisco en la homilía de la solemnidad de la Epifanía de este año (6.1.2024), el camino de los magos «es la peregrinación humana de cada uno de nosotros, de la lejanía a la cercanía». Como ellos, venimos de lejos y somos llamados a acercarnos más, hasta entrar en la casa del Señor y gozar de su intimidad.
  4. De los regalos ofrecidos al don recibido. Los magos ofrecieron al niño regalos: oro, incienso y mirra, pero el gran regalo lo recibieron ellos: vieron al niño con María, su madre. Y experimentaron que este don valía muchísimo más que las penurias afrontadas y los regalos ofrecidos. También nosotros entregamos nuestros pobres dones al Señor, pero acabamos reconociendo que somos nosotros quienes recibimos infinitamente más, a Jesús mismo.
  5. Y, por último, de la contemplación a la adoración. Vieron al niño con su madre y, cayendo de rodillas, lo adoraron. Llenos de inmensa alegría contemplaron a un niño, y reconocieron al Señor. Como recalcó el papa Francisco en la homilía citada: «los Magos tienen los ojos fijos en el cielo, pero los pies sobre la tierra y el corazón postrado en adoración».

Y cuando parece que el camino de la fe ya ha finalizado porque todo está completado, vuelven otra vez a empezar. Los Magos se retiraron a su tierra por otro camino. El itinerario de la fe nos devuelve a nuestras vidas cotidianas. Pero ahora lo recorremos con nueva luz: la fe nos ilumina y nos lleva a dar testimonio del niño con María con inmensa alegría, que procede del descubrimiento, la realidad, la cercanía, el don recibido y la adoración. ¡Menudo programa de vida para 2024!

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