Educar en la sorpresa de lo bueno y de lo bello

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Los que hemos sido llamados a ser profesores, nos encontramos ante el reto maravilloso de acompañar a nuestros alumnos en su camino de crecimiento humano, académico y espiritual.  Por eso, un profesor no solo ha de tener una buena formación humana y académica, ha de ser, además, una persona justa, dedicada y entregada a sus alumnos. Es cierto que todas estas cualidades podría poseerlas un profesor no cristiano. Entonces, ¿qué distingue al profesor cristiano?: su sentido de trascendencia, una moral y unos valores en coherencia con sus creencias, que estamos impelidos por la gracia a entregar a nuestros alumnos.

La tarea del profesor es la misma ya sea hombre o mujer. En este artículo se habla desde la sensibilidad femenina, puesto que la que escribe es profesora y mujer.


¿Qué aporta una profesora cristiana más allá de los valores que propone la cultura buenista que parece haber triunfado hoy en la sociedad, como son la ejemplaridad, la responsabilidad, la competencia, el compañerismo y tolerancia?

Ofrezco unas pinceladas de cómo las profesoras, desde nuestra condición de mujeres, podemos hacer llegar el mensaje cristiano en clave femenina a las aulas en cuestiones relativas a la belleza de la vida, a la felicidad, a la entrega, el servicio, al cuidado, la compasión, en definitiva, a la vocación al amor a la que todos hemos sido llamados.

Una tarea importante de toda educadora —y más si es cristiana— es poner las bases para que los alumnos adquieran criterios sólidos para diferenciar el bien del mal, lo cual supone advertir que la realidad no es relativa, pues todos tenemos referentes, valores y personas a las que admiramos, pero muchos de los referentes admirados por nuestros jóvenes son efímeros e incluso destructivos, aunque se revistan de máscaras deslumbrantes o tengan cientos de likes.

Desde mi experiencia, cuando un alumno adolescente escucha de su profesora que las aspiraciones más realizadoras del ser humano son amar, sentirse amado por otro, comprometerse y sacrificarse por lo que vale la pena, guarda un silencio profundo. ¿Por qué? Porque pocos profesores en la escuela les hablan de la verdad, la belleza y la bondad, de que el amor para siempre existe, que el abuso de alcohol y drogas los conduce a su destrucción o que el sexo sin amor hiere el corazón. Por ello insisto: la pedagogía debe basarse en una antropología cristiana que conduzca a una ética de comportamiento volcada en el amor y el servicio.

Es, pues, tarea fundamental de la educadora cristiana hacer atractivo lo bueno y lo bello para que sea el alumno el que pueda desmontar los eslóganes de turno y descubrir por sí mismo el error que encierran ciertas propuestas.

¿Qué pedagogía utilizar?

Dar criterios para distinguir lo bueno y lo bello implica no relativizar la realidad, sino tomarla como punto de partida, aceptando que hay una naturaleza, un modo de ser propio en los seres del mundo y en el ser humano. Sólo así podremos, entre otras cosas, desmantelar un malentendido feminismo, muy instalado en las escuelas, que abomina la maternidad, ensalza el aborto y sustituye la sexualidad por un género revisable cuántas veces se quiera. Creo que:

  1. Las profesoras cristianas no podemos andarnos con complejos y menos en las aulas. Interesémonos por el alumno; escuchemos sus preocupaciones, sus preguntas provocadoras que pueden dar lugar a las mejores lecciones. Cuántas veces nos sorprenden con cuestiones extracurriculares. Esos son momentos extraordinarios porque cautivan la atención del alumno cuando su profesora les habla bien del matrimonio, de la grandeza de la vida, de la importancia de descubrir su vocación o de elegir bien su profesión para ser fecundos en el mundo. En alguna ocasión nada más llegar a clase los alumnos, ávidos de curiosidad, me han preguntado si he visto el capítulo del día anterior de programas televisivos que destruyen la dignidad del hombre. Quieren escuchar la voz disonante, porque tienen «talleres», por ejemplo, de sexualidad en los que nadie les habla de amor, de entrega y de perdón, pero su corazón anhela el amor y buscan, porque los necesitan, argumentos para rechazar las visiones distorsionadas que les ofrece el mundo. A menudo me pregunto cuántos de los que nos decimos católicos damos testimonio personal, con alegría y sin complejos de nuestra esperanza y vida cristiana.
  2. Un proyecto educativo cristiano implica invitar a los alumnos a sorprenderse ante las maravillas de la creación, a dar a conocer que nuestro destino final es estar con Dios. El trabajo del docente con los jóvenes debería tratar de dar respuesta a sus interrogantes acerca del sentido de la vida, de la responsabilidad y de los valores trascendentes. Se habla mucho de valores para la escuela y para la ciudadanía, formándose en torno a ésta última una espiritualidad que se cimenta en la igualdad, la fraternidad, el civismo ético pero que al no tener raíces hondas en el auténtico fin del ser humano acaba desvitalizándose. El educador católico está para ir más allá y ofrecer una visión del mundo desde los ojos de Dios. Solo así podremos afrontar realidades como el dolor, la muerte o el sufrimiento que se nos hacen insostenibles si no miramos hacia la trascendencia. Nuestros jóvenes en su soledad existencial se suicidan más que en décadas anteriores y la escuela —y más la católica— debería ofrecer su modelo antropológico cargado de esperanza para prevenir este drama.

Vivimos en un tiempo en que existen centros de enseñanza y educadoras católicas que han abdicado de ver el mundo a lo cristiano y se han convertido en una fuente de buenismo social. Por ello, los educadores cristianos (hombre y mujeres) tenemos la misión de presentar la Buena Nueva sin confundirnos con el mundo y en palabras de Abilio de Gregorio, sin rebajar propuestas y abaratar exigencias que acaben borrando el rostro de Dios.

M.ª Azucena Gómez de la Calle

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