Memento mori… et vivere (y II)

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Memento mori... et vivere. Ilustración. José Miguel de la Peña
Memento mori... et vivere. Ilustración. José Miguel de la Peña

El título de este artículo y otro anterior, Memento mori, (Estar, agosto 2020) es la frase que le susurraban al oído al general, que volvía victorioso a Roma, durante el desfile que realizaba luciendo una corona de laurel y una toga dorada. A la vez que recibía los honores del pueblo, un siervo, tras él, le recordaba la fugacidad de los éxitos con dicha frase. Aunque literalmente significa: «Recuerda que has de morir», también le recordaba cómo debía vivir.

Tanto en el éxito más brillante como en el peligro más amenazante, ser conscientes de nuestra situación, pensar en la muerte y en la fugacidad de la vida, no es amargarse, sino al revés: una lección para vivir con paz, lucidez y alegría.

Tras décadas de desarrollo progresivo de bienestar y de paz social, esta pandemia nos está colocando, dolorosamente, en nuestro sitio, en nuestra debilidad y contingencia. Nos hemos topado con la muerte ya sea porque hemos padecido la enfermedad, por la pérdida de seres queridos o por el conocimiento de los miles de fallecidos, algunos de ellos en soledad. Un pequeño virus ha tumbado la soberbia de nuestra sociedad.

Cualquiera que no esté anestesiado por la diversión o la saturación informativa, ni bloqueado por el miedo ambiental indefinido y persistente, se ha planteado la cuestión más importante: en qué consiste la vida y cómo debemos vivirla. Seamos creyentes, agnósticos o ateos, lo que caracteriza una existencia digna es tener el coraje de plantearse esas preguntas y de ser coherente con las respuestas.

Tener conciencia de la muerte supone plantearse inmediatamente qué significa para cada uno vivir, qué proyecto de vida tenemos, cómo nos gustaría que nos recordasen, qué haríamos, si tuviésemos una segunda oportunidad o si supiéramos que los días que nos quedan son escasos. Reflexionar sobre la muerte nos llevaría a distinguir lo importante de la superfluo, lo real de lo aparente, lo que nos debe ocupar y no preocupar…, en definitiva, apreciar y gozar de la vida.

Por ello, en medio de la aún persistente pandemia, deberíamos sacar varias conclusiones para educar en la vida.

La primera lección que hemos de aprender es la de la admiración y agradecimiento por la vida, frágil y a la vez maravillosa. Podemos destruirla, pero no crearla. Admiración, contemplación, respeto… es lo que brota cuando se toma conciencia del milagro que es la vida.

Pero mayor milagro aún es la propia existencia para la cual se han conjuntado millones de casualidades que han dado ocasión a que nazcamos y seamos como somos en este momento y lugar. Agradecimiento a nuestros padres y a la cadena de antepasados de los cuales tanto hemos recibido y con los que estamos en deuda. Alegría, agradecimiento, gratitud por despertar cada día, incluso por estar enfermos, pero vivos. Porque la vida, en definitiva, no se escoge, pero sí se acoge.

Tal vez no sepamos apreciar el valor de la vida porque vamos demasiado de prisa y, por eso, no sabemos paladearla, ni disfrutar de los pequeños detalles, de las personas que tenemos a nuestro alrededor —con sus defectos—, pero únicas e irrepetibles y a las que, probablemente, tengamos mucho que agradecer: familiares, amigos, compañeros de trabajo o empleados sacrificados, ya sean sanitarios, profesores o repartidores de nuestros pedidos.

La segunda lección es mirar hacia dentro y examinarnos. Hace unos días, un deportista de élite me decía que debía ver el partido de futbol en el que había participado el día anterior, y que había sido retransmitido por televisión. Ante mi comentario sobre lo tedioso de la tarea, me respondió lo siguiente: wEs mi obligación profesional para corregir errores y evitarlos en el futuro. Ojalá pudiéramos ver cada día el video de nuestra vida para ser conscientes de la cantidad de cosas que debemos corregir». Me sorprendió su acertada reflexión, la misma que hace 2.500 años expuso Sócrates: «Una vida que no es examinada, no merece la pena vivirla».

Al final de nuestra existencia, de nuevo, seremos examinados. En primer lugar, por nosotros mismos, salvo que hayamos perdido la conciencia del bien y del mal, ya que «el mal solo se conoce cuando se evita y el bien cuando se practica». Debe ser terrible estar próximo a la muerte y tener conciencia de haber vivido de modo equivocado y reprobable esta vida.

Al final de la vida seremos examinados en el amor

San Juan de la Cruz

Seremos juzgados de una u otra forma también por los demás. Es importante que seamos capaces de dejar una huella positiva, un legado moral por el que nos recuerden. Debemos empeñarnos en dejar este mundo, el cercano que nos rodea, mejor del que habíamos heredado.

Hemos de considerar que, en esta vida, nadie es perfecto ni ha dejado de tener heridas recibidas de otros o de la vida misma. Por eso, la tercera lección es la del perdón. Dicen que los moribundos necesitan morir en paz, y para ello nada como sentirse perdonados y perdonar. Aceptar nuestra limitación y debilidad, saber pedir perdón y perdonar es una lección de vida que cada día debemos reaprender.

Perdonar es comprender y aceptar las limitaciones, los defectos e incluso las maldades de otros. «Nadie queda sano, aún después de haber recibido las mayores atrocidades, si no tiene la capacidad de perdonar», me contaba un preso que ha estado aislado durante años en una cárcel venezolana. Pedir perdón es aceptar nuestras limitaciones y que, consciente o inconscientemente, podamos haber dañado a los demás. Perdonar nos eleva a unas alturas de comprensión, dignidad y grandeza moral propias de héroes y santos.

Por último, a los que tenemos fe la respuesta a estos interrogantes sobre la vida y la muerte no nos exime de ningún esfuerzo, no nos evita ningún dolor ni angustia, pero la fe es un don que Dios da y que supone luz y consuelo. El cristiano aprende a vivir sabiendo que «al final de la vida seremos examinados de amor», al decir de san Juan de la Cruz; pero por aquel que nos creó, nos ama y nos protege «como a las niñas de sus ojos».

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