«Nadie» es el responsable de todo

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Ulises y Polifemo. Ilustración: José Miguel de la Peña
Ulises y Polifemo. Ilustración: José Miguel de la Peña

Una de las aventuras más astutas de Ulises fue la que libró con el cíclope Polifemo, al que engañó diciéndole que se llamaba «Nadie». Ulises logra cegar el único ojo del gigante, quien desesperado grita pidiendo ayuda encerrado en su cueva. A la pregunta del resto de los cíclopes sobre quién lo maltrata, responde: «¡Nadie me hiere! ¡Nadie me mata con su astucia!» A lo que responden sus compañeros: «En ese caso, si nadie te hiere, no necesitas ayuda de nadie».

Da la impresión en la educación actual de que algún astuto Ulises, en este caso no precisamente modélico, nos ha convencido que «nadie» es responsable de nada, por lo tanto, nadie nos puede ayudar. Un extraño virus ha logrado anonimizarnos: que nadie se sienta responsable de nada. La responsabilidad personal ha quedado disuelta en un genérico: la sociedad, la gente, los políticos, los padres, etc. Todos ellos son responsables, pero nadie en concreto asume la obligación de dar respuesta de lo acontecido y asumir las consecuencias.

Así, por ejemplo, el fracaso escolar, la mala educación, o los malos hábitos son culpa de factores sociales, económicos, o ambientales, entre los cuales están los medios de comunicación, las nuevas tecnologías o los políticos; pero en ningún caso será culpa del alumno que no se esfuerza, del padre que no sabe educar o del profesor que no es competente.

Aunque parezca extraño y duro, asumir la responsabilidad es la forma de saber que somos dueños de nuestras acciones, decisiones y omisiones, en definitiva, constatar que somos libres. La responsabilidad es la otra cara de la libertad: solo quien es libre es responsable. No son libres ni los animales, ni los niños sin uso de razón. Solo aquellos seres humanos que tienen capacidad de reflexionar, de decidir y de actuar son capaces de dar respuesta y, por tanto, de asumir lo positivo y lo negativo de sus acciones.

Por tanto, educar consiste en ayudar a los niños y jóvenes a crecer, a ser autónomos, que es tanto como decir a ser libres, adultos, maduros y asumir su cuota de responsabilidad, de satisfacción o de culpa por lo realizado.

En la sociedad líquida, ya casi gaseosa, en la que vivimos, ha desaparecido la responsabilidad como uno de los principios sólidos sobre los que se asentaba la educación y la convivencia. No es de extrañar que la educación actual esté teñida de un cierto infantilismo, de un miedo a ser adulto y asumir responsabilidades. Como al niño, tampoco al joven se le exigen responsabilidades; a veces incluso a los adultos. Todos son derechos, pero no deberes. Caso de que ocurra algo negativo, como por ejemplo el fracaso en los estudios, se intentará buscar siempre un culpable: las condiciones socioeconómicas, el ambiente familiar, el consumo de nuevas tecnologías…, cualquier excusa es buena con tal de no pedir responsabilidades personales.

Es duro asumir y exigir responsabilidades porque suele provocar inquietud, agobio y culpabilidad. Pero no es menos cierto que la responsabilidad también produce la satisfacción de la tarea bien hecha, del cumplimiento del deber y de la tranquilidad de la buena conciencia, en definitiva, de la paz interior.

Existe un error que consiste en la hiperresponsabilidad: no podemos asumir como propios los problemas que nos superan, a veces solo queda aceptarlos. Otras veces los problemas son de carácter global, pero siempre habrá la posibilidad de actuar en lo local. Según el adagio oriental: «Si cada chino barre su puerta, la calle estará limpia».

Una educación que no cultiva la responsabilidad es la antesala de una sociedad adormecida hoy y tiranizada mañana por la apetencia de los caprichos y por la dictadura de quien imponga de forma coercitiva lo que debería corresponder a la libre voluntad de personas responsables y solidarias con la tarea del bien común.

Nadie nace responsable, es algo que se aprende y se educa dando responsabilidades. Es tarea de los educadores, padres y profesores auténticos —aunque el ambiente o la legislación propugne lo contrario— dar responsabilidades y exigirlas. El paternalismo que existe en la educación actual es nefasto porque genera infantilismo, evita que el niño y el joven crezcan y maduren tomando decisiones, actuando de tal modo que sientan la satisfacción de que lo realizado es obra propia, y si existe equivocación, la grandeza que supone pedir perdón y compensar, en su caso, el daño ocasionado.

Cualquier comunidad, ya sea la familia, la escuela, la empresa o la sociedad es mucho más libre, serena, pacífica cuando hay personas responsables. La persona responsable genera confianza, seguridad y tranquilidad. Por el contrario, su ausencia obliga a multiplicar las leyes y medidas punitivas que obliguen a realizar lo que espontáneamente realizan las personas responsables. Una persona responsable da paz, tranquilidad, no es tóxica, hace la vida más llevadera a todos y siempre procura dejar todo lo que le atañe mejor de lo que se lo encontró.

La caricatura de la persona responsable es una persona agobiada, angustiada, nerviosa. Ser responsable es vivir con paz cada momento y reto de la vida. Es ser consciente de los compromisos, pero también de las limitaciones personales. Saber aceptarlas, pedir perdón cuando corresponda, reparar el daño en su caso y gozar de la satisfacción del deber cumplido.

Es tarea ineludible del que educa en la vida generar personas valientes que asuman su parcela de responsabilidad. Nos jugamos mucho: la madurez humana de ellas y la mejora de la sociedad.

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