
Por Javier Cascón, Desarrollo de negocio en Meridiana
Si una cosa puedo decir es esta: he sido testigo de mucho bien, y también tengo claro que, mucho de ese bien, lo he visto dentro de la obra social de la Iglesia.
Podría contar un buen puñado de experiencias de organizaciones o entidades sociales, pero en estas líneas me limitaré a cuatro pequeños proyectos —y uno grande— en los que me he visto implicado de manera más prolongada.
Algunos de los lectores ya conocéis mi estilo de vida y mi misión. Cuando comencé a ir a comedores sociales, acompañado por los cruzados de Santa María, tenía 14 años. Nadie me avisó de que esto terminaría empujándome a implicarme más y más en realidades que fueron evolucionando hasta convertirse en los siguientes proyectos.
Primero fue Amaqtedu. Simplemente una asociación, que creamos en la universidad, por medio de la cual hacíamos talleres en centros sociales con personas que se encontraban en la calle o en riesgo de exclusión. Los talleres eran de pintura, fotografía, danza, teatro…, todo lo relacionado con el arte. Los cuadros que hacían los vendíamos en galerías de arte y en hoteles para financiar cursos de formación. Con este proyecto estuve seis años.
Luego fue mi implicación en Lázaro. Esta es una fundación con edificios en varios países del mundo en los que viven jóvenes y personas que antes se encontraban sin hogar. Por medio de la amistad y el vivir juntos, se logra alcanzar metas increíbles. Con esta fundación estuve tres años trabajando y tuve la suerte de pasar temporadas en sus casas al igual que María, mi esposa.
Y ahora mismo en el proyecto Amen sin tilde. Con este proyecto hemos comprado 3 casas para personas sin hogar y hasta el momento han vivido 15 personas en ellas desde que conseguimos la primera casa a finales de 2022. Para financiar estas —aparte de mi salario trabajando para varias empresas— se han utilizado los ingresos del libro Amen sin tilde y las donaciones y ayudas.
El cuarto proyecto es Talita. Una asociación que organiza eventos para jóvenes en los que los ponentes comparten preguntas y valores. A los jóvenes se les propone conocer diferentes realidades e implicarse en lo que más les llame. Hay grupos de acompañamiento de ancianos, partidos de fútbol en la cárcel, repartir comida a personas sin hogar en el centro de Madrid, acompañamiento de jóvenes…
Esta organización, que ahora lleva Jesús García acompañado de un gran grupo de personas, está haciendo mucho, pero que mucho bien.
Y el proyecto grande que quería compartir sería sin duda la familia. Me casé en septiembre con una mujer maravillosa, y tanto María como yo tenemos claro que queremos estar cerca de las personas que sufren y para ello compartir nuestra casa con personas en necesidad. Es solo el primer paso.
Estas iniciativas han sido acompañadas, apoyadas y llevadas a cabo muchas veces por gente buena dentro de la familia de la Iglesia. Como el sacerdote Alberto me decía hace unas semanas: «Solo somos pobres enseñando a otros pobres dónde dan de comer». Es decir, acompañándonos unos a otros para acercarnos más a Cristo.
Escribiré por aquí unos puntos que me gustarían que brillasen en la obra social de la Iglesia en los próximos años. Si alguien quiere comentar un día sobre esto, estoy abierto a debatir y corregir lo dicho. Lo distinguiré en tres NO y tres SÍ.
—No es asistencialismo. No se trata de eso. Es construcción del reino de Dios. Ese reino comienza aquí en la tierra con acciones muy sencillas y cotidianas. No se trata de dar un techo o comida sino de acompañar a encontrar el sentido y dirección de la vida de las personas que nos rodean.
—No somos salvadores de nadie. Salvador solo hay uno y es Dios. Este puede ser un peligro, querer identificarnos con algo que no somos. Ojalá todo el mundo que se dedique a lo social tenga claro que esa no es la dirección.
—No llegaremos a todo. Ni falta que hace. Mucha gente vive agobiada por no llegar a todo y por todo el mal que hay en el mundo. Calma. Mientras que haya hombre —y mientras que haya libertad—, habrá mal.
A continuación, tres Sí.
—Sí a ser y estar. Eso es la clave de mucho de lo que debería ser la obra social: acompañar el sufrimiento. Muchas veces sin palabras, sin dar nada, sin forzar al otro a aceptar nuestro punto de vista o a aceptar nuestra limosna o ayuda. Sin hacerle de menos por ser receptor. Manteniendo su dignidad.
—Sí a ser hermanos. Teniendo claro que somos hermanos, muchos de los males del mundo se acabarían. Hace mucho tiempo yo me hacía esa pregunta: «¿Cómo es posible que mi hermano o mi hermana estén durmiendo en la calle?». Una pregunta simple que a mí me hizo tomarme en serio lo que estaba en juego.
—Sí a la fe y a la esperanza. Es posible cambiar las cosas. Lo sé. Desde que comenzó la humanidad es el momento con más niños escolarizados, menos personas muriendo de hambre, más sanidad y buenos hospitales en el mundo. Hay esperanza y hay fe. La victoria ya la conquistó el Señor en la cruz para todos nosotros pecadores. No hay mal que podamos hacer que no haya sido vencido.
Estamos en el mejor momento de la historia. Leas cuando leas esto, será el mejor momento porque es lo único que tenemos. Tenemos este presente para crear el futuro que queremos. Tiene que merecer la pena. Si no te ilusiona el futuro cambia el presente. Estás a tiempo.
Esto es lo que depende de nosotros. Lo tenemos fácil. El resto (que es mucho) depende de Cristo.
Dicho esto, solo falta decir gracias.
Gracias a la Iglesia, a nuestro Movimiento de Santa María y a todos los que nos apoyáis. Para seguir haciéndolo, ya sea comprando el libro o con otro apoyo económico, con vuestro tiempo o con vuestras ideas, aquí tenéis mi correo electrónico: javiercasconcoca@gmail.com
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