Cruzada de honor

9
Una de sus últimas fotografías
Por Antonio Rojas

Fue en el verano de 1976, pero lo recuerdo como si fuese ayer
mismo. Yo andaba con graves problemas de nariz, garganta y oídos. Tenía serias
dificultades de poder desarrollar mi labor de profesor; en esta situación un
tanto dramática, Abelardo me dio un consejo:

—Antonio, cuando estemos en
Villagarcía de Campos, acércate al convento de las Carmelitas y habla con la
Hna. Anunciación. Estoy convencido que alcanza milagros.
Vi a una monja menudita, sonriente y con ojos brillantes,
profundos y acogedores. Le hablé de mis problemas de salud y de mis proyectos
apostólicos y profesionales. Hubo “feeling” y ahí nació una amistad que sólo ha
roto la muerte.
La gran identificación que tenía con Abelardo, la fue convirtiendo
en la entusiasta carmelita-cruzada que vivía y hacía vivir la simbiosis
Cruzada-Carmelo que pedía el P. Morales: La
Cruzada es tronco ignaciano y savia carmelitana.
—Amo muchísimo a la Cruzada,
Antonio, cada día más. Algunas Hermanas me dicen que si soy Carmelita o Cruzada
y yo les digo que las dos cosas. Todos los cruzados sois mis hijos,
especialmente Abelardo y, luego, tú.
Puedo dar fe de la cantidad de permisos que pidió a sus
superioras para hacer oración y sacrificios extras por la Cruzada. Todos mis
proyectos apostólicos y profesionales pasaron por sus manos. Quizás por eso
cuando, como consecuencia del intento de división de nuestro Instituto, tuve
que abandonar el colegio de Valladolid (“su colegio”) y marchar a Pamplona, me
dijo:
—Estoy sufriendo muchísimo con
lo que está pasando en la Cruzada y con lo que te han hecho a ti. No sabes lo
que estoy rezando y ofreciendo; por eso te puedo asegurar que se cumplirá lo
del evangelio (Romanos 8,28) y todo será para bien de la Cruzada y de los cruzados.
Tened confianza.
El último año coincidimos los dos en
Salamanca. Yo en el hogar de los Cruzados y ella en el Carmelo de Cabrerizos.
Nos veíamos con frecuencia y seguíamos haciendo planes de futuro, por eso
cuando de viaje de mi pueblo a Salamanca, el 7 de enero, me llama la Madre, Luz
María, y me dice que se nos ha ido Anuncia, no me lo podía creer. Llegué a
Salamanca y fui al Carmelo. Estaba en el ataúd, rodeada de sus Hermanas, en el
coro donde tantas veces alabó a Dios.
Al verla experimenté un doble sentimiento como dije al día
siguiente en el funeral: pena y alegría. Pena, porque es humano dolerse por la
desaparición de un ser querido; alegría, porque estoy convencido que ella ya
llegó y tenemos una intercesora en el cielo.
El 13 de febrero iba a celebrar el 50 aniversario de su
profesión religiosa y los cruzados teníamos previsto hacerle un regalo muy
especial, pero no pudo ser porque murió el 7 de enero.

Hoy, aquí, desde la revista Estar,
tu revista, querida Rosa, queridísima Hna. Anunciación, queremos que quede
constancia que siempre serás para nosotros Cruzada
de Honor.