Cruzada de honor

15
Una de sus últimas fotografías
Por Antonio Rojas

Fue en el verano de 1976, pero lo recuerdo como si fuese ayer
mismo. Yo andaba con graves problemas de nariz, garganta y oídos. Tenía serias
dificultades de poder desarrollar mi labor de profesor; en esta situación un
tanto dramática, Abelardo me dio un consejo:

—Antonio, cuando estemos en
Villagarcía de Campos, acércate al convento de las Carmelitas y habla con la
Hna. Anunciación. Estoy convencido que alcanza milagros.
Vi a una monja menudita, sonriente y con ojos brillantes,
profundos y acogedores. Le hablé de mis problemas de salud y de mis proyectos
apostólicos y profesionales. Hubo “feeling” y ahí nació una amistad que sólo ha
roto la muerte.
La gran identificación que tenía con Abelardo, la fue convirtiendo
en la entusiasta carmelita-cruzada que vivía y hacía vivir la simbiosis
Cruzada-Carmelo que pedía el P. Morales: La
Cruzada es tronco ignaciano y savia carmelitana.
—Amo muchísimo a la Cruzada,
Antonio, cada día más. Algunas Hermanas me dicen que si soy Carmelita o Cruzada
y yo les digo que las dos cosas. Todos los cruzados sois mis hijos,
especialmente Abelardo y, luego, tú.
Puedo dar fe de la cantidad de permisos que pidió a sus
superioras para hacer oración y sacrificios extras por la Cruzada. Todos mis
proyectos apostólicos y profesionales pasaron por sus manos. Quizás por eso
cuando, como consecuencia del intento de división de nuestro Instituto, tuve
que abandonar el colegio de Valladolid (“su colegio”) y marchar a Pamplona, me
dijo:
—Estoy sufriendo muchísimo con
lo que está pasando en la Cruzada y con lo que te han hecho a ti. No sabes lo
que estoy rezando y ofreciendo; por eso te puedo asegurar que se cumplirá lo
del evangelio (Romanos 8,28) y todo será para bien de la Cruzada y de los cruzados.
Tened confianza.
El último año coincidimos los dos en
Salamanca. Yo en el hogar de los Cruzados y ella en el Carmelo de Cabrerizos.
Nos veíamos con frecuencia y seguíamos haciendo planes de futuro, por eso
cuando de viaje de mi pueblo a Salamanca, el 7 de enero, me llama la Madre, Luz
María, y me dice que se nos ha ido Anuncia, no me lo podía creer. Llegué a
Salamanca y fui al Carmelo. Estaba en el ataúd, rodeada de sus Hermanas, en el
coro donde tantas veces alabó a Dios.
Al verla experimenté un doble sentimiento como dije al día
siguiente en el funeral: pena y alegría. Pena, porque es humano dolerse por la
desaparición de un ser querido; alegría, porque estoy convencido que ella ya
llegó y tenemos una intercesora en el cielo.
El 13 de febrero iba a celebrar el 50 aniversario de su
profesión religiosa y los cruzados teníamos previsto hacerle un regalo muy
especial, pero no pudo ser porque murió el 7 de enero.

Hoy, aquí, desde la revista Estar,
tu revista, querida Rosa, queridísima Hna. Anunciación, queremos que quede
constancia que siempre serás para nosotros Cruzada
de Honor.