Siempre me han atraído los pies de Jesús en el arte de la Semana Santa: blancos de polvo en el viacrucis; rojos de sangre en la cruz; amarillos y exangües en el sepulcro; encarnados y llenos de vida una vez resucitado.
¿Qué tienen los pies de Jesús que tanto nos atraen? Preguntémoslo a María de Betania, quien en el Evangelio siempre aparece a los pies de Jesús. Pidámosle que sea nuestra maestra. Cuando llegaba Jesús a su casa, María se acomodaba a sus pies (mientras Marta servía) (Lc 10,39). Desde allí, miraba a los ojos de Jesús, de abajo hacia arriba, sin perder detalle. Cuando murió su hermano Lázaro, se echó a los pies de Jesús diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano» (Jn 11,32). Y días más tarde, ungió los pies de Jesús y se los enjugó con su cabellera, llenando la casa con la fragancia del perfume (Jn 12,3).
Es probable que ella estuviera también entre las mujeres que contemplaban a Jesús en el Calvario (Lc 23,49), y a quienes la mañana de Pascua se apareció Cristo resucitado (Mt 28,9). Si fue así, al abrazar sus pies y postrarse ante él descubriría asombrada que todavía conservaban el aroma del perfume. ¡Detalles del Señor!
¿Qué aprendemos a los pies de Jesús?
1. A seguir sus huellas. En este Año jubilar, Jesús nos precede en el camino y deja marcadas sus huellas en él, para que pongamos nuestros pies sobre sus pisadas y caminemos con agilidad, amoldados a su paso, por el camino de la esperanza.
2. A postrarnos a sus pies. Para dejarnos perdonar y curar; para permitir que el Señor actúe libremente sobre nosotros, sin que le pongamos trabas, y para que nos enseñe a ponernos a los pies de nuestros contemporáneos, empezando por los más cercanos.
3. A dejarnos lavar los pies. En el lavatorio, Jesús se puso a los pies de sus apóstoles, y en ellos estábamos representados todos nosotros. Jesús se ha puesto a nuestros pies, se ha humillado para lavarnos. La Semana Santa es un momento oportuno para acercarnos al Señor en la confesión y permitir que nos lave por dentro.
4. A prolongar los pasos de Jesús. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, y Jesús no tiene otros pies que los nuestros para seguir repartiendo su misericordia… Dice la Escritura: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la justicia! (Is 52,7; Rom 10,15). ¡Esos son nuestros pies cuando caminamos con Cristo y por Cristo! Así como él caminó para encontrarse con la samaritana, la sirofenicia y la viuda de Naín, cuando le prestamos nuestros pies, él sigue llegando hoy a los confines de la humanidad: a nuestros vecinos, familiares, amigos y compañeros.
También la Virgen María es experta en contemplar los pies de Jesús y seguir sus huellas. Que Santa María del Camino nos enseñe a levantarnos y caminar deprisa para ponernos a los pies de los demás, tal como Ella hizo al servir a su prima Isabel. Que nos guíe también para conocer y a reconocer a su Hijo, prolongando así sus pasos por los caminos de la vida, «para más amar y servir»







