El desafío de la mujer inmigrante

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El desafío de la mujer inmigrante
El desafío de la mujer inmigrante

Por Dorys Castillo y Miguel Velázquez

Cada viernes llegan a la parroquia muchas personas nuevas. La mayoría de ellas son mujeres. Vienen todas de fuera, algunas con muy poco tiempo en España. Mirando sus rostros uno puede intuir algo de su pasado, de cómo se sienten o qué esperan del futuro. La mayoría son madres solteras menores de 45 años que asumen que van a vivir y trabajar indocumentadas por lo menos tres años, hasta conseguir su primer contrato laboral.

Vienen de Guatemala, Venezuela, Honduras, Bolivia, Nicaragua, Perú, Colombia, Ecuador… iberoamericanas por lo general, aunque también hay mujeres de África. La pobreza extrema, violencia doméstica de su marido o el padre de sus hijos, las maras o pandillas que extorsionan a sus negocios y familias, el deseo de una mejor educación para sus pequeños, la salud, acontecimientos traumáticos que desean dejar atrás… fue lo que las empujó a salir. Muchas no han pasado por una gran ciudad cuando llegan a Madrid, han salido de pueblos pequeños o recónditos del campo, para ellas todo es un choque, todo es un cambio fuerte: la manera de hablar (palabras y formas), las costumbres, el estilo de trabajo, la vestimenta, el clima más extremo, la comida, los precios desorbitados de la vivienda, las misas de la parroquia… todo es diferente.

Vienen con una necesidad urgente: trabajo. Tienen que pagar las deudas contraídas por su viaje a España. Otras están endeudadas aquí al pagar por adelantado una habitación al no tener papeles legales de residencia. La mayoría desea enviar ayuda cuanto antes a su familia en su lugar de origen, y todos parecen necesitar ese dinero (hijos, padres, hermanos, sobrinas…). Pocas vienen con alguna titulación. Gracias a los cursos rápidos y gratuitos, de la Iglesia y algunas asociaciones, aprenden lo básico de la cocina española, limpieza y algo de geriatría. La mayoría consiguen trabajar de internas, ese es su destino más común. Muchas consiguen cuidar niños, ancianos o enfermos.

Pero detrás de esa necesidad urgente, se descubren otras quizá tan o más importantes. Por ejemplo, no tienen un proyecto de vida que les permita mantener el objetivo claro, todos los esfuerzos y sacrificios que realizan son para resolver el día a día de los problemas que surgen en su lugar de origen, no hay una visión a largo plazo que les permita proyectarse en una estabilidad futura.

Otra necesidad es que no saben ahorrar el dinero que ganan, todo lo envían a sus seres queridos, que lo demandan, ignorando que, para recibir ese dinero, la persona que se lo envía comparte habitación y baño con otras personas, come mal, apenas tiene días de descanso y lo que mandan es a base de sacrificios continuos y de nunca mejorar su situación. La poca o nula formación básica para utilizar el dinero y desconocer cómo funciona el sistema de aportaciones a la seguridad social es un gran vacío que no les permite crecer. Hay mujeres que después de veinte años en España con su situación regularizada, sigue enviando dinero y no han cotizado porque siguen trabajando sin contrato.

Otra necesidad es aprender a socializarse de manera sana y efectiva. Les cuesta expresar lo que realmente desean. Se dan vueltas en su explicación por miedo a que lo que dicen no sea bien acogido. Les cuesta expresar lo que es injusto con su sueldo o su trabajo y se lo van guardando y resintiendo. Les cuesta gestionar un conflicto normal. Les duele mucho cuando se les levanta la voz o los modos de sus jefes son bruscos o muy directos. Les cuesta reconocer que se han equivocado o preguntar cómo hacer algo que desconocen. No quieren mostrar debilidad. Hay un orgullo herido del pasado que aquí choca con su nueva realidad.

Otra fundamental es sanar su culpa. Estar lejos de su tierra, de sus hijos y de sus padres, haberles abandonado, aunque sea por buscar un futuro mejor, deja una huella de culpa en su corazón por ser mala madre, mala hija, mala esposa… que tratan de compensar con llamadas a distancia y sobre todo con dinero. Pero esa deuda nunca se saldará. Nunca reconocen que lo están pasando mal aquí, cuando hablan con gente de allá; su autoestima no se lo permite.

Hay otras heridas, a menudo sin cicatrizar en sus almas. No son pocas las que llegan después de sufrir maltratos en la familia. No son pocas las que han sufrido abuso sexual o tienen secuelas de abandono y rechazo familiar, de abortos, de infidelidades y machismo de sus parejas, de estafas de parientes o amigas. Su pasado les ha dejado heridas dolorosas que se reabren una y otra vez ante las adversidades que se les presentan y no saben afrontar solas. Muchas acaban cayendo en alcoholismo y relaciones tóxicas, en nuevos maltratos, en deudas más grandes… Se acaba perdiendo el norte, el sentido y el porqué de haber emigrado.

Son mujeres humildes, pequeñas, pero llenas de esperanza y fe en Dios, con enormes ganas de luchar. Luchan por alguien, luchan por amor siempre. Y necesitan muchas cosas. Sobre todo, acompañamiento: escucha, empatía, cariño, compresión, confianza. Esto es mágico y sólo desde esta base empiezan a crecer de verdad. Poner nombre a sus heridas, expresar lo que hicieron mal, lo que ahora sufren y les avergüenza, lo que realmente desean. Solo en este diálogo se va sanando la autoestima y se reconstruyen principios, valores y proyectos de vida.


Dorys Castillo y Miguel Velázquez
Matrimonio que acompaña desde hace diez años a emigrantes. Tanto Dorys como Miguel se han formado en Teología, ella es experta en acompañamiento y mentora de la UFV, es socia fundadora de la asociación Pueblos con Futuro, desde donde facilitan vivienda y trabajo a familias que quieran integrar su proyecto de vida en los pueblos que están quedando despoblados. Miguel es psicopedagogo, terapeuta y profesor de ESO, este año se ordenó de diácono permanente, su vocación y pasión es acompañar a adolescentes para que descubran su vocación.

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