El genio femenino

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Papa Francisco
Papa Francisco

El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales (Evangelii gaudium, n.103) .

Nuestra revista Estar inaugura una nueva sección titulada El genio femenino. ¿Por qué?

Porque el momento que vivimos es apremiante. Desde principios del siglo XX se ha desarrollado un movimiento ideológico-cultural que ha desdibujado a la mujer en su ser, en su estar y en su quehacer. Y hoy, en esta civilización nuestra, decadente y agónica, estamos sumidos en una nebulosa de dimensiones colosales en la que se está buscando enloquecidamente una nueva definición de lo femenino. Nosotros, afortunadamente, creemos que la mujer «es» y no tenemos demasiadas cosas que inventar sobre ella.

Todo momento de confusión provoca reacciones extremas. Así, unos consideran que la mujer debería volver al lugar del que no debía haber salido. Otros, que la mujer ha alcanzado las cotas sociales, políticas y económicas por las que llevaba luchando desde la época de las sufragistas y por las que hay que seguir luchando para aumentarlas. Pero otros (y esto es verdaderamente inquietante) defienden que la mujer tiene que establecer una lucha dialéctica contra su naturaleza femenina, contra su papel en la sociedad y contra el hombre, lo que desde nuestro punto de vista es un error porque destituye a la mujer de su verdadera vocación y misión en el mundo.

En este último caso, se maneja la idea de la «liberación de la mujer» desde las diferentes corrientes feministas, y de la llamada «ideología de género», sin que el común de los mortales sepamos bien del todo de qué liberación se trata. Porque nunca como en la actualidad, se ha reclamado con mayor energía —y violencia— la «liberación» de la mujer del sometimiento al varón, de su explotación en el trabajo, de los malos tratos que sufre, del desprecio social, etc., pero constatamos que en nuestras sociedades occidentales, democráticas y progresistas, la mujer sigue siendo reducida a objeto de placer a través de la pornografía (que proporciona fabulosos beneficios económicos), a objeto de producción a través de las multinacionales ultracapitalistas o de los sistemas totalitarios, que la explotan y la someten a patrones de comportamiento masculino, ridiculizando y obstaculizando lo que es propio de ella, y solo de ella: la maternidad.

A la vista de estos datos, el papel de la mujer se ha vuelto confuso también en muchos ambientes cristianos, quizá entre nosotros. La cultura dominante asegura que hombre y mujer no son diferentes, no tienen una manera diferente de estar en el mundo y por eso, ahora la mujer no sabe quién es ni cómo es, pero la Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones (Evangelii gaudium, n.103).

Por eso, creemos firmemente que este es el momento de las mujeres pues somos nosotras las que tendremos que recuperar lo que está inscrito en nuestra naturaleza y, desde ahí, estar presentes en todos los procesos sociales, políticos y económicos, no aceptando un mundo deshumanizado sino transformando la sociedad con nuestro toque femenino, que es lo mismo que humanizarla.

La mujer (no en abstracto), cada mujer: hija, esposa, madre, hermana, trabajadora, ama de casa, consagrada…, tiene centralidad por sí misma, porque aporta una riqueza que el hombre no tiene: la mujer trae armonía a la creación (…). No son iguales, ni uno es superior al otro: no. Solo que el hombre no trae la armonía, y ella sí. Es ella la que trae esa armonía que nos enseña a acariciar, a amar con ternura y que hace del mundo algo hermoso (Papa Francisco 09.02.2017).

Nos anima saber desde nuestra fe que Dios así lo quiso: «Hombre y mujer los creó» (Gén 1,27). Inseparables. Y cuando el Verbo se encarnó, no desdeñó tomar por madre a una mujer. Así llamó siempre Jesús a su madre: Mujer. Y es que ella, María, su madre, fue la mujer de su vida.

¿Qué intentaremos aportar en esta sección?

Queremos proclamar desde esta pequeña ventana la grandiosidad de esa forma de ser persona. Hablaremos de la mujer, del genio femenino; recurriremos a la historia, evocando estilos de mujeres, extraordinarias unas y sencillas la mayoría de ellas, para ofrecer comportamientos de vida; aportaremos experiencias de nuestro día a día; intentaremos desenmascarar la mentira de ideologías de género o falsos feminismos, que quizá encubran «un machismo con falda» (papa Francisco, 21.02.2019) y sobre todo animaremos a tomar conciencia de quién es la mujer y su trascendente papel histórico, porque la humanización de la sociedad y su cristianización no puede ser realidad sin el genio femenino.

Deseamos conseguir un cambio de mirada hacia el otro. Evitar la sospecha de la mirada feminista o machista para caminar hacia la humanización del mundo, hacia la recuperación de la mujer, del hombre, de la familia; en definitiva, la recuperación de la Iglesia doméstica como pilar fundamental de la Iglesia del futuro donde la mujer ha de jugar un papel muy significativo.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas (Juan Pablo II. Carta a las mujeres, junio 1995).