Quiero ser educadora

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Altas Cumbres
Altas Cumbres

Por Equipo “Altas Cumbres”

Durante los meses de marzo y abril, grupo de Altas Cumbres del Movimiento de Santa María ha realizado dos salidas a la montaña: una en Madrid y otra durante las convivencias de Semana Santa celebradas en el Albergue de Santiago de Aravalle (Ávila). Dos buenas oportunidades para formarse, convivir y encontrarse con Dios en la naturaleza, siempre de forma sencilla y, —quitando alguna «cuesta arriba»— ¡alegres! ¡Siempre alegres!

En esta ocasión no vamos a repetir una crónica de lo que ya conocen nuestros lectores, sino que queremos prestar atención al «eslabón» fundamental de Altas Cumbres. Son las jóvenes universitarias que, apoyadas por varias familias y cruzados de Santa María, hacen realidad y llevan el mayor peso de la formación de las chicas y niñas del grupo. No pretendemos infravalorar la insustituible labor organizativa realizada por los padres de esas chicas, pero es que fijarse en las «educadoras» nos permite reflexionar sobre el estilo de vida de la Cruzada-Milicia y cómo se va haciendo realidad en ellas, con su propio carácter.

Todos los que colaboramos en el proyecto somos conscientes de que son ellas, como mujeres y por su cercanía a las más jóvenes, las que mejor pueden transmitirles los valores y la manera de disfrutar la vida, y la fe que los padres queremos para nuestras hijas. Es la misma consideración agradecida que hacemos para los militantes de Santa María más maduros, que van dando pasos en su entrega a los más jóvenes, llevando grupos de chavales de enseñanzas medias, juveniles y alevines, porque para todos nosotros, «los mayores», son un ejemplo de entusiasmo y dedicación… ¡con la que está cayendo! Tenemos que aprender a apreciar lo que tenemos.

Como no se trata de teorizar, esos días de marcha aprovechamos para charlar un rato y hacerles una pregunta a nuestras educadoras: ¿por qué quieres ser educadora? ¿Por qué estás dispuesta a dedicar parte de tu tiempo, y de tu energía juvenil, a estar con otras chicas más pequeñas, intentando enseñarles, conviviendo con ellas y transmitiéndoles algo de lo que tú llevas dentro?

Ellas mismas nos contestan:

—Una primera respuesta, expresada de distintas formas, es común a todas: Agradecimiento. Sí, «el primer sentimiento que me viene es que quiero ser educadora porque estoy agradecida a lo que yo he recibido, a lo que muchos han hecho por mí y siguen haciendo». Buen inicio.

—Quieren devolver lo que les han regalado. La mayor parte de ellas han crecido en familias en las que se ha intentado vivir la fe con intensidad, también en la educación de los hijos. La consecuencia lógica de saberse amado es amar; es un agradecimiento que mueve a la acción.

—Cuando uno tiene grandes (y verdaderos) horizontes surge la necesidad de concretarlos, de llevarlos a la práctica: «ser educadora significa poder darme a los demás, en concreto a estas niñas».

—A la pregunta sobre cuál es la mejor forma de materializar ese deseo de servir, educando a otras más jóvenes, varias contestan que con el ejemplo. Así de sencillo, aunque poco habitual a veces en nuestro entorno familiar, laboral o de relaciones. No hay mejor lección para una «peque», que ver que lo que le cuentan se hace vida y no es teoría.

—Alguna tiene vocación profesional por la docencia, pero no la mayoría; sin embargo, todas reflejan, con distintas palabras, que se sienten llamadas a una santidad educadora como parte esencial del carisma del Movimiento de Santa María. Una invitación a buscar la santidad por el camino ordinario de la educación de nosotros mismos, potenciando virtudes y corrigiendo defectos; cultivar la excelencia a través de los pequeños detalles, con la mirada puesta en forjar hombres y mujeres no solo cristianos consecuentes, sino guías de otros (Nota).

Educadoras
Educadoras

—También aparecen las dificultades. A las entendibles faltas de tiempo, disponibilidad, organización, etc. se suma la conciencia de que ellas mismas están en periodo de formación, que a veces se ven con necesidad de criterio, de contar con más recursos de tipo pedagógico… Pero todos sabemos que estamos en camino. La dificultad de la tarea o nuestras propias limitaciones y fallos, no deben amedrentarnos ni atemorizarnos. Una de ellas decía: «somos inútiles instrumentos de Dios, pero instrumentos, al fin y al cabo, y es precioso poder poner a su servicio este don que nos ha regalado» (el que transcribe estas líneas no está de acuerdo con lo de inútiles).

—Hay un aspecto muy esperanzador: como las educadoras «titulares» no pudieron asistir a una de las marchas porque tenían otros compromisos (precisamente orientados a la obtención del título oficial de monitoras, necesario para poder ejercer como tales en los campamentos y otras actividades), las más mayores de las participantes, algunas ya casi universitarias, tuvieron su primera experiencia educativa: una de ellas, se encargó de repasar las nociones elementales a tener en cuenta cuando salimos a la montaña —dimensiones personal, comunitaria y trascendente—; otra, dio unas ideas para preparar el rato de oración mientras hacíamos la última parte de la subida en silencio; y la tercera, dirigió la reunión de impresiones después de la comida, antes de iniciar el regreso. El que algunas de la «cantera» quieran seguir los pasos de sus educadoras no es solo ilusionante, sino también una exigencia a un mayor compromiso por parte de todos, y a no desanimarse en las dificultades que vayan surgiendo en el proyecto.

Como resumen una realidad, la maravillosa contradicción del que se llena vaciándose: Quiero ser educadora porque recibo más de lo que doy, porque yo también habría querido tener un grupo como Altas Cumbres cuando tenía su edad; y porque el Señor me lo ha pedido, aquí estoy.

Pues nada más que decir. ¡Ah!, sí, ¡muchas gracias a las educadoras de Altas Cumbres! y que sigáis teniendo en la Virgen vuestro modelo de mujer valiente, luminosa y firme en la roca que es Jesucristo, como rezábamos en nuestra marcha de Sábado Santo mirando desde lejos a nuestra Virgencita de Gredos.

Nota.

1 BIENVENIDO GAZAPO. «Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (V)». Revista Estar nº 300 (octubre 2016).