Por José Alfredo Elía Marcos, profesor de instituto
Si me concedes unos minutos, juntos nos adentraremos en la belleza que encierra el gran misterio de la Vida. Una sencilla joven que confecciona una prenda blanca bajo la luz que atraviesa el cristal, es la genial representación que nos ofrece el pintor suizo Albert Anker. Como contraste tenemos el lienzo de Lucio Fontana rasgado violentamente por un cuchillo, y que el italiano-argentino quiso denominar «Concepto espacial».

La mujer tejiendo ha sido, a lo largo de la historia, un motivo sobre el que han reflexionado los grandes artistas. Recordamos en la mitología grecorromana el relato de Aracne, quien pugna con Minerva por confeccionar el tapiz más hermoso. O el caso de Ariadna de Creta, quien entrega a su amado Teseo un ovillo de lana que le ayude a sobrevivir al terror del Minotauro y así escapar del laberinto. Para los romanos las Parcas manejaban a su capricho el hilo de la vida de cada humano. Con el pueblo de Israel, el hilo se hace tejido y adquiere un carácter sagrado, ya que «hilados de púrpura, violeta y escarlata, de carmesí y de lino fino» (Éx 35,25), eran las mejores ofrendas que las mujeres realizaban para el templo.
La fragilidad de un sencillo hilo, unida a la complejidad de la trama de un paño, ha constituido en el arte cristiano una profunda alegoría de lo que es la existencia humana. Una realidad fruto de la misteriosa gestación en el cuerpo de una mujer, iluminada por la luz sobrenatural de lo trascendente. Así lo declara el salmista: «Tú creaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre: te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras! Tú conocías hasta el fondo de mi alma y nada de mi ser se te ocultaba, cuando yo era formado en lo secreto, cuando era tejido en lo profundo de la tierra» (Salmo 139,13-15).

Volvamos al cuadro que nos ocupa. La joven está concentrada en la labor. Sus manos mueven con agilidad y destreza las afiladas agujas para ir anudando la urdimbre de la prenda. Es un trabajo fino y delicado, que precisa de mucha paciencia. Por eso la vemos empeñarse en esta tarea con esmero. En sus desnudas manos no hay objetos que la distraigan de su artesanía, como relojes, joyas o abalorios. Al fondo observamos un sencillo jarrón que sostiene un ramillete de flores algo mustias. Han sido arrancadas de la tierra por lo que han ido perdiendo poco a poco su vigor. La doncella, por el contrario, en cada pespunte, está injertando la tela a lo más profundo del humus terrestre para impregnarla de vida. La ciencia lo ha corroborado cuando descubrió que la vida se codifica a través de un extenso filamento de ADN. Este se pliega misteriosamente sobre sí mismo para formar el tejido cromosómico que nos hace únicos e irrepetibles.
Pero la mujer no está sola. Tampoco teje en la oscuridad. Se ha sentado de espaldas a la ventana, porque quiere que la luz ilumine su obra. Esta es la segunda clave del cuadro: la claridad de la luz que viene de lo alto y que le acompaña en su labor. Nadie puede tejer en las tinieblas. Ninguna obra loable se puede construir bajo la tiranía de la oscuridad. Es necesario que la luz alumbre el camino que siguen las manos en su quehacer. Una luz que resalte los colores de la tela, y que permita admirar la belleza del encaje bordado. Es precisamente esta luz la que aporta a la escena creadora su carácter sagrado.
Reflexionemos ahora sobre la obra de Lucio Fontana. Seguidor del manifiesto «Arte de Destrucción, Destruir para crear», Fontana creyó encontrar hacia 1950 una nueva definición espacial para el medio pictórico. Así empezó a idear pinturas, exclusivamente monocromáticas, que luego él mismo agujereaba o rajaba con punzones y navajas. En su opinión, la perforación de la tela permitiría al observador asomarse a la tercera dimensión del cuadro que surge tras el tapiz. Pero si analizamos con profundidad este gesto, vemos que el nuevo espacio que nos ofrece Fontana no es otra cosa que el abismo negro de la desesperanza. La oscuridad del sinsentido. El frío helador de la nada vacía. Además, al rasgar el paño, Lucio siega la costura de la vida. Ejecuta el aborto de un nuevo ser y niega al blanco lienzo, su nacimiento a la belleza del existir. Recordemos que el cuadro es una ventana que nos conduce al mundo invisible de lo trascendente.
Volvamos a la estancia donde nuestra joven sigue tejiendo. Albert Anker la pintó sobre un pequeño lienzo de 66 por 51 centímetros, utilizando colores al óleo. La obra es, por tanto, una tela que remite a otra tela. Dos artistas que al unísono recrean una obra de arte. La mujer, con suave hilo de algodón, procrea la vida. El pintor, con sus pinceles y pigmentos, perfila una historia. Pero el salmista nos advierte de que existe una tercera tela y, por lo mismo, también un tercer artista. Este nuevo paño es tu vida y la mía. Un tejido que tiene su propia trama, llena de lo que parecen caprichosas vueltas y revueltas, pero que, al igual que el lienzo que nos ocupa, se encuentra en las manos creativas de un buen Tejedor. La habilidad de un gran Artista, que con paciencia trabaja sin cesar en la gran tarea de hacer de ti y de mí una obra digna y maravillosa.
Te contaré un último secreto. La mujer que cose sentada en la ventana espera un bebé. Por ello está preparando esa prenda con gran amor. Es una vestidura blanca, tejida de una sola pieza, que ha sido preparada desde la eternidad y que ha sido lavada en las aguas del bautismo. Cada puntada ha sido elaborada pensando en ese niño que viene y en su importante misión. Cada lazada es un amarre con el resto de la humanidad. Un anudamiento de relaciones humanas que solo una madre es capaz de transmitir a sus hijos para que estos formen parte del tejido humano y social.
Cuando llegue la primavera, esa nueva vida nacerá. Al principio será frágil y pequeña, pero su madre ya se ha encargado de prepararle un ajuar acorde a su dignidad como hijo de Dios. Una vestidura que será su uniforme en el trabajo de cada día. Una armadura que formará un escudo espiritual para protegerlo en los momentos difíciles. Un traje de gala que lucirá en el banquete final. Un hijo sobre el que todos los hombres hemos puesto nuestras más ciertas esperanzas.






