
El venerable P. Tomás Morales descubrió desde joven el encanto de la montaña. Sus primeras marchas recorrieron la sierra de Guadarrama, y en ellas comenzó a fraguar una fina sensibilidad estética y espiritual hacia la naturaleza. Fue su padre quien le enseñó a admirar la belleza de la naturaleza: los amaneceres y atardeceres, los paisajes, los pequeños detalles, etc.
Este cultivo de la belleza irá afianzándose en su interior, y así caminará «adorando a Dios en las bellezas espléndidas de la naturaleza, en las montañas, en los valles, en las aves, en los pájaros del cielo»[1]. Convertirá estas contemplaciones en lecciones de vida diversas, tanto humanas como espirituales.
Contemplar para amar
El P. Morales enseñaba a maravillarse con lo creado. Escribe: «Sólo se ve bien con el corazón puro. De nada sirve el esplendor del cielo, la belleza de las montañas y el misterio de los bosques si nuestro corazón no sabe amarlos mientras los contempla»[2]. Para él, el amor a la naturaleza era un modo privilegiado de conocer a Dios: «Qué contemplación más maravillosa se puede hacer por los bosques y por las montañas (…) ¿No dice san Bernardo que él aprendió del amor de Dios en los bosques y en las montañas tanto como en la Sagrada Escritura?»[3].
El silencio de la montaña, la bruma del amanecer, el sol que disipa las sombras… eran, para él, signos visibles del misterio invisible: «Dios se revela en el silencio, habla en las bellezas de la naturaleza. (…) Una marcha envuelta en niebla al amanecer te habla del misterio de Dios rodeándote por todas partes. Al contemplar luego desde la altura la belleza luminosa de un sol sin nubes iluminando el paisaje encantador, levantas tu corazón a Dios cantando “Bendeciré al Señor en todo tiempo, y tendré siempre sus alabanzas en mis labios (Sal 33,2)”»[4].
En Gredos nació la Cruzada entre contrastes
Si Guadarrama fue su primera escuela, Gredos se convirtió en el escenario más íntimo de su vida espiritual. Allí sitúa también el nacimiento de su obra: «Nació la Cruzada entre contrastes… En Gredos, sol abrasador y neveros. Sudores fatigantes en las marchas y hielo en lagunas y ríos. Torrentera de rocas y verdes pastizales, pedregales ásperos y césped en las praderas. Dureza de granito, pero musgo aterciopelado. Cielo azul, atrevidos picachos, dilatadas mesetas»[5]. Y afirma: «Ha querido Dios, la Virgen, en estas cumbres de Gredos forjar el espíritu de la Milicia. Tiene que seguir forjándose entre los matrimonios»[6].
Dedicó páginas llenas de lirismo a Gredos. Recordaba sus noches iluminadas por la luna: «En el Circo de Gredos, la luna al brillar cambia en plata moles de granito. En aquellas noches bellísimas, pensaba: también la paciencia amorosa transforma las almas»[7]. Incluso de las tormentas nocturnas extraía enseñanzas: «Gredos. En la noche, una tempestad, rayos y truenos y relámpagos. Era muy bonito aquello, en medio de lo impresionante. De repente se incendiaba aquello y, al instante, se quedaba otra vez a oscuras. Ahí está lo que es la vida del hombre: un instante de luz en medio de la noche y luego, otra vez, oscuridad»[8].
En cada rincón de Gredos encontraba lecciones de vida: «Las montañas están en el mundo. Asientan en él sus sólidas bases, pero sus rocas graníticas casi no son del mundo. Se pierden en el cielo azul o se ocultan tras la niebla misteriosa. Un cruzado en Gredos aprendía al contemplarlas la gran lección, mientras recordaba la frase de Jesús: “Vosotros no sois del mundo”»[9].
Lecciones desde lo alto… y desde el barranco
Para el P. Morales, la contemplación de las cumbres desde distintos ángulos le permitía extraer enseñanzas profundas: «En Gredos puedes contemplar mejor la crestería de granito cuando estás en la Laguna. Cuando estás en uno de los picos contemplas el panorama, pero la crestería de la cordillera solamente la contemplas bien cuando estás metido en el barranco». Y ofrece esta aplicación: «Desde el barranco de tus miserias y pecados descubres la maravilla que es Dios perdonando, teniendo paciencia»[10]. También dirá: «Para descubrir la belleza de una montaña tienes que contemplar sus distintas laderas, desde la cumbre otear los vastos horizontes». Y aplica esta verdad a los cruzados: «Pues lo mismo te pasa con la vocación consagrada secular. Es tan bella y tan profunda que no te cansas de contemplarla»[11].
También la contemplación de las cumbres de Gredos le permite ver en la diversidad una llamada a la unidad: «Qué belleza la de las montañas que se unen formando una misma cordillera. Y sin embargo cada una conserva su fisonomía propia. Porque el Ameal de Pablo no es La Mira o Los Galayos. Forman una misma cordillera; qué belleza que cada uno conserva su personalidad»[12].
El corazón de roca viva
El P. Morales se admiraba de los seres vivos que habitan en este «corazón de roca viva», como definió Unamuno a Gredos. Así evoca su impresión al avistar un águila real: «Un águila remontándose. La vi majestuosa en los picos de Gredos, en un campamento (…) Marchaba unos cien metros delante de la primera escuadra. Al coronar una cima y a punto de divisar la vertiente meridional del macizo, a unos metros escasos, una gigantesca águila real posada en atrevida roca. Al sentirme infla sus plumas. Parece duplicar su volumen. Extiende sus alas enormes al viento. Se lanza al espacio. Corro y contemplo su vuelo impresionante. Círculos prodigiosos va describiendo por la ladera contraria hasta perderse en el azul del cielo inmenso». Y culmina el relato con una lección de vida: «Me acordé de Orígenes. En el fuego de campamento de aquel día repetía a mis muchachos la frase de aquel maestro: naturalezas vigorosas que como el águila remonten su vuelo por encima de las pasiones para triunfar en el combate olímpico de la castidad»[13].
También encontraba belleza en lo escondido: «Flores alpinas que ocultan su belleza. Casi nadie las admira. Muy pocos las descubren. Se abren entre riscos o sonríen en los pastizales. La soledad en que viven hace más atractivo su encanto»[14].
Y los manantiales le hablaban a su paso: «Iba yo de marcha una vez en Gredos para coronar uno de los picos, y al llegar arriba me comenta uno: “Padre, ¿qué es lo que pasa con las aguas aquí? Porque cada vez que subimos más los manantiales son más claros”. Y yo le dije: “Pues mira, eso mismo pasa con tu alma. Conforme vas ganando altura y vas haciendo silencio y queda atrás el estrépito de la ciudad, descubres mejor a Dios”»[15].
Incluso los neveros le sirven de símbolo: «Otra visión del espectáculo maravilloso de la naturaleza que he tenido estos días han sido los neveros en las montañas. Qué bonitos eran. A veces estaban cubiertos por las nubes, la neblina que les protegía celosamente (porque un alma en gracia que resucita con Cristo es como un nevero, transparente, pura, sin sombra ninguna de egoísmo y de orgullo, pero hay que protegerla celosamente). Y yo observaba lo siguiente: en los momentos de sol resplandecía la nieve, y en seguida estaba pensando: “los rayos del sol están cayendo verticales sobre la nieve, están fundiéndola, y gracias a eso hay manantiales en las montañas, hay agua en los arroyos y en los ríos, y veo yo esta presa llena casi hasta rebosar. ¡Ah…! Mi vida tiene que ser nevero”»[16].
Evocación de los Alpes
El P. Morales recordará frecuentemente sus marchas por los Alpes y sus estribaciones, que recorrió en el verano de 1939, durante su etapa final de formación. «A Dios solamente se le puede contemplar en la quietud. Aquello que presencié en Alemania subiendo a la montaña más alta de Baviera, cerca ya de los Alpes: estoy contemplando aquel lago de montaña tranquilito a las diez de la mañana; de repente una ligera brisa y ya pierde el lago su transparencia, deja de ser un espejo, ya no se asoman las cumbres todavía nevadas ahí, ni los bosques de abetos que circundaban el prado. Y es que para saborear a Dios hace falta quietud profunda en el alma»[17].
La contemplación del Mont Blanc será una experiencia que no olvidaría, y hará referencia a ella en varias ocasiones: «Tú vas a escalar el Monte Blanco. Sales de Chamonix y te diriges a la cumbre —4.900 metros de altura—. ¿Verdad que buscas un guía de montaña? ¿Por qué? Pues porque hay aludes, barrancos, precipicios, porque no sabes el camino (…) Empiezas a estudiar una carrera complicada, te hace falta un jefe de estudios, un tutor; imposible si no llegar a la cima. Sobre todo, para subir al monte de la perfección necesitas un guía experimentado, que conozca el camino de las montañas y que esté muy unido con Dios»[18]. En otro momento dirá: «No puedes tocar la cumbre del Monte Blanco sin antes, desde Chamonix, haber pasado por muchos abismos, muchos barrancos. Barrancos, abismos y cumbres se encuentran en los Alpes (y en todas las montañas) muy cerca». Y de ahí extrae esta aplicación: «El barranco de mi pecado reconocido y amado, el verme tan miserable, me levanta a la cumbre del amor de Dios»[19].
Esta belleza natural de los Alpes le llevará a escribir: «Dios construye encima de nuestra nada si humildemente la aceptamos. La santidad no es un viaje en tren, en que, si no se toma uno, se pierde la esperanza de llegar. Es, más bien, una marcha por los Alpes, en que, si se extravía la ruta, descubres más maravillosos paisajes, si das con un buen guía que conoce sus vericuetos»[20].
Nuestra vida camina hacia la altura…
Todas las horas son maravillosas para sacar lecciones de la montaña, y particularmente el crepúsculo: «Como después que se ha caminado durante seis u ocho horas para ascender a una gran montaña, y se contempla el paisaje recorrido; es el atardecer, hora deliciosa para saborear la naturaleza en el momento del crepúsculo. Pues algo de esto tiene que ser este último rato de oración [al atardecer]: un contemplar el camino recorrido, deteniéndose en el paraje del camino en donde más le ayudó la gracia de Dios, o, a lo mejor, donde tuvo mayor desolación»[21].
La vida es una excursión que va a la eterna mansión, como dice una de las canciones de marcha montañera que el P. Morales prodigó. Hace esta consideración: «San Pablo alude a la intimidad amorosa, que poco a poco va transformándose en identificación, hacia la cual tiene que tender el alma a lo largo de su vida (…) Se puede empezar a comprender algo con un ejemplo. Marcha para coronar una montaña, mientras subes es penosa la subida, Jesús va a tu lado, es verdad, pero sudas, te fatigas, te cansas. Pero vas intimando con Él, de vez en cuando hablas, cruzas alguna palabra, alguna mirada y, sobre todo, tu corazón reposa en Él (…). Mientras ibas erais dos, tú y Él, pero ahora llegas a la cima y en la cima ya no hay más que uno»[22].
Gracias, P. Morales, por enseñarnos a saborear la belleza de la montaña, a leer en ella las huellas de Dios, y a descubrir que cada cumbre, cada manantial y cada flor son regalos de su eterno amor
[1] Retiro de Navidad, 1 de enero de 1978.
[2] El ovillo de Ariadna, p. 77.
[3] Ejercicios Espirituales a los Cruzados. Oronoz, 1972.
[4] El ovillo de Ariadna, p. 95.
[5] Vademécum, pp. 194-195.
[6] Aidamar (Navarredonda de Gredos) 1987.
[7] Coloquio familiar, p. 219.
[8] Ejercicios Espirituales a los Cruzados. Santibáñez de Porma, 1980.
[9] Comentario a las Reglas de los Cruzados de Santa María, p. 36.
[10] Ejercicios Espirituales a los Cruzados, Santibáñez de Porma, 1977.
[11] Ejercicios Espirituales a los Cruzados, Santibáñez de Porma, 1982.
[12] Ejercicios Espirituales a los Cruzados, Santibáñez de Porma, 1985.
[13] Itinerario litúrgico, p. 536.
[14] Tesoro escondido, p. 14.
[15] Ejercicios Espirituales en los Negrales, 23-28 de noviembre de 1977.
[16] Homilía del domingo de Pascua, Convivencias de los Cruzados en Burgos, 7 de abril de 1985.
[17] Ejercicios Espirituales de mes, 1968. Primera semana, día primero, tercera meditación.
[18] Ejercicios Espirituales a los Cruzados, Santibáñez de Porma, 1981.
[19] Ejercicios Espirituales a los Cruzados, Santibáñez de Porma, 1981.
[20] Itinerario litúrgico, p. 262.
[21] Ejercicios Espirituales de mes, 1968. Primera semana, día primero, cuarta meditación.
[22] Ejercicios Espirituales a los Cruzados, Santibáñez de Porma, 1975.






